viernes 1 de mayo de 2009

Lisboa y Fernando Pessoa en fragmentos

Carretera



El sol, liso y rojo, flota entre la bruma de esta sierra de pastos secos y quebradizos. El parabrisas: un cementerio de insectos congelados. Emulaciones de cometas. Cruzamos a Portugal desde España (¿desde dónde más?) a la altura de Guarda. Nos detenemos a comprar suministros en la última tienda española antes de la frontera, en Fuentes de Oñoro. Después de recorrer los estantes metálicos y casi vacíos en busca de algo de comer, un hombre de cejas encrespadas y canosas me cobra una bolsa de papas fritas y una botella de agua, atrás de él unos rifles de caza montados en la pared.
Arrancamos. Un letrero azul con la palabra PORTUGAL y estrellas doradas anuncia que hemos cambiado de país. La carretera, recta y continua. La carretera, completamente insubjetiva, blanca, blanca, sin pensamiento alguno. Sólo la certeza de la dirección, el movimiento parabólico del sol: llegaremos a Lisboa y será la oscuridad de las colinas quien nos reciba.


-
Centro de la ciudad, parte I



Domingo, primero de noviembre de 1755, día de todos los santos, 09:30 a.m. La tierra ruge, un eructo profundo, trémulo, con epicentro en el Cabo Sao Vicente. Algo así como 9 grados en la escala de Richter, en tres sesiones. Todo se sacude.
Con este gesto brusco comienza el grandioso espectáculo del derrumbe. El circo del Caos. Lisboa empieza a caerse en pedazos. Caen los teatros, caen las casas, caen los comercios, caen los conventos, caen las iglesias (encima de los feligreses, incluso). Todo cae. La gente baja en pánico de las colinas hacia la parte llana de la ciudad escapando de la desgracia. Hay dolor, hay gritos, hay desconcierto. Todo fue: increíblemente abrumador. Todo fue: increíblemente rápido. La gente a la orilla del Tejo apenas empieza a implorar por los muertos, a lamentarse por lo que ya es el día más trágico de la historia de la ciudad.
Y de pronto, una ola.
El momento debió confundirse fácilmente con el de una revelación. El juicio final, la venida de los santos. No lo sé. Lo que sí sé es que el Tejo se retrajo, desnudando su estuario. Como una mujer que alza coquetamente su falda para mostrar las piernas, reveló su fango. Quienes estaban a la vera del río atestiguaron algo inaudito: los secretos sumergidos. Vieron las piedras, los caracoles y los esqueletos de los barcos antiguos que en la oscuridad submarina dormían. La colección de fósiles a la que no tardarían en pertenecer. Alguno habrá pensado que Dios abría el mar para que los lisboetas escaparan de la catástrofe. Pero no. La naturaleza apenas se preparaba. Entonces llegó el tsunami: el agua, la inundación, el castigo colectivo más viejo del libro. Un diluvio en día soleado, la convulsión de un río manso que a pocos kilómetros de Lisboa ya es mar. Un muro líquido de seis metros, que hizo explotar las panzas de madera de las naves, que pateó sus anclas hacia el aire. Al arremeter contra Lisboa, lo primero que rompió fue el malecón de mármol recién inaugurado. Luego, sumergió a los lisboetas y sus corazones en un remolino, en una vorágine, en un nudo de agua.
De la Lisboa trazada en época romana y levantada a lo largo de los siguientes siglos quedaron la tierra y algunos de los callejones del barrio de Alfama. El ochenta y cinco por ciento de los edificios de la época fueron destruidos. Los grandiosos templos y palacios manuelinos (esa escuela de arquitectura derivada del gótico que aspira a la simbiosis, a un retrato de las obsesiones portuguesas por medio de la inclusión y mezcla de representaciones de elementos de la naturaleza con otros propios de navegantes, y en cuyos ejemplos aparecen labradas hojas, vides, sogas, flores), cayeron ya fuera durante la sacudida, la ola, o el consecuente fuego que duró varios días y remató a la ciudad. Agua, fuego, tierra: los tres elementos conspiraron para someter a Lisboa. Para ahogar al imperio.
Y ahí creen algunos que se acabó cualquier atisbo de gloria, cuando el sueño portugués de ultramar fue sepultado por un río. Al final de ese primero de noviembre, que empezó como un día de todos los santos cualquiera, el alma portuguesa se desangraba, las aguas del Tejo estaban tocadas por la sangre. Vendrían más golpes: Napoleón, la independencia de las colonias, el reordenamiento geopolítico. Pero Portugal ya estaba herida de muerte, ya no podría recogerse de entre sus propios escombros.
Han pasado dos siglos y medio de agonía.

-

Centro de la ciudad, parte II



Una paloma se acicala, tumba las plumas viejas de su pecho con el pico magullado. El viento las arrastra entre los brazos inmóviles de una estatua. En las paredes de las casas medievales, resabio morisco, azulejos sucios, el polvo húmedo y pegajoso se adhiere. Un barniz de mugre, un barniz de tiempo. Las flores rojas absorben el sol de esta mañana. Se lo comen a mordidas, voraces, hambrientas. Camino por Alfama, el barrio medieval y el único sobreviviente de la ira de 1755. Las ventanas crecen en los muros como hongos, erráticas (respiraderos de los hogares), rompiendo la lógica de los azulejos. Asoman rostros de personas, perros jadeantes, tendederos con ropa que se seca con dificultad pues el aire del puerto es húmedo. Todo azaroso, estimulante.
Encuentro una pequeña plazoleta con una banca. Aparece como un oasis entre las escalinatas. Me siento. Por encima de mí pasan las vigas de una estructura de madera donde se enreda una planta de la que brotan uvas verdes y amargas. A la orilla, una fuente de bronce de la que brota agua fresca, constante. Lisboa serpenteante, me deslizo entre sus tentáculos de asfalto. Escapo por un callejón que me lleva hacia una avenida. Ahí, la arquitectura es más nueva. Casas del estilo pombalino, que fue el que se impuso en la ciudad tras la ola.
Sigo en la colina, y el único sentido de dirección que tengo es: arriba castillo, abajo río Tejo. Camino hacia lo alto, obedeciendo las indicaciones que me llevarán al Castillo de San Jorge. Se trata de una muralla y un castillo que construyeron los romanos para evitar la invasiones bárbaras, una fortificación que se ha deteriorado, que ha caído y que ha sido reconstruida en infinidad de ocasiones, justo en el sitio donde se presume que se colocaron las piedras de los primeros asentamientos humanos de la ciudad, la colina más alta de la ciudad.
El castillo se lo rotaron los romanos, los visigodos, los moros. Estos últimos lo ocuparon hasta 1147, cuando, tras cuatro meses en los que la ciudad entera vivió en cerco, se rindieron ante quien sería el primer rey de Portugal, Dom Afonso Henriques, reconquistador. La muralla vivió el abandono a partir del siglo XVII, pero a mediados del siglo XX se decidió restaurarla. Ahora sirve como punto de interés turístico. El sitio más alto de la ciudad de las colinas. Vista desde abajo, rompe con la arquitectura de todo lo demás. Desde arriba, desde ella, Lisboa aparece: una cuadrícula como ninguna otra capital de Europa, una cuadrícula que nació de una tragedia. Pocas ciudades en el mundo más panorámicas que Lisboa....pocas ciudades con tantos miradores. No sólo éste y el elevador de Santa Justa, sino todos esos rincones donde de pronto: los árboles y las casas ceden a la altura, al cielo.
Mirar Lisboa. Pocas ciudades tan generosas en sus ángulos, de una perspectiva tan deliciosa. La recomposición constante de sus fragmentos, un verdadero privilegio.




-

Ola

III. A las afueras de Lisboa, pasando el Monasterio de los Jerónimos color arena donde yacen los huesos de Pessoa, del lado de la Torre de Belem, junto al Río Tejo, una banca, un poema, del poeta, recargo mi cabeza, lo recito, lo formulo.

Onda que, enrolada, tornas, Ola que, enrolada, retornas,
Pequena, ao mar que te trouxe pequeña, al mar que te trajo
E ao recuar te transtornas y al retraer te transformas
Como se o mar nada fosse, como si el mar nada fuese.

Porque é que levas contigo ¿Por qué llevas contigo
Só a tua cessação, sólo tu cesación,
E, ao voltar ao mar antigo, y al volver al mar antiguo
Não levas meu coração? no llevas mi corazón?




-




ii. Vamos hacia Cabo da Roca. Hay que tomar la carretera marginal hacia el oeste, hacia afuera de Lisboa, de Europa. De lejos veo los puentes que se estiran hacia el otro lado de Portugal. Más adelante, el Tejo se vierte en el mar, y de pronto estamos de frente al océano. Pasamos las playas de Cascais (más azules que en otros días, las olas avanzando como pequeñas líneas de luz sobre metal, el embate permanente de un océano contra un continente), y luego viramos hacia la Sierra de Sintra. Habla Pessoa:

Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
a la luz de la luna y del sueño en la carretera desierta,
manejo solitario, manejo casi despacio y un poco,
me parece, o me esfuerzo un poco para que me lo parezca ,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro
[mundo,
que sigo sin haber dejado Lisboa o sin tener que llegar a
[Sintra,
que sigo ¿y qué más haría sino seguir y no parar y seguir?


Ya en la montaña, serpenteamos por unas callecillas. Rua da Bela Vista, Rua do Eucaliptal, Estrada Nova, Estrada do Cabo da Roca. Los rasguños finales de esta tierra. Los últimos vestigios de Europa antes de que el continente se despeñe hacia el mar son estas casitas, estas tejas rojas, estos adoquines donde la R. 247 hizo una curva.
Y luego, nada. Estacionarse, recorrer el pasto hasta llegar al fin de la tierra. Y, 200 metros abajo, mirar el mar: una espuma de incertidumbres antañas y presentes. Mirar el mar: un miedo que la humanidad ya venció pero que en este momento, en lo particular, me paraliza. El mar portugués, cementerio de navegantes y soñadores. Musa de poetas, madre de la saudade.
La ola que azotó, que azota, que azotará: es mi única certeza.
Al final de Europa, una inscripción de Camões, a manera de recordatorio, bajo una cruz:
Aquí/ donde la tierra se acaba/y el Mar comienza
Abajo: miro el despeñadero. Si cayese, podría reformularlo: Aquí/ donde la tierra comienza/ y el mar acaba. Pero en mi corazón: ni el mar empieza, ni la tierra termina. Ni la tierra empieza, ni el mar termina. Todo es, simplemente, parte de la condición anfibia, portuguesa.



-


II. Lisboa de noche. El estío, y el Tejo: también certeza bajo el cielo nocturno. La humedad parece aferrarse conmigo, con mi piel que transpira, que suda como lo hace incluso el concreto en esta noche de canícula, esta noche lisboeta, antiquísima. Me sorprende la tristeza de una reflexión... La ciudad que veo: no volverá a ser la misma ciudad mañana. La ciudad que veo: es otra ciudad que nunca conocí. La ciudad que veo: fue de los muertos que nos cedieron la calle. La ciudad que veo: no sé mañana. La ciudad que veo: no sé cuándo volveré.
Nadie tiene la existencia asegurada, ni Lisboa. Hay que mirarla con ojos de Pessoa, que escribió: Amo todas las cosas, unas más que otras, pero más que cualquier otra, la que ahora miro, más que las que miré o las que habré de mirar.
Desciendo por la plaza de Restauradores hacia la Baixa, pasando por el corazón turístico, que de noche es otra cosa. Como ninguna ciudad capital de Europa Occidental, Lisboa tiene fracturas. Fracturas en las fachadas de tantas casas a punto de romperse en pedazos, fracturas tectónicas, fracturas sociales. Por la noche, la Plaza de Rossio, un leprosario europeo en pleno siglo XXI. Aparecen figuras de hombres y mujeres convalecientes, embriagados de alcohol barato. El deshilachamiento de la red de contención social ha institucionalizado la indiferencia hacia los desfavorecidos: a nadie le importan los charcos de vómito sanguinolentos en la banqueta, los bultos humanos recostados entre cartones pútridos, botados bajo las marquesinas de los edificios. Deformaciones extremas maltratan sus rostros,
Se agradece la autenticidad, claro. Que uno por fin se pueda encontrar con un centro de ciudad europea en el que no se repitan con tanta violencia los esquemas de consumo y simulacro (turismo de boutique, edificios renovados para el deleite de las cámaras digitales). El que sea a costa de la puesta en evidencia de la desgracia ajena es lo que convierte un paseo nocturno por aquí en una sensación agridulce.
Portugal, de noche entre semana: Lisboa desierta. Como el mundo ya fue conquistado, los portugueses se quedaron sin vocación. Ahora se dedican a dormir, a soñar acongojados con el tiempo que ya pasó, con las olas que mueven el mar y sus aguas hacia las rocas. Con el tiempo en el que la capital del imperio portugués no era aún rescoldo. Medito: Portugal como un animal en peligro de extinción, una formulación nocturna de luces y puentes que aspiran a unir las fisuras del río, de la Historia. Lisboa. Camino hacia la ladera de una colina por una escalinata, hacia Chiado. El único susurro viene del viento, y de los vendedores de droga que en las esquinas cercanas a la Rua de Roça me susurran las tres sílabas tersas, persas: hashish. Aparece nuevamente la Plaza de Rossio, la miro desde lo alto. En la colina del otro lado, el Castillo, muros firmes que sostienen la noche. De este lado: las viejas casas que el gobierno no ha hecho nada por recuperar, esperando un terremoto, esperando sus minutos finales. Hay también: oscuridad, olor a bacalao proveniente de alguna cocina, sombras de color sepia. Callejones oscuros y las siluetas de los gatos negros: pasan sigilosos esos felinos, tan lisboetas.

-

miércoles 15 de abril de 2009

En el camino de San Luis Potosí hacia Real de Catorce

Matehuala

Las palmas, estiradas. Montañas como dunas pero inamovibles, sopladas por el aire seco, a ratos caliente, a ratos de hielo. Crepitan los tentáculos espinados (el follaje de lo yermo) de un monstruo. Los brazos de un Leviatán de arena y fuego.
Un camposanto, palmeras como cruces, amarillo lápida. Matehuala es un cuadrado en el desierto, una errata del altiplano. Más cuadrado -pienso-, imposible.






Las vegas, 7 km

Unas lucecillas amarillas: puntas de vela en el horizonte. El cielo de finales de la tarde asemeja un mar que se seca poco a poco, que la noche va aclarando para de pronto vaciar su negrura en él.
La luz de los faros del autobús, afuera, alumbra: una tira de asfalto negro que aparece, como si de la nada, hacia el infinito de territorios desconocidos.


-enero, 2009

lunes 16 de febrero de 2009

San sebastián en 75




1. No sabía que San Sebastían estuviera tan cerca, sorpresa.
2. De haberlo sabido antes de salir de Paris, me habría dado gusto.
3. Ahora también me da gusto.
4. Secretamente siempre había anhelado visitar esta ciudad.
5. No sé por qué en secreto, puesto que no tiene nada de vergonzoso.
6. De Hendaya a San Sebastián uno llega en menos de media hora en tren.
7. La vista de la bahía preciosa.
8. Es muy temprano, pero no hace frío.
9. La frontera está a media cuadra de la estación de tren. La cruzo sin ningún problema. No hay siquiera un policía.
10. El tren está lleno de personas que van. Van, a sus trabajos, clases, la gente del país Vasco.
11. Por la ventana veo bruma. Bruma pintoresca, bruma misteriosa.
12. Un buen lugar para una novela de misterios, pienso, por pensar cualquier cosa.
13. "En San Sebastián nunca se sabe con el clima. Tal vez hoy haya sol.", advierte la mujer que viaja junto a mí.
14. Es local y, por las arrugas, deduzco que también septuagenaria.
15. Se queja del clima, un tema del que conoce.
16. Por la forma en que habla de él, se nota que lleva años viviendo en esta costa y fijándose.
17. Le creo cuando le comenta a otra mujer que parece que no falta mucho para que venga el sol.
18. (Ojalá sea cierto, pienso.)
19. Porque luego comenta que llevan dos semanas con nubes.
20. Y esto me amarga un poco, pues cuando uno sólo tiene un día en San Sebastián, lo que más uno quiere es un poco de sol.


(21. Cuando llego a San Sebastián
22. me molesta enormemente
23. ver letreros en vasco.
24. Pero ustedes entenderán
25. que no tengo nada en contra
26. de las lenguas regionales de España
27. sino que simplemente
28. lo que pasa es que
29. cuando uno lleva mes y medio
30. viajando entre lenguas:
31. eslavas
32. fino-ugras
33. y bálticas
34. lo que uno más quiere
35. es llegar a un lugar
36. donde entienda.
37. Y el vasco no lo entiendo.)


38. Pero entiendo esto:
39. Hay gente tomando el sol en la Playa de la Concha,
40. hay un hombre que se detiene a media calle,
41. me saluda amable y me explica brevemente la distribución de la ciudad,
42. hay maestras acarreando alumnos de preescolar,
43. hablando algo que no entiendo;
44. sacudiéndoles la arena de los pies, quitándoles los bañadores para que se enjuagen.
45. Hay catedrales góticas,
46. filosas,
47. teñidas por una luz amarilla de mañana temprana y luminosa.
48. Hay olas,
49. una temperatura agradable
50. mar azul gema, arena amplias.
51. Hay un puente y fachadas art nouveau
52. parecen extraños caracoles;
53. hay piedras recubiertas de algas cariñosas, mar azul gema
54. ni se diga: españolas que enseñan las tetas.

(55. pezones lánguidos,
56. rosáceos.)

57. Y una mezcla de playa y ciuad y y cuerpos y cerros verdes y banquetas en blanco y negro
58. que hacen pensar en un Río de Janeiro sin sangre
59. (o sea, en el paraíso consumado).
60. Así que poca cosa quiero hacer
61. salvo sentarme a tomar el sol, mar azul gema,
62. (hay sol, hay sol)
63. (aunque también hay nubes)
64. quitarme obsenamente la ropa frente a todos,
65. dejar la mochila en la arena

66. (¿Quién se robaría un objeto así? Nadie.)

67. Y en el mar,
68. azul gema,
69. cuerpo mojado,
70. pensar:
71. Que ayer no sabía que hoy estaría aquí.
72. Y sin embargo
73. hoy estoy aquí.
74. Y hay sol.
75. Mar azul gema.



Julio, 08

Cemento emulando caracol


-


Y otra cosa, por qué no: que algún antecesor mío alguna vez habrá visto este mar azul gema
y cuando partió a la lejana América
hacia esa tierra de la que no habría jamás de regresar
ni se hubiera imaginado
que, al igual que él, un Olavarría (en este caso americano) miraría el cantábrico
al igual que él, estaría aquí
al igual que él, sin saber dónde estraría mañana.

domingo 8 de febrero de 2009

Migadas y gorditas: 200 mts (camino al altiplano)

Las nubes cubren el estado. Una gran cobija gris. Las ventanas empañadas del autobús: lágrimas que escurren, barrotes transparentes. Autobús, SLP. No suena nada más que los diálogos de una película (gringa y mala, doblada al español) sobre infidelidades y pasteles.
A dos asientos de distancia: una pareja de menonitas, la mujer vestida con pañoleta negra, y ropa negra. Él, camisa de cuadros verdes, chamarra, rostro casi albino, pestañas de fuego. Observan absortos. Mastican Sabritones.
Afuera, se acabó la Huasteca. Hay un desierto brumoso, unas palmas, cactus verdes y tubulares (pulpos espinados). Ramas abandonadas por el follaje.

Vamos hacia lo alto del estado.

Cascadas: Minas viejas y el Meco



Días soleados en una de las cascadas más lindas (eso es decir bastante) de la Huasteca.






O más al norte, cerca de El Naranjo, está la cascada de El Meco (sin albur, se los juro)





Apuntes mínimos de un jardin



Un homenaje a la naturaleza. Un homenaje a lo humano. La estética de la vorágine, de un derrumbe anunciado de antemano. Como todo, pero sólo que a una velocidad vertiginosa.

-

Estas pozas de Edward James, sus esculturas: las piedras pasajeras de la intención artística.



-

Una escalera a ninguna parte. ¿Quién dijo tamaña falacia? A mi juicio es evidente que no es el caso, pues esta escalera lleva a un sitio muy tangible. Hace falta caerse de su punto más alto para descubrir cuál es.


-

El esqueleto de un dinosaurio, contorsionado.



-

Tiene todos los elementos de lo genial. Hay belleza, hay minucia, hay sublimación con el entorno, hay una ambición monstruosa. La arquitectura por la arquitectura misma. La simbiosis de la naturaleza con el arte.



-

Y se caen en pedazos. Se caen en pedazos las malditas esculturas. Da tanto gusto ver que son el viento, el agua, y el moho quienes siempre terminan ganando esta batalla.

Notas sobre el abismo (el sótano de las golondrinas)



Por la mañana pensé: tal vez nada de esto esté ocurriendo en realidad.
Acababa de salir de nadar de la cascada de Micos, al norte de ciudad Valles, y mi cuerpo temblaba por la brisa, pero no había signos de un pulso por ningún lado. La noche anterior acampamos junto al mismo río. Sergei y yo éramos las únicas personas ahí, y tendimos la tienda de campaña junto a una cruz que recordaba a un chico de 21 años se había ahogado en el 2001. Antes de dormir, tuve la idea de meterme a nadar. Me despojé de mi ropa, y me lancé a la corriente. El agua estaba a una temperatura tolerable y la luna flotaba en la noche renegrida como una brasa redonda.
El agua me acariciaba, pero también me arrastraba. El fondo lodoso representaba lo desconocido, pisarlo era una cosquilla intolerable. Soy una persona de ciudad, y después de unos minutos tuve un poco de miedo. Ya había muerto una persona aquí, ¿por qué no habrían de morir dos?
La corriente avanzaba con más fuerza. Yo me había acercado a la mitad del caudal, y de pronto sentí que el agua me daba un empujón hacia una de las cascadas que quedaban unos metros más adelante. Nadé con fuerzas hasta regresar a la orilla. Coloqué mis brazos contra la tierra, luego mi rodilla sobre el suelo, y salí. Dejé que me secara la brisa fría.
Pero a la mañana siguiente, después de un chapuzón mañanero, sentado a la orilla del río azul, intenté sentir mi pulso. Busqué mi corazón, algún ritmo que indicara los galopes de la sangre. Y no los pude encontrar.

-




El conductor nos señala: unos picos de la sierra que se alzan tras un telón azul, melodramático. Ahí, hasta arriba, es a donde vamos. Serían 400 pesos, por ambos, pero es la única opción para llegar antes del anochecer. Estamos en Aquismón, al sur de ciudad Valles. El hombre nos sonríe, tiene un diente de oro, el ojo derecho tocado por una gota de glaucoma. Aceptamos.
Arrancamos en una 4X4 que se desliza tranquila por las curvas. El atardecer en la Sierra Madre es azulado, clarea poco a poco. Se va agrisando, al igual que el polvo que se levanta con el paso de la camioneta. La selva está fría esta tarde y mantenemos las ventanas arriba. Se ven platanales, árboles de copiosas y jugosas naranjas que se pudren en montículos sobre el suelo; innumerables especies de lianas trepadoras con hojas colgantes. El camino de tierra es incómodo, un poco agresivo, pero he visto peores. De todas formas, qué bueno que estamos en época de secas; con lluvias esto debe ser la muerte.
Tras cuarenta minutos de camino llegamos cerca de la cima. El chofer no nos exageró: las sombras de los picos se acaban a unas pedradas de donde estamos. Nos presenta con un hombre, un tal Carlitos. Sergei le entrega un par de billetes al chofer, y él se despide con un: ándele.
El azul del cielo se diluyó. Es la hora más gris de la tarde, y la neblina flota, espesa. Hay niños que juegan. Niños como sombras, niños de viento. Se escuchan voces, y se oyen pisadas que provienen de los escalones que se cuelan entre las piedras y que separan la comunidad de la carretera.
-Sssshhhh, perro, -grita Carlitos, abriéndose paso entre ladridos.
Figuras de piedra, figuras espectrales, esculturas de neblina. Todos tiritamos, el frío es en verdad húmedo. Hace mucho frío para ser el trópico bajo. Tal vez por la noche hiele, nos advierte Carlitos. Nos conduce a casa de su madre, una casa de bloques grises con una explanada de cemento al frente donde nos explica que podemos poner nuestra carpa. La armamos. Nos acompaña el olor de la cosecha: una pila de vallas de café rojizas que despiden un aroma dulce y a la vez fermentado. Al poco tiempo, el gris se diluye y el cielo se colma de estrellas. No sé por qué, pienso en el ojo glauco, en la imagen de la sierra verde y tupida vista de lejos, en los niños que escuché sin ver.
Unos minutos despúes, tocamos la puerta de la casa. Queremos calentar un poco de agua. La familia entera está agrupada alrededor del calor de la estufa. Nos ofrecen unas sillas, y esperamos a que hierva el agua. Hablan en huasteco, nos dirigen pocas y parcas palabras. Salvo la nieta, una niña de nueve años, quien hasta nos acompaña afuera y nos enseña sus libros de la escuela y nos cuenta de su familia. Se me ocurre preguntarle quién de los que está adentro es su papá, y quién es un mamá. Resulta que ninguno. Ella nos explica que su papá está en el otro lado (al principio pensé que estaba muerto; luego entendí que trabajaba en Estados Unidos), y que su mamá vive con la suegra. Que ella vive con su abuela materna porque le queda más cerca la escuela.
-Todo es culpa de mi papá, -dice-. Porque mi papá, antes de que yo estuviera aquí, cuando yo todavía era viento, era bien loco. Tenía dos mujeres, y ahora mi mamá vive allá abajo con mi abuelita para que la otra señora no regrese.
Luego me pregunta si mis papás están vivos. Le respondo que sí. A ella le sorprende. Dice que estoy muy grande para que sigan vivos.
Le pido que me enseñe unas palabras en huasteco, pero no se sabe ninguna. Sólo los adultos saben, y a ella ya no le hablaron en ese idioma.
Después de un rato aparece la tía. Viene a decirle que ya es hora de dormir. La niña regresa a casa.
Sigo el camino de piedra hacia el sótano de las golondrinas. El camino en la oscuridad es difícil, cada paso que doy lo calculo de antemano. No hay otra luz que la de las estrellas. De pronto, detrás de unas piedras aparece: se trata de un hoyo en la montaña.
Una negrura demencial, el mismísimo ojo del vacío.

-


La noche fue menos fría de lo esperado. A la mañana siguente, volvemos temprano al sótano de las golondrinas a esperar la salida de las aves. Sergei y yo somos los primeros en arribar. 500 metros de caída libre, es lo opuesto al rascacielos. El sótano no es sólo de las golondrinas, desde aquí asemeja el sótano del mundo. Salen los primeros loros de sus nidos, muy abajo. El chirrido interior de la tierra. Ligero, constante. Las notas musicales de un violín enterrado, la caja de resonancia del infierno. Efervescente: Algo se gesta. Poco a poco, los vemos volar. Aleteos veloces, navajazos en el cielo.


loros contra un fondo de piedra

Desde el fondo, van subiendo como el humo de un incendio. Espiral, la hélice de una cadena de ADN.
Hierve la mañana, ebullen las aves. En el fondo, no se distinguen de una drosófila fosforecente. Pero cuando llegan hasta arriba, veo sus ojos y un semblante tierno.
Un carrusel que escupe sus piezas; una mecánica giratoria, robótica. Un tornado verde, los loros. Un tornado de fragmentos blancos y negros, los vencejos.
La mañana no es tan fría, pero es demasiado fría para los vencejos. Regresan a la cueva: la entrada, contrario a la salida, es veloz. Como bajo el influjo de un imán, balas con plumas de colores.



Escribo estas líneas de cara al abismo: este es el movimiento de las células de un animal abstracto.
El negro espejo de la muerte. El negro espejo del viento.

martes 3 de febrero de 2009

Autostop en época de zafra (dos cuentos inconclusos)


Se detiene una camioneta en la carretera. Es nueva, grande, los asientos recubiertos con unas camisetas de las Chivas de Guadalajara. Él tiene ojos verdes, lentes. Piel morena, rugosa como tierra y piedras.
Vamos hacia Ciudad Valles, hay humo, caña quemada. A la mitad del camino, se detiene a recoger a otro hombre. Es moreno y robusto. Se sube en el asiento trasero, donde yo también viajo. El conductor pregunta:


-¿Ya pasó el Villano?
-Sí.
-¿Iba solo?
-No, traía a la esposa y a los hijos.
-Inche Villano. Quedó de hablar.
-Lo raro es que nunca trae a nadie acá, los deja en el rancho. Pero ya veo. Ahora con el muerto.
- Viene con su gente. Ahí están todos.
- Que ya va a salir el carro.
- A mi me avisaron desde anoche.
- ¿Y ya saben cuál fue el difunto?
- Todavía no.
- Ya nos enteraremos.
- Sí.


---------

Una pickup, un camino de tierra. Me subo adelante. El sol pega de frente. Las flores de la caña se estiran hacia el cielo, una especie de plumaje árido. Quien maneja, Ramiro, me dice algo. Bien podría ser el comienzo de un cuento.
Lo reproduzco aquí.



-Yo me acuerdo que desde chico, los años que llueve mucho, la tierra tiembla, -dijo Ramiro, cubriendo su refresco de guayaba con un sombrero.


Eternidad (huasteca potosina)

1. Ciudad Valles

El graznido mañanero de un nido de zanates delata que la ciudad quedó lejos. Pavimento encharcado, lodoso. Una ciudad a media selva, la huasteca y un aire frío en una mañana desolada. El eco del vendedor de periódicos, es domingo. Las luces de la terminal, luces sosegadas. Alumbran una madrugada húmeda.
El cielo es un nubarrón grisáceo en el que las puntas de las hojas de las palmeras apuntan su delgadez.

2. Cascada de micos


La brisa, renovada. Agua que cae, poema y rugido interminable. Pasa un águila, una elegante garza, cuello blanco y fino. Una bandada de loros volando al unísono, cincuenta vientres verdes. Dorsos, pincelazos de fulgores.
La renovación es esta agua. La renovación es esta brisa. Me sumerjo: es una caricia tibia, inesperada. Una cosquilla líquida en una gravedad alterna.

3. Organismos


El águila chasca. Los pececillos pellizcan. La mariposa, atisba. Las hojas caen. Las pesadas raíces de un árbol se sumen, sedientas. El sol: sólo ilumina a ratos.


4. Encontrar

la ecuación que me explique la cadencia. La fórmula que determine las secuencias de los ripios. La luz, viajó millones de kilómetros más que yo para llegar aquí. Es ahora el recubrimiento de mercurio de una ola que se repite, en el mismo sitio, una música que no se agota.
(La eternidad se insinúa en el desequilibrio de las sombras).


sábado 10 de enero de 2009

Paris efímero

El escándalo de idiomas entremezclados es algo que sólo en Paris se encuentra. Paredes roidas, decoloradas, muros grises, historia, pasión. Paris no es una exageración, es la mejor ciudad de Europa. La más viva de todas. Como en un restaurante afuera de la Gare de l'est con Natalia, no sé por qué escribo que "los sabores me acercan a la indigencia". Tal vez sea por los 7 euros que gasté, pero 7 euros en Paris no está mal. Quién sabe cuándo vuelva a tener la oportunidad de probar un arroz Basmati acompañado de tanto chutney...quién sabe si vuelva a probar gyosas así, con curry tan sabroso. Café Madras, por sí se preguntan.
¿Qué me gusta de Paris? Su despotismo, su velocidad, su belleza. Que pase por segunda vez en menos de un mes por aquí y piense: qué hermoso sol, qué hermoso río.

--


Mala suerte de nuevo en el tren. Me han mandado hacia otro sitio, hacia aquél al que no quería ir. Es que ya no había lugar en el que va a Lisboa. Pido un boleto a Salamanca. De lo que se trata es de no pagar una noche de hotel, de acercarse lo más posible a la frontera Portuguesa. Me dan uno a un sitio llamado Hendaya, no sé dónde queda. Dicen que es la frontera con España, pero no sé ni a qué altura. Le pido un mapa al hombre del mostrador, pero no tiene nada que ofrecerme.
Karma: ¿Existe o es un simple paralelismo?
Veo al chico caminar con su boleto. Veo cómo se le cae al piso. Pienso rápido y lo tomo, le grito, Garson! y él voltea. Se lo devuelvo y me responde con un merci. Se queda parado a unos pasos. Luego veo que se le cae nuevamente, y él cruza el torniquete y desaparece. Pasan unos segundos, le pregunto a Natalia si no sería que lo tiró a propósito. Pero no. Tomo el boleto. Se trata de uno para suburbano. RER, 10 Euros. Qué mala suerte. Entro al metro y lo busco, pero él ya no está. Desapareció. Ni modo. Creo que hice lo que pude. Pero me sigo sintiendo raro.


Menos de una hora después estoy en la plataforma del tren que va rumbo a Hendaya. Amenaza con arrancar y me subo apresuradamente al primer vagón. Reviso el número del camerino y descubro que estoy al principio del tren, y mi cama está al final. Esto es un inconveniente. Camino entre los pasillos: familias de hindúes que comen chafati envuelta en periódico; surfers que toman cervezas; una manada de quince chinos que no hablan ni francés, ni inglés, ni español, y que hacen lo posible por entenderse con el recogeboletos. Tren europeo en verano.
Mi único propósito es el de sostener mi boleto en la mano. El único. Pienso en el hombre de hace rato, y me da miedo pagar mi karma ahora. Así que lo apriento con muchísima fuerza, hasta que me duele la mano. Así voy cruzando los estrechísimos pasillos atiborrados de gente y maletas y puertas de metal abiertas. Mi único propósito es no perder el boleto.
Pero quién sabe cómo, cuando llego al final del pasillo, el boleto ya no está en mi mano. Está el papel que lo arropaba, y en mi bolsillo encuentro toda clase de basuritas coleccionadas a lo largo del día. Pero el boleto no lo tengo. Justo en ese momento aparece el recogedor de boletos, y yo no tengo una puta excusa en el mundo. Intento convencerle de lo que me ha ocurrido, le muestro mi pase marcado con la fecha de hoy y que comprueba que mostré mi boleto antes de subir al tren, y el hombre me cree, sólo que el boleto no está. Y para colmo tampoco recuerdo el número de mi camarote. De pronto pienso que el boleto lo perdí por el simple hecho de que hice un esfuerzo tan grande por no perderlo. Me convenzo de que el boleto no se me cayó, sino que deslizó a una dimensión aparte, todo porque no le devolví el boleto de RER al chico del metro hace una hora. El recogeboletos comienza a impacientarse. Estoy a punto de contarle mi historia, pero me dice que mejor espere un momento. Un par de minutos después llega acompañado de otro inspector, tiene mi boleto. Alguno de los chinos lo entregó hace un rato, lo encontró tirado. Magia pura. Parecía físicamente imposible, pero ahí está. Me enseñan la cama donde he de dormir (son 6 camas en un cuartito miniatura...casi como dormir en una repisa en la pared) y me acuesto. Duermo y, durante la noche, atravieso Francia entera sin siquiera darme cuenta.