sábado, 31 de diciembre de 2011
lunes, 1 de noviembre de 2010
Fragmento montevideano
[...]Antes de que caiga la tarde, antes de que mi tiempo en la ciudad esté más próximo a acabarse, decido ir al Cerro de Montevideo. Es una de las zonas –me advierten algunos uruguayos– más peligrosas de la ciudad, pero también cuenta con una de las mejores vistas. Es sábado por la tarde, el cerro está hacia el oeste. Llegar a la cumbre lleva unos 20 minutos en carro. Los barrios de este cerro los poblaron los inmigrantes europeos durante el siglo XX, y las calles llevan todas nombres de países y ciudades. Al llegar a la parte más alta descubro, como en tantos otros puntos altos de tantas ciudades junto al mar, un fuerte, un par de cañones en desuso, una vista. El Uruguay siempre fue tierra en disputa. Por aquí han hecho de las suyas tropas españolas, inglesas, portuguesas y brasileñas. Me resulta interesante que, a pesar de tantas injerencias externas, los uruguayos se muestren poco chauvinistas y que no manifiesten grandes rencores hacia sus vecinos. Quizá sea porque se reconocen un poco como nación híbrida, incluso improvisada. Son, tal vez, una tierra de inmigrantes ligeramente desarraigados.
Desde el Cerro de Montevideo veo los que supuestamente son los barrios marginales de esta capital: deben ser los más arbolados y los más limpios de toda América Latina. Veo la bahía que el río forma (un charco entre el cerro y la ciudad). Veo el centro: un montón de edificios llanos, un trozo de grisura constante en el que irrumpe algún rascacielos. Veo las grúas del puerto, los muelles. Alejo los ojos del casco central y veo los árboles que forman entre todos un horizonte verde.
La luz empieza a diluirse y qué mejor lugar para ver el atardecer que junto al mar. Así que me voy. Manejar por la avenida junto al mar. La rambla –nombre con el que los uruguayos se refieren a lo que los mexicanos llamamos malecón– acompaña el paisaje: una constante de ladrillos rojos junto al mar. Atraviesa todas las zonas de Montevideo, desde las más abandonadas hasta las más exclusivas. Pasamos el centro hacia el este y otro Montevideo se insinúa. Es día de fin de semana y la ciudad está abocada al esparcimiento: la población se ha apoderado de la rambla. Han colocado sillas plegables en la banqueta y los omnipresentes termos de agua caliente derraman sus contenidos sobre las guampas de mate que ocupan el muro. Por alguna parte también suena la campanita del vendedor de helados que empuja un carrito metálico. Vista desde la ciudad, la rambla parece tener una sola función: ser el lugar perfecto para darle la espalda a la urbe y soñar con la inmensidad del agua.
Y sería un pecado no hacer lo mismo.
Así que, junto a la playa Ramírez, encuentro un trozo rosa de rambla sobre el cual sentarme. La tarde exhala suspiros y sosiego: detrás de mí, en el Parque Rodó, se escucha el batido de algunos tambores que los candomberos golpean (el candombe es la música afrouruguaya...sí, sí, además de todas las otras, los uruguayos también tienen raíces africanas), se ve un círculo de personas que han decidido ahí mismo ponerse a bailar. La tarde ha traído consigo un poco de viento fresco y en el parque que está atrás de mí, la rueda de la fortuna está detenida no sólo en el aire, sino también en el tiempo: metáfora. Sonidos: por la calle ruge una motocicleta solitaria, las suelas de algún corredor resuenan galopantes al chocar con la piedra de la rambla. Aromas: a mí alrededor hay personas sentadas que fuman cigarrillos e incluso marijuana, la cual, después del mate, debe ser la hierba de mayor predilección en el país, sobre todo debido a que su consumo está despenalizado. Imágenes: se ven los hilos de pesca traslúcidos de los pescadores que para fortuna mía (detesto la violencia innecesaria, incluso hacia los pececillos), no atrapan nada. Sabores: gente comiendo churros con azúcar, gente comiendo nueces garapiñadas. Junto al mar, Montevideo celebra el fin de semana con sorbos de té, con conversaciones en voz baja, con los placeres del humo. El ambiente es de civilidad europea y relajación latinoamericana: una combinación social ganadora.
Se acerca la noche pero aún hay gente que baila en el parque, aún hay parejas sentadas en la arena que se toman de la mano, aún hay niños que chapotean como desquiciados en las aguas oscuras y fangosas del río. Y aquí a mi lado, personas de todas las edades esperan apacibles el espectáculo que ocurre allá, a lo lejos, al final del río que es en realidad el final del horizonte: un sol que es un trozo de algo rojo, perfectamente circular, y cae como una pupila en llamas al mar. Los rastros de luz en los ripios se acentúan justo antes de desaparecer, el día canta una nota final antes de ceder al silencio de la tarde. Entonces se oculta la luz.
Tan pronto el último milímetro de sol ha desaparecido tras las aguas, ocurre algo que me sorprende y conmueve. Y es que la gente a mi alrededor empieza a aplaudir. Así es: la gente en Montevideo le aplaude a un atardecer que se consuma.[...]
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Estampa de Coney Island
foto por Julie Jira
[...] Volvemos a la playa, que es en sí es fea y lleva años en el descuido: dos partes arena, una parte piedras, otra parte colillas de cigarro y corcholatas. La temperatura del agua tampoco ayuda para hacerla más atractiva: me acerco a tocarla y casi salgo con calambre en los dedos. Caminando por la playa, también es evidente que, a pesar de las incontables banderas estadounidenses que ondean por todas partes, el sitio ha sido acaparado por otras nacionalidades. Se calcula que, hoy por hoy, casi 36 por ciento de los habitantes de Nueva York nacieron fuera del país (sólo Miami y Los Ángeles superan a Nueva York en ese aspecto). Entre los visitantes a Coney Island, sin embargo, la proporción debe ser mayor: los acentos extranjeros tienen monopolio de estas arenas. Español (mexicano, hondureño, cubano, uruguayo, puertorriqueño, dominicano), chino, indú y ruso son los idiomas que más prevalecen.
Julie y yo traemos toallas y todo. Nos sentamos sobre ellas. Atrás de nosotros unos latinoamericanos yacen hasta su madre de borrachos, el hip hop emanando de las bocinas de sus grabadoras, junto a ellos botellas de cerveza vacías. A nuestra derecha, unas rusas jóvenes y esculturales intentan que un poco del raquítico sol toque sus pieles, pero no creo que regresen a casa con bronceado: a estas alturas del día, el cielo azul ya fue sustituido por el color grisáceo de las nubes. Sin sol que los caliente, la mayoría de quienes nadaban en el mar han abandonado las aguas y se arropan ya en sus toallas. Junto a nosotros pasan más vendedores –sin permiso para ejercer- de refrescos, de frutas, de algodón de azúcar. Compramos uno de estos últimos a una mujer joven que tiene decoraciones de metal en los dientes como las que se acostumbran entre los mayas.
-¿De dónde es usted?- le pregunto.
-¿De Xela?- me responde.
-Ah, de Quetzaltengango.
-Sí, de Xela.
Le pagamos un dólar, y la vemos seguir su camino. Me resulta sorprendente que pueda haber, en una de las ciudades más productivas del mundo, gente dedicada a oficios tan poco productivos. Es verdad que, aunque ganen poco, lo que sacan aquí en una tarde es más de lo que ganarían en sus países en una semana. Todo responde a la realidad social neoyorquina. Se sabe que el condado de Manhattan encierra la población urbana más pobre de Estados Unidos (el Bronx), así como la más rica (el Upper East Side). La desigualdad social en Nueva York es más abismal que en América Latina, lugar donde somos campeones mundiales en repartir mal la riqueza. En Nueva York, por cada dólar que gana el 5% más pobre de la población, el 5% más rico cobra 52.
Y el resultado es esto que se presenta a continuación: ejércitos de inmigrantes y pobres que están dispuestos a trabajar por menos porque tienen eso que los desempleados poseen en abundancia: tiempo. El esfuerzo improductivo de una señora que puede esperar media hora hasta vender una lata de refresco contrasta con el trabajo del ejecutivo de Wall Street que, con un poco de suerte, capital y estrategia, se embolsa decenas de miles de dólares en un día apostando en el mercado de derivados. Las ironías se vuelves doblemente crueles: pasar hambre es más triste cuando se sufre en un país de banquetes. Ser pobre es más triste cuando estás obligado a observar, a diario, el exceso ajeno.
Así que, entre desigualdad social, suciedad, ambulantes, hispanoparlantes y decadencia, podría sacar la conclusión de que ésta, a pesar de ser una playa a la orilla de la ciudad más rica del mundo, es una playa de tercer mundo. Es una playa en China, una playa popular en Guerrero, una playa de rusos en el báltico. Es una playa del extrarradio limeño, una playa en la Bahía de Bengala y una a las afueras de Santo Domingo. Pero, por otra parte, su multiculturalidad la hace distinta a cualquier playa de las que te puedes encontrar a las afueras de una capital caribeña, pues sólo una ciudad imperial y poderosa podría ejercer una fuerza de atracción tan fuerte, tan actual. Es decir: a pesar de su fachada tercermundista, estoy en un lugar que sólo podría existir en los espacios del Primer Mundo [...]
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Estampa neoyorquina
A las 17:07, la bolsa de valores ya cerró, y un ejército de trajes y corbatas se asardinan para subir al metro. Por suerte, yo soy de los pocos que bajan. Me escurro entre los cuerpos hasta salir a la calle, a la Wall Street, en la parte más vieja de la ciudad, en las calles más viejas de Nueva York y de Manhattan. Miro el cielo: cae una ligera lluvia que le da a todo una apariencia sombría: los vidrios de los rascacielos reflejan el gris oscuro de las nubes.
Camino sin rumbo. La neblina, espesa: una fumarola que el mar nos exhala. Sigo por las calles peatonales, por los adoquines grises en los que resuena el sonido de algunas suelas que salieron tarde del trabajo y que, conforme se vayan alejando, convertirán el Distrito Financiero en un pueblo desierto. A las 17:37, el edificio de Standard Oil en Broadway 26 echa una bocanada de humo al cielo. La miro reflejarse en otros cristales, en otros edificios, hasta que se disuelve en la niebla y se despinta y deja de existir.
Camino en círculos. Paso frente a la Bolsa de Valores, frente a la famosa estatua del toro de bronce. Pero no es esto lo que busco. No vine aquí a ver esto. Me escurro entre grupos de turistas, cruzo la calles: voy en busca del sitio en el que no hay más edificios, en el que la calle cede al viento y al agua. Intuyo que debe ser la punta final de la isla. Y lo es. Hay un muelle y, después del muelle, no hay nada. Sólo la Estatua de la Libertad. Un trozo de algo verde en un pedestal, lejano, ahí en lo que ya casi es el mar. Está inmóvil, rodeada de bruma. Ya no es hora de visitas turísticas. Está más sola que nada.
La lluvia me escurre en la cara, mancha las letras de los apuntes. Así que me despido del mar y la niebla. Camino en la dirección opuesta, primero por un parque y luego por una avenida. Me siento en una banca a mirar las calles vacías, a tomar apuntes bajo el resguardo de un toldo de plástico mientras los autobuses recogen a todos menos a mí. La lluvia cesa y aprovecho para reanudar la marcha. Me desplazo hacia esas grúas. Hacia esos edificios que, a pesar de no saber de qué sean, conozco. Me acerco lo más posible al hueco. Hay algunos turistas señalando el punto. Hay bardas que lo rodean. Un gran letrero dice: Future Site of the World Trade Center Memorial. Es un señalamiento innecesario. Todos sabemos de qué se trata. ¿Qué otra cosa podría ser?
Desde la escalera donde empieza un túnel que lleva a la estación del PATH, me detengo a mirar lo que queda de las Torres Gemelas. La cicatriz de la herida. Los rascacielos continúan vaciando sus interiores y junto a mí pasa una cantidad abrumadora de personas que se dirigen indiferentes a sus casas. Cumplen un ritual mundano en medio de un sitio que no lo es tal. Reflexiono: aquí estoy ante lo que queda de esa llaga que cambió la historia de Estados Unidos. Aquí estoy ante el pretexto de dos guerras que destruyeron vidas y países. Aquí estoy ante el lugar donde empezó toda la locura que hasta ahora ha sido el siglo XXI.
Miro a mi alrededor. Hay una infinidad de torres. Edificios construidos donde alguna vez hubo otras cosas, otras construcciones. Y es que en Nueva York los arquitectos no se andan con sentimentalismos: tiran cualquier cosa que estorbe, cualquier estructura que huela a tiempos superados. Por eso, la mayoría de los edificios de esta ciudad mueren jóvenes. Por eso, la ciudad, a pesar de ser ya vieja, conserva apariencias modernas. Algún día caerían también las Torres Gemelas, de eso no me cabe la menor duda. Lo que sí es alarmante es que todas estas otras torres, más pequeñas, relativamente más modestas, menos interesantes, resultaron más duraderas. Pero ellas también caerán algún día. Un día el fuego y las mareas derrumbarán todo lo que hay. El mundo se reconfigurará y en Manhattan no existirá ya el vértigo de las alturas. El acero y los ladrillos llorarán lágrimas de impotencia. Llorarán por las ciudades que cambiaron sin que se lo pidiésemos. Por todo lo que fueron y dejaron de ser.
Pero todavía falta mucho para eso. Hoy, si acaso, basta con llorar aquí. Por las ciudades que se llenaron de humo, polvo y fuego una mañana. Por las ciudades que despertaron rabia y los más crueles deseos de venganza en los corazones de una nación. Por las ciudades que exportaron balas y muerte a lo largo de los continentes. Por las ciudades que tuvieron la mala fortuna de recoger los cadáveres de sus hijos entre el cascajo, aquí y en Babilonia.
Todo esto para que, unos años después, el mundo avance a su alrededor con la indiferencia de siempre. Para que los vivos caminen sin mayor interés ahí donde yacieron tantos muertos. Y es que, a fin de cuentas, los vivos no tienen tiempo para los muertos.
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martes, 19 de octubre de 2010
Crónica de un I-I
Acabó el Mundial de Futbol de Sudáfrica, lo sé, pero si les interesa una crónica que escribí sobre el juego inaugural, revisen esta publicación en Distintas Latitudes.
“Viernes, 11 de junio, 2010. Hoy empieza el mundial de futbol de Sudáfrica y, en cuestión de poco tiempo, México jugará el partido inaugural contra el anfitrión. El juego comenzará a las 10 de la mañana, hora de Nueva York, ciudad en la que me encuentro. Me quedé de ver con mi amiga Deidre R., mexicana, en la estación de Columbus Circle, en la calle 59, para de ahí ir directo a un local de comida mexicana en esa zona de Manhattan que llaman Spanish Harlem, o también El Barrio, a ver la transmisión.
De acuerdo con un estudio de la City University of New York, el número de mexicanos en esta ciudad ya alcanzaba los 289,000 en 2007. Y es fácil identificarlos, sobre todo un día como hoy, de fervor mundialista: en el tren veo varias camisetas verdes, algunas banderas mexicanas, algunos paliacates tricolores. Falta media hora para que comience el partido y en el metro ya se siente un poco de festividad. Y eso, a pesar de que en Nueva York no hay fervores colectivos: esta sociedad está tan segmentada culturalmente que nada, ni el año nuevo, se celebra entre todos los habitantes de la urbe. Por otra parte, esa diversidad significa que siempre hay alguien celebrando algo (la fiesta nacional de alguna isla, un partido entre dos países, etc.). Hoy no es la excepción.”
Seguir leyendo aquí.
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lunes, 29 de marzo de 2010
Manos vacías
Debemos celebrar
traer un novillo cebado
y matarlo.
O al menos esas son las
palabras
del padre agradecido.
¡Celebrad!
Pues aquél que estaba perdido
se ha encontrado.
Y esa vieja parábola
del hijo libertino
que se deja llevar
por cantos de sirenas
me hace pensar
que no tiene nada de malo
regresar de viaje
con las manos vacías.
Pues Dios perdona
a los cobardes arrepentidos.
Y además
si un hijo fracasa
siempre habrá padres
que encuentren en eso
motivos para celebrar.
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20:19
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domingo, 28 de marzo de 2010
Región X, Los Lagos
¿Qué tanto es posible ver a través de un cristal empañado? Afuera la lluvia no cesa de estrellarse contra el asfalto, contra el pasto y el agua de los lagos. Afuera la lluvia diluye la claridad, la convierte en una semioscuridad confusa. ¿Dónde estoy? La pregunta no podría ser más honesta que ahora que me enfrento a un mundo irreconocible. Con el calor de mi mano he dibujado un círculo en una ventana para borrar la ceguera e intentar ver más allá de la cortina de lluvia, pero el paisaje siempre pasa como borrones.
Apenas ayer había sol. Apenas ayer el cielo azul y claro permitía mirar las montañas, la nieve acumulada por milenios en los volcanes. Pero hoy es como si me hubiera mudado de planeta. ¿Qué me rodea? No sé. El autobús de Puerto Varas a Puerto Montt avanza. En Puerto Montt habremos de despedirnos. Aun no asimilo lo que ocurre: estás en el asiento junto al mío, jugamos con nuestras manos ateridas, las articulaciones dolidas y la piel mojada. Y mañana ya no.
Apenas anoche: bajo las sábanas de una cama encontrada de último minuto, con un vino comprado en el último minuto (entré de contrabando al supermercado, por la puerta de salida, pero es que ese vino lo tenía que comprar), masticamos aceitunas y queso de cabra. Apenas anoche, sabor a vides en el paladar, el olor de una recámara en el sur de Chile, un refugio en el que podremos evitar la lluvia, el frío, la soledad que empieza a gestarse desde el segundo en que nacemos. Apenas anoche: me quitaste la ropa y te quité la tuya. Con ternura, me sujetaste, acercando tu piel a la mía. Como lo hemos hecho todo este tiempo, hasta hoy, cuando todo cambiará. Apenas anoche me sentí ligeramente acostumbrado a tu cuerpo, a pesar de todo lo que vendría. A pesar de que tu cuerpo estaría a punto de convertirse en una sensación del pasado.
¿Qué tanto ocurre allá afuera? La lluvia inmoviliza el paisaje. Las montañas se aburren, las tormentas están en guerra con la visibilidad, ganan las primeras. Del bosque que alguna vez creció, queda apenas madera aniquilada. Un recuerdo que llora el momento en que lo convirtieron en casas y barcos. Unos lagos, un poco de tierra triste y gris, un poco de quietud chilena bajo la triste lluvia de Chile.
Apenas anoche: cubiertos por las sábanas, por un techo y paredes que alejan el frío y el vaho nocturnos, me ofreces tu piel sudada. Con calma, lo recorro con mi lengua. Exploro tu piel con la mía, asimilo sus perfumes vivos. Tu entrepierna es acre por apenas unos segundos, cosa que disfruto. De un momento a otro, sin embargo, se enjuga y el sabor se neutraliza. Me pierdo en la suavidad de tu cuerpo, en las pieles que luchan entre ellas. Entonces entro. Nos restregamos. Nuestras costillas son como puñales que amenazan con atravesarnos, con acuchillarnos. Mordemos nuestros labios en busca de respuestas, de un entendimiento. Entre suspiros, lentamente, acabo. Tú suspiras, recibes mi semilla en un vientre estéril por obra de los químicos. Un vientre sólo para nuestro placer.
¿Qué me esperará cuando lleguemos a Puerto Montt? Un último beso y un adiós incierto. Decirte adiós en una terminal de autobuses, allí junto al mar donde Chile se termina y se despedaza en solitarios trozos de tierra y hielo. Unos minutos después, subirme a un autobús incómodo y atravesar los baldíos de un país en busca de un avión que me regrese a otro sitio, mientras tú sigues por las carreteras, por las regiones que podrán tener nombre y número pero que ambos sabemos que no son ninguna parte.
Apenas hace unas horas: dormimos entrelazados y por la mañana te despierto con mis manos que buscan rincones tibios de tu cuerpo. Jugamos otro poco, pero te sientes desgastada. Estás roja. Te acomodas de rodillas sobre la cama, el tórax erguido. Con el dedo recorro el camino entre tus pechos y tu pubis como si fuera una carretera recta y no hubiera marcha atrás.
No olvidaré este instante, te digo, registrándote: la suavidad de tu vientre, las líneas que tus pechos marcan, los vellos de tu púbis como la punta de una flecha.
Me concentro y tatúo esta última imagen tuya en mi mente.
Ya en la terminal, colocamos las mochilas sobre el suelo. Las personas se desparraman por todas partes. Estamos en la época de vacaciones, el verano en todo su esplendor. Pero eso resulta difícil de creer si miramos por la ventana: el color del cielo es una variante del cemento. Entonces descubro que me miras a los ojos. Y me doy cuenta que duele. Que tus ojos son lo único de ti que no puedo mirar.
Así que miro hacia otra parte. Entre baldosas sucias y heladas, me concentro en otra cosa que no sea la luz: en la risa de un niño que atraviesa pasillos, en los murmullos pesados de los pasajeros, en el olor de la lluvia mezclada con zapatos sucios. Allá atrás de la ventana, pienso con ojos cerrados, el mundo no ha cambiado, ni cambiará. Y aunque se supone que hay unos lagos y hay vida, deben ser grises también. Muerte.
No me amas, ¿o sí?, preguntas.
Mañana sabremos qué sentimos. Mañana sabremos qué buscamos. Mañana, cuando ambos estemos lejos el uno del otro, sabremos de qué se trató. Y sabremos qué sigue, te digo, sin responder tu pregunta.
En el fondo sé que esto es el final.
¿Qué tanto es posible ver a través de un cristal empañado? En la carretera, y por el círculo que dibujé en la ventana, por ese ojo de cristal, diviso un letrero verde junto a la carretera con un mapa dibujado: Región X, Los Lagos. ¿Eso responde a alguna interrogante? No, a ninguna.
Un último beso y unos pasos que se alejan. Me siento a llorar porque te has ido, pero seco como estoy y rodeado de chilenos provincianos que me juzgan, soy incapaz de derramar unas lágrimas: esta maldita lluvia y su ironía. Patético.
No te amo, pero eres lo más parecido al amor que tengo, respondo en mi cabeza. Lo pienso. No te lo digo. Sólo lo pienso.
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lunes, 28 de diciembre de 2009
“Viajes“
En su juventud, Lao-Tzu amaba los viajes. El sabio Hu-Ch'eng Tzu le dijo: "¿Por qué te gusta tanto viajar?“ “Para mí“, dijo Lao-Tzu, “el placer del viaje reside en la contemplación de la variedad. Algunas gentes viajan y sólo ven lo que tienen delante de los ojos; cuando yo viajo, contemplo el incesante fenómeno del cambio.“ A lo que respondió el otro: “Me pregunto si tus viajes son de veras distintos a los de los otros. Siempre que vemos algo, contemplamos algo que está cambiando; y casi siempre, al ver eso que cambia, no nos damos cuenta de nuestros propios cambios. Los que se toman trabajos sin cuento para viajar, ni siquiera piensan que el arte de ver los cambios es también el arte de quedarse inmóvil. El viajero cuya mirada se dirige hacia su propio ser, puede encontrar en él mismo todo lo que busca. Ésta es la forma más perfecta de viaje; la otra es, en verdad, una manera muy limitada de cambiar y contemplar los cambios“.
Convencido de que hasta entonces había ignorado el significado real de viaje, Lao-Tzu dejó de salir. Al cabo del tiempo Hu-Ch'eng Tzu lo visitó: “¡Ahora sí puedes convertirte en un verdadero viajero! El gran viajero no sabe adónde va; el que de verdad contempla, ignora lo que ve. Sus viajes no lo llevan a una parte de la creación y luego a otra; sus ojos no miran un objeto y después otro; todo lo ve junto. A esto es a lo que llamo contemplación“.
Este fragmento, escrito por Chuang-Tzu, fue traducido por Octavio Paz y aparece en su libro Trazos.
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miércoles, 15 de abril de 2009
En el camino de San Luis Potosí hacia Real de Catorce
Matehuala
Las palmas, estiradas. Montañas como dunas pero inamovibles, sopladas por el aire seco, a ratos caliente, a ratos de hielo. Crepitan los tentáculos espinados (el follaje de lo yermo) de un monstruo. Los brazos de un Leviatán de arena y fuego.
Un camposanto, palmeras como cruces, amarillo lápida. Matehuala es un cuadrado en el desierto, una errata del altiplano. Más cuadrado -pienso-, imposible.
Las vegas, 7 km
Unas lucecillas amarillas: puntas de vela en el horizonte. El cielo de finales de la tarde asemeja un mar que se seca poco a poco, que la noche va aclarando para de pronto vaciar su negrura en él.
La luz de los faros del autobús, afuera, alumbra: una tira de asfalto negro que aparece, como si de la nada, hacia el infinito de territorios desconocidos.
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lunes, 16 de febrero de 2009
San sebastián en 75
1. No sabía que San Sebastían estuviera tan cerca, sorpresa.
2. De haberlo sabido antes de salir de Paris, me habría dado gusto.
3. Ahora también me da gusto.
4. Secretamente siempre había anhelado visitar esta ciudad.
5. No sé por qué en secreto, puesto que no tiene nada de vergonzoso.
6. De Hendaya a San Sebastián uno llega en menos de media hora en tren.
7. La vista de la bahía preciosa.
8. Es muy temprano, pero no hace frío.
9. La frontera está a media cuadra de la estación de tren. La cruzo sin ningún problema. No hay siquiera un policía.
10. El tren está lleno de personas que van. Van, a sus trabajos, clases, la gente del país Vasco.
11. Por la ventana veo bruma. Bruma pintoresca, bruma misteriosa.
12. Un buen lugar para una novela de misterios, pienso, por pensar cualquier cosa.
13. "En San Sebastián nunca se sabe con el clima. Tal vez hoy haya sol.", advierte la mujer que viaja junto a mí.
14. Es local y, por las arrugas, deduzco que también septuagenaria.
15. Se queja del clima, un tema del que conoce.
16. Por la forma en que habla de él, se nota que lleva años viviendo en esta costa y fijándose.
17. Le creo cuando le comenta a otra mujer que parece que no falta mucho para que venga el sol.
18. (Ojalá sea cierto, pienso.)
19. Porque luego comenta que llevan dos semanas con nubes.
20. Y esto me amarga un poco, pues cuando uno sólo tiene un día en San Sebastián, lo que más uno quiere es un poco de sol.
(21. Cuando llego a San Sebastián
22. me molesta enormemente
23. ver letreros en vasco.
24. Pero ustedes entenderán
25. que no tengo nada en contra
26. de las lenguas regionales de España
27. sino que simplemente
28. lo que pasa es que
29. cuando uno lleva mes y medio
30. viajando entre lenguas:
31. eslavas
32. fino-ugras
33. y bálticas
34. lo que uno más quiere
35. es llegar a un lugar
36. donde entienda.
37. Y el vasco no lo entiendo.)
38. Pero entiendo esto:
39. Hay gente tomando el sol en la Playa de la Concha,
40. hay un hombre que se detiene a media calle,
41. me saluda amable y me explica brevemente la distribución de la ciudad,
42. hay maestras acarreando alumnos de preescolar,
43. hablando algo que no entiendo;
44. sacudiéndoles la arena de los pies, quitándoles los bañadores para que se enjuagen.
45. Hay catedrales góticas,
46. filosas,
47. teñidas por una luz amarilla de mañana temprana y luminosa.
48. Hay olas,
49. una temperatura agradable
50. mar azul gema, arena amplias.
51. Hay un puente y fachadas art nouveau
52. parecen extraños caracoles;
53. hay piedras recubiertas de algas cariñosas, mar azul gema
54. ni se diga: españolas que enseñan las tetas.
(55. pezones lánguidos,
56. rosáceos.)
57. Y una mezcla de playa y ciuad y y cuerpos y cerros verdes y banquetas en blanco y negro
58. que hacen pensar en un Río de Janeiro sin sangre
59. (o sea, en el paraíso consumado).
60. Así que poca cosa quiero hacer
61. salvo sentarme a tomar el sol, mar azul gema,
62. (hay sol, hay sol)
63. (aunque también hay nubes)
64. quitarme obsenamente la ropa frente a todos,
65. dejar la mochila en la arena
66. (¿Quién se robaría un objeto así? Nadie.)
67. Y en el mar,
68. azul gema,
69. cuerpo mojado,
70. pensar:
71. Que ayer no sabía que hoy estaría aquí.
72. Y sin embargo
73. hoy estoy aquí.
74. Y hay sol.
75. Mar azul gema.
Julio, 08
-
Y otra cosa, por qué no: que algún antecesor mío alguna vez habrá visto este mar azul gema
y cuando partió a la lejana América
hacia esa tierra de la que no habría jamás de regresar
ni se hubiera imaginado
que, al igual que él, un Olavarría (en este caso americano) miraría el cantábrico
al igual que él, estaría aquí
al igual que él, sin saber dónde estraría mañana.
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domingo, 8 de febrero de 2009
Migadas y gorditas: 200 mts (camino al altiplano)
Las nubes cubren el estado. Una gran cobija gris. Las ventanas empañadas del autobús: lágrimas que escurren, barrotes transparentes. Autobús, SLP. No suena nada más que los diálogos de una película (gringa y mala, doblada al español) sobre infidelidades y pasteles.
A dos asientos de distancia: una pareja de menonitas, la mujer vestida con pañoleta negra, y ropa negra. Él, camisa de cuadros verdes, chamarra, rostro casi albino, pestañas de fuego. Observan absortos. Mastican Sabritones.
Afuera, se acabó la Huasteca. Hay un desierto brumoso, unas palmas, cactus verdes y tubulares (pulpos espinados). Ramas abandonadas por el follaje.
Vamos hacia lo alto del estado.
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Cascadas: Minas viejas y el Meco
Días soleados en una de las cascadas más lindas (eso es decir bastante) de la Huasteca.

O más al norte, cerca de El Naranjo, está la cascada de El Meco (sin albur, se los juro)

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Apuntes mínimos de un jardin
Un homenaje a la naturaleza. Un homenaje a lo humano. La estética de la vorágine, de un derrumbe anunciado de antemano. Como todo, pero sólo que a una velocidad vertiginosa.
-
Estas pozas de Edward James, sus esculturas: las piedras pasajeras de la intención artística.
-
Una escalera a ninguna parte. ¿Quién dijo tamaña falacia? A mi juicio es evidente que no es el caso, pues esta escalera lleva a un sitio muy tangible. Hace falta caerse de su punto más alto para descubrir cuál es.
-
El esqueleto de un dinosaurio, contorsionado.
-
Tiene todos los elementos de lo genial. Hay belleza, hay minucia, hay sublimación con el entorno, hay una ambición monstruosa. La arquitectura por la arquitectura misma. La simbiosis de la naturaleza con el arte.
-
Y se caen en pedazos. Se caen en pedazos las malditas esculturas. Da tanto gusto ver que son el viento, el agua, y el moho quienes siempre terminan ganando esta batalla.
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Notas sobre el abismo (el sótano de las golondrinas)

Por la mañana pensé: tal vez nada de esto esté ocurriendo en realidad.
Acababa de salir de nadar de la cascada de Micos, al norte de ciudad Valles, y mi cuerpo temblaba por la brisa, pero no había signos de un pulso por ningún lado. La noche anterior acampamos junto al mismo río. Sergei y yo éramos las únicas personas ahí, y tendimos la tienda de campaña junto a una cruz que recordaba a un chico de 21 años se había ahogado en el 2001. Antes de dormir, tuve la idea de meterme a nadar. Me despojé de mi ropa, y me lancé a la corriente. El agua estaba a una temperatura tolerable y la luna flotaba en la noche renegrida como una brasa redonda.
El agua me acariciaba, pero también me arrastraba. El fondo lodoso representaba lo desconocido, pisarlo era una cosquilla intolerable. Soy una persona de ciudad, y después de unos minutos tuve un poco de miedo. Ya había muerto una persona aquí, ¿por qué no habrían de morir dos?
La corriente avanzaba con más fuerza. Yo me había acercado a la mitad del caudal, y de pronto sentí que el agua me daba un empujón hacia una de las cascadas que quedaban unos metros más adelante. Nadé con fuerzas hasta regresar a la orilla. Coloqué mis brazos contra la tierra, luego mi rodilla sobre el suelo, y salí. Dejé que me secara la brisa fría.
Pero a la mañana siguiente, después de un chapuzón mañanero, sentado a la orilla del río azul, intenté sentir mi pulso. Busqué mi corazón, algún ritmo que indicara los galopes de la sangre. Y no los pude encontrar.
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El conductor nos señala: unos picos de la sierra que se alzan tras un telón azul, melodramático. Ahí, hasta arriba, es a donde vamos. Serían 400 pesos, por ambos, pero es la única opción para llegar antes del anochecer. Estamos en Aquismón, al sur de ciudad Valles. El hombre nos sonríe, tiene un diente de oro, el ojo derecho tocado por una gota de glaucoma. Aceptamos.
Arrancamos en una 4X4 que se desliza tranquila por las curvas. El atardecer en la Sierra Madre es azulado, clarea poco a poco. Se va agrisando, al igual que el polvo que se levanta con el paso de la camioneta. La selva está fría esta tarde y mantenemos las ventanas arriba. Se ven platanales, árboles de copiosas y jugosas naranjas que se pudren en montículos sobre el suelo; innumerables especies de lianas trepadoras con hojas colgantes. El camino de tierra es incómodo, un poco agresivo, pero he visto peores. De todas formas, qué bueno que estamos en época de secas; con lluvias esto debe ser la muerte.
Tras cuarenta minutos de camino llegamos cerca de la cima. El chofer no nos exageró: las sombras de los picos se acaban a unas pedradas de donde estamos. Nos presenta con un hombre, un tal Carlitos. Sergei le entrega un par de billetes al chofer, y él se despide con un: ándele.
El azul del cielo se diluyó. Es la hora más gris de la tarde, y la neblina flota, espesa. Hay niños que juegan. Niños como sombras, niños de viento. Se escuchan voces, y se oyen pisadas que provienen de los escalones que se cuelan entre las piedras y que separan la comunidad de la carretera.
-Sssshhhh, perro, -grita Carlitos, abriéndose paso entre ladridos.
Figuras de piedra, figuras espectrales, esculturas de neblina. Todos tiritamos, el frío es en verdad húmedo. Hace mucho frío para ser el trópico bajo. Tal vez por la noche hiele, nos advierte Carlitos. Nos conduce a casa de su madre, una casa de bloques grises con una explanada de cemento al frente donde nos explica que podemos poner nuestra carpa. La armamos. Nos acompaña el olor de la cosecha: una pila de vallas de café rojizas que despiden un aroma dulce y a la vez fermentado. Al poco tiempo, el gris se diluye y el cielo se colma de estrellas. No sé por qué, pienso en el ojo glauco, en la imagen de la sierra verde y tupida vista de lejos, en los niños que escuché sin ver.
Unos minutos despúes, tocamos la puerta de la casa. Queremos calentar un poco de agua. La familia entera está agrupada alrededor del calor de la estufa. Nos ofrecen unas sillas, y esperamos a que hierva el agua. Hablan en huasteco, nos dirigen pocas y parcas palabras. Salvo la nieta, una niña de nueve años, quien hasta nos acompaña afuera y nos enseña sus libros de la escuela y nos cuenta de su familia. Se me ocurre preguntarle quién de los que está adentro es su papá, y quién es un mamá. Resulta que ninguno. Ella nos explica que su papá está en el otro lado (al principio pensé que estaba muerto; luego entendí que trabajaba en Estados Unidos), y que su mamá vive con la suegra. Que ella vive con su abuela materna porque le queda más cerca la escuela.
-Todo es culpa de mi papá, -dice-. Porque mi papá, antes de que yo estuviera aquí, cuando yo todavía era viento, era bien loco. Tenía dos mujeres, y ahora mi mamá vive allá abajo con mi abuelita para que la otra señora no regrese.
Luego me pregunta si mis papás están vivos. Le respondo que sí. A ella le sorprende. Dice que estoy muy grande para que sigan vivos.
Le pido que me enseñe unas palabras en huasteco, pero no se sabe ninguna. Sólo los adultos saben, y a ella ya no le hablaron en ese idioma.
Después de un rato aparece la tía. Viene a decirle que ya es hora de dormir. La niña regresa a casa.
Sigo el camino de piedra hacia el sótano de las golondrinas. El camino en la oscuridad es difícil, cada paso que doy lo calculo de antemano. No hay otra luz que la de las estrellas. De pronto, detrás de unas piedras aparece: se trata de un hoyo en la montaña.
Una negrura demencial, el mismísimo ojo del vacío.
-
La noche fue menos fría de lo esperado. A la mañana siguente, volvemos temprano al sótano de las golondrinas a esperar la salida de las aves. Sergei y yo somos los primeros en arribar. 500 metros de caída libre, es lo opuesto al rascacielos. El sótano no es sólo de las golondrinas, desde aquí asemeja el sótano del mundo. Salen los primeros loros de sus nidos, muy abajo. El chirrido interior de la tierra. Ligero, constante. Las notas musicales de un violín enterrado, la caja de resonancia del infierno. Efervescente: Algo se gesta. Poco a poco, los vemos volar. Aleteos veloces, navajazos en el cielo.
Desde el fondo, van subiendo como el humo de un incendio. Espiral, la hélice de una cadena de ADN.
Hierve la mañana, ebullen las aves. En el fondo, no se distinguen de una drosófila fosforecente. Pero cuando llegan hasta arriba, veo sus ojos y un semblante tierno.
Un carrusel que escupe sus piezas; una mecánica giratoria, robótica. Un tornado verde, los loros. Un tornado de fragmentos blancos y negros, los vencejos.
La mañana no es tan fría, pero es demasiado fría para los vencejos. Regresan a la cueva: la entrada, contrario a la salida, es veloz. Como bajo el influjo de un imán, balas con plumas de colores.
Escribo estas líneas de cara al abismo: este es el movimiento de las células de un animal abstracto.
El negro espejo de la muerte. El negro espejo del viento.
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martes, 3 de febrero de 2009
Autostop en época de zafra (dos cuentos inconclusos)
Vamos hacia Ciudad Valles, hay humo, caña quemada. A la mitad del camino, se detiene a recoger a otro hombre. Es moreno y robusto. Se sube en el asiento trasero, donde yo también viajo. El conductor pregunta:
-¿Ya pasó el Villano?
-Sí.
-¿Iba solo?
-No, traía a la esposa y a los hijos.
-Inche Villano. Quedó de hablar.
-Lo raro es que nunca trae a nadie acá, los deja en el rancho. Pero ya veo. Ahora con el muerto.
- Viene con su gente. Ahí están todos.
- Que ya va a salir el carro.
- A mi me avisaron desde anoche.
- ¿Y ya saben cuál fue el difunto?
- Todavía no.
- Ya nos enteraremos.
- Sí.
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Una pickup, un camino de tierra. Me subo adelante. El sol pega de frente. Las flores de la caña se estiran hacia el cielo, una especie de plumaje árido. Quien maneja, Ramiro, me dice algo. Bien podría ser el comienzo de un cuento.
Lo reproduzco aquí.
-Yo me acuerdo que desde chico, los años que llueve mucho, la tierra tiembla, -dijo Ramiro, cubriendo su refresco de guayaba con un sombrero.
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Eternidad (huasteca potosina)
1. Ciudad Valles
El graznido mañanero de un nido de zanates delata que la ciudad quedó lejos. Pavimento encharcado, lodoso. Una ciudad a media selva, la huasteca y un aire frío en una mañana desolada. El eco del vendedor de periódicos, es domingo. Las luces de la terminal, luces sosegadas. Alumbran una madrugada húmeda.
El cielo es un nubarrón grisáceo en el que las puntas de las hojas de las palmeras apuntan su delgadez.
2. Cascada de micos
La renovación es esta agua. La renovación es esta brisa. Me sumerjo: es una caricia tibia, inesperada. Una cosquilla líquida en una gravedad alterna.


4. Encontrar
la ecuación que me explique la cadencia. La fórmula que determine las secuencias de los ripios. La luz, viajó millones de kilómetros más que yo para llegar aquí. Es ahora el recubrimiento de mercurio de una ola que se repite, en el mismo sitio, una música que no se agota.
(La eternidad se insinúa en el desequilibrio de las sombras).

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sábado, 10 de enero de 2009
Paris efímero
El escándalo de idiomas entremezclados es algo que sólo en Paris se encuentra. Paredes roidas, decoloradas, muros grises, historia, pasión. Paris no es una exageración, es la mejor ciudad de Europa. La más viva de todas. Como en un restaurante afuera de la Gare de l'est con Natalia, no sé por qué escribo que "los sabores me acercan a la indigencia". Tal vez sea por los 7 euros que gasté, pero 7 euros en Paris no está mal. Quién sabe cuándo vuelva a tener la oportunidad de probar un arroz Basmati acompañado de tanto chutney...quién sabe si vuelva a probar gyosas así, con curry tan sabroso. Café Madras, por sí se preguntan.
¿Qué me gusta de Paris? Su despotismo, su velocidad, su belleza. Que pase por segunda vez en menos de un mes por aquí y piense: qué hermoso sol, qué hermoso río.
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Mala suerte de nuevo en el tren. Me han mandado hacia otro sitio, hacia aquél al que no quería ir. Es que ya no había lugar en el que va a Lisboa. Pido un boleto a Salamanca. De lo que se trata es de no pagar una noche de hotel, de acercarse lo más posible a la frontera Portuguesa. Me dan uno a un sitio llamado Hendaya, no sé dónde queda. Dicen que es la frontera con España, pero no sé ni a qué altura. Le pido un mapa al hombre del mostrador, pero no tiene nada que ofrecerme.
Karma: ¿Existe o es un simple paralelismo?
Veo al chico caminar con su boleto. Veo cómo se le cae al piso. Pienso rápido y lo tomo, le grito, Garson! y él voltea. Se lo devuelvo y me responde con un merci. Se queda parado a unos pasos. Luego veo que se le cae nuevamente, y él cruza el torniquete y desaparece. Pasan unos segundos, le pregunto a Natalia si no sería que lo tiró a propósito. Pero no. Tomo el boleto. Se trata de uno para suburbano. RER, 10 Euros. Qué mala suerte. Entro al metro y lo busco, pero él ya no está. Desapareció. Ni modo. Creo que hice lo que pude. Pero me sigo sintiendo raro.
Menos de una hora después estoy en la plataforma del tren que va rumbo a Hendaya. Amenaza con arrancar y me subo apresuradamente al primer vagón. Reviso el número del camerino y descubro que estoy al principio del tren, y mi cama está al final. Esto es un inconveniente. Camino entre los pasillos: familias de hindúes que comen chafati envuelta en periódico; surfers que toman cervezas; una manada de quince chinos que no hablan ni francés, ni inglés, ni español, y que hacen lo posible por entenderse con el recogeboletos. Tren europeo en verano.
Mi único propósito es el de sostener mi boleto en la mano. El único. Pienso en el hombre de hace rato, y me da miedo pagar mi karma ahora. Así que lo apriento con muchísima fuerza, hasta que me duele la mano. Así voy cruzando los estrechísimos pasillos atiborrados de gente y maletas y puertas de metal abiertas. Mi único propósito es no perder el boleto.
Pero quién sabe cómo, cuando llego al final del pasillo, el boleto ya no está en mi mano. Está el papel que lo arropaba, y en mi bolsillo encuentro toda clase de basuritas coleccionadas a lo largo del día. Pero el boleto no lo tengo. Justo en ese momento aparece el recogedor de boletos, y yo no tengo una puta excusa en el mundo. Intento convencerle de lo que me ha ocurrido, le muestro mi pase marcado con la fecha de hoy y que comprueba que mostré mi boleto antes de subir al tren, y el hombre me cree, sólo que el boleto no está. Y para colmo tampoco recuerdo el número de mi camarote. De pronto pienso que el boleto lo perdí por el simple hecho de que hice un esfuerzo tan grande por no perderlo. Me convenzo de que el boleto no se me cayó, sino que deslizó a una dimensión aparte, todo porque no le devolví el boleto de RER al chico del metro hace una hora. El recogeboletos comienza a impacientarse. Estoy a punto de contarle mi historia, pero me dice que mejor espere un momento. Un par de minutos después llega acompañado de otro inspector, tiene mi boleto. Alguno de los chinos lo entregó hace un rato, lo encontró tirado. Magia pura. Parecía físicamente imposible, pero ahí está. Me enseñan la cama donde he de dormir (son 6 camas en un cuartito miniatura...casi como dormir en una repisa en la pared) y me acuesto. Duermo y, durante la noche, atravieso Francia entera sin siquiera darme cuenta.
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Diego
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sábado, 20 de diciembre de 2008
Fragments of Berlin
IF you cut my face with a sharp and rusty knife, if you dug into the wound -pressing the flesh- trying to make it stay. If you carved into my flesh every day, of every year of my entire life, I am sure I would die with a scar on my face. No matter how hard I wanted it to go away, how hard I ignored it, how hard I cried, there would be a scar on my face. Big, red, fleshy, some sort of paralyzed worm just lying there, holding on. It doesn’t move, it doesn’t budge. It only clings. Scar.
NEAR Oranienburger strasse there’s this squat. It’s supposed to be occupied by artists, or so I understand. There’s some strange trend in
But then, there’s this squat. Disorder and worn out walls: and aesthetically as predictable and picturesque as any pop icon. You see, this is what we call The Irony of Success. Repetition of a tendency, ad nauseum. Put a price tag on your shit. 2 euros for a beer, cigarrette vending machine, Coca-cola umbrellas keeping customers out of the sun...the ominous and disturbing no photographs (Verboten!) allowed sign. Make some scultpures out of metal, make some shirts with the face of Emiliano Zapata. Make some postcards of your sculptures and sell them expensive, sell some shirts for 20 euros to the kids who want to believe but still have to pay to do so.
The point of traveling in
SPRENGELSTRASSE. Then Müllerstrasse. Rosa Luxemburg Strasse. Pedal fast. Unter del Linden, Branderburg, Reichstag, Tiergarden. The heart of touristic
Holocaust memorial
KOTTBUSSER TOR. I’m waiting for Marlene. We’re gonna get some vegan burgers at a place she knows, east side. Meanwhile, I check out some junkies hawking subway tickets. The subway here works like this: you can ride the train, in a single direction, once, per ticket. There’s no turnstile, just inspectors. So my intravenous friends get used tickets, still within the time limit, and try to sell them for less outside the station. If I didn’t have a bike, I know exactly where I’d buy mine.
DISADVANTAGE OF THINKING POLITICS ON A SUNNY DAY: blue day, open sky. The first open sky in days. Reichstag. I stood in line a couple of hours, looking at the facade. There are no more burn marks on the Riechstag. Hitler erased them faster than he made them. I can’t help but think of La Moneda in
Dome. I’ve made it to the top, and now I can look down on the city.
If I had to describe it in twelve words and a contraction: You can look down all you want, but it’s still out of reach.
Dome at the Reichstag, fragments
LOVE, LOVE, LOVE. Kreuzeberg: I’d have fallen in love with it five years ago. That’s if it would’ve looked like this five years ago. The grafitti: there’s so much of it, the effect is unaesthetic. Abstract baroque chaos. I think
The shops are superb, though. Bio shops, vegan burger joints, punk record stores. I have to say I love
FENCES: All those bikes put together give an impression (if you pass low and fast enough) to be barb wire fences. Or that kid, his shirt says modernism. Does he read Ruben Darío? The sleeves on the shirt of the girl hide: tattoos, color. A Bouncing Souls logo.
NOTAS BILINGÜES SOBRE LA POTSDAMER PLATZ. Communism: hunger, horrible buildings, death, censorship. ¿Capitalismo? Can we really say that the good guys won this match? It’s nice to see how humanity and even human life, humans, transcend. Regimes, walls, wars, conflicts. How our eyes get to watch cities crumble. Wheel of fortune.
THURSDAY: You watch the leaves and the sun. You take a bite of a halumi sandwich, and drink an orange Bionade, you fucking hedonist. You bike next to the river, the magnificent river, and spend some time in a bookshop looking at Hokusai, Modigliani, and reading about Russian Censorship. You bike up to the East side, and discover the Checkpoint Charlie and all the tourists. You swerve a bit with your bike, because you can. East, west, east, west, east west, east west. You continue your way up to the Memorial, where you take a look at one of the last remaining stretches of it, of the wall. There is grass, and you feel the scent of something burning. You pass some abandoned playgrounds, and park at an angle. There is a bronze plaque on the ground.
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weeping statue at a city once divided, conquered, destroyed. Tears of permanence.
Breakfast at the Morgenrot, all you can eat, pay anything from 4 to 8 euros depending on the money you have.
Bicycle
Skyline
wall
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Diego
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