Lisboa y Fernando Pessoa en fragmentos
Carretera
El sol, liso y rojo, flota entre la bruma de esta sierra de pastos secos y quebradizos. El parabrisas: un cementerio de insectos congelados. Emulaciones de cometas. Cruzamos a Portugal desde España (¿desde dónde más?) a la altura de Guarda. Nos detenemos a comprar suministros en la última tienda española antes de la frontera, en Fuentes de Oñoro. Después de recorrer los estantes metálicos y casi vacíos en busca de algo de comer, un hombre de cejas encrespadas y canosas me cobra una bolsa de papas fritas y una botella de agua, atrás de él unos rifles de caza montados en la pared.
Arrancamos. Un letrero azul con la palabra PORTUGAL y estrellas doradas anuncia que hemos cambiado de país. La carretera, recta y continua. La carretera, completamente insubjetiva, blanca, blanca, sin pensamiento alguno. Sólo la certeza de la dirección, el movimiento parabólico del sol: llegaremos a Lisboa y será la oscuridad de las colinas quien nos reciba.
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Centro de la ciudad, parte I
Domingo, primero de noviembre de 1755, día de todos los santos, 09:30 a.m. La tierra ruge, un eructo profundo, trémulo, con epicentro en el Cabo Sao Vicente. Algo así como 9 grados en la escala de Richter, en tres sesiones. Todo se sacude.
Con este gesto brusco comienza el grandioso espectáculo del derrumbe. El circo del Caos. Lisboa empieza a caerse en pedazos. Caen los teatros, caen las casas, caen los comercios, caen los conventos, caen las iglesias (encima de los feligreses, incluso). Todo cae. La gente baja en pánico de las colinas hacia la parte llana de la ciudad escapando de la desgracia. Hay dolor, hay gritos, hay desconcierto. Todo fue: increíblemente abrumador. Todo fue: increíblemente rápido. La gente a la orilla del Tejo apenas empieza a implorar por los muertos, a lamentarse por lo que ya es el día más trágico de la historia de la ciudad.
Y de pronto, una ola.
El momento debió confundirse fácilmente con el de una revelación. El juicio final, la venida de los santos. No lo sé. Lo que sí sé es que el Tejo se retrajo, desnudando su estuario. Como una mujer que alza coquetamente su falda para mostrar las piernas, reveló su fango. Quienes estaban a la vera del río atestiguaron algo inaudito: los secretos sumergidos. Vieron las piedras, los caracoles y los esqueletos de los barcos antiguos que en la oscuridad submarina dormían. La colección de fósiles a la que no tardarían en pertenecer. Alguno habrá pensado que Dios abría el mar para que los lisboetas escaparan de la catástrofe. Pero no. La naturaleza apenas se preparaba. Entonces llegó el tsunami: el agua, la inundación, el castigo colectivo más viejo del libro. Un diluvio en día soleado, la convulsión de un río manso que a pocos kilómetros de Lisboa ya es mar. Un muro líquido de seis metros, que hizo explotar las panzas de madera de las naves, que pateó sus anclas hacia el aire. Al arremeter contra Lisboa, lo primero que rompió fue el malecón de mármol recién inaugurado. Luego, sumergió a los lisboetas y sus corazones en un remolino, en una vorágine, en un nudo de agua.
De la Lisboa trazada en época romana y levantada a lo largo de los siguientes siglos quedaron la tierra y algunos de los callejones del barrio de Alfama. El ochenta y cinco por ciento de los edificios de la época fueron destruidos. Los grandiosos templos y palacios manuelinos (esa escuela de arquitectura derivada del gótico que aspira a la simbiosis, a un retrato de las obsesiones portuguesas por medio de la inclusión y mezcla de representaciones de elementos de la naturaleza con otros propios de navegantes, y en cuyos ejemplos aparecen labradas hojas, vides, sogas, flores), cayeron ya fuera durante la sacudida, la ola, o el consecuente fuego que duró varios días y remató a la ciudad. Agua, fuego, tierra: los tres elementos conspiraron para someter a Lisboa. Para ahogar al imperio.
Y ahí creen algunos que se acabó cualquier atisbo de gloria, cuando el sueño portugués de ultramar fue sepultado por un río. Al final de ese primero de noviembre, que empezó como un día de todos los santos cualquiera, el alma portuguesa se desangraba, las aguas del Tejo estaban tocadas por la sangre. Vendrían más golpes: Napoleón, la independencia de las colonias, el reordenamiento geopolítico. Pero Portugal ya estaba herida de muerte, ya no podría recogerse de entre sus propios escombros.
Han pasado dos siglos y medio de agonía.
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Centro de la ciudad, parte II
Una paloma se acicala, tumba las plumas viejas de su pecho con el pico magullado. El viento las arrastra entre los brazos inmóviles de una estatua. En las paredes de las casas medievales, resabio morisco, azulejos sucios, el polvo húmedo y pegajoso se adhiere. Un barniz de mugre, un barniz de tiempo. Las flores rojas absorben el sol de esta mañana. Se lo comen a mordidas, voraces, hambrientas. Camino por Alfama, el barrio medieval y el único sobreviviente de la ira de 1755. Las ventanas crecen en los muros como hongos, erráticas (respiraderos de los hogares), rompiendo la lógica de los azulejos. Asoman rostros de personas, perros jadeantes, tendederos con ropa que se seca con dificultad pues el aire del puerto es húmedo. Todo azaroso, estimulante.
Encuentro una pequeña plazoleta con una banca. Aparece como un oasis entre las escalinatas. Me siento. Por encima de mí pasan las vigas de una estructura de madera donde se enreda una planta de la que brotan uvas verdes y amargas. A la orilla, una fuente de bronce de la que brota agua fresca, constante. Lisboa serpenteante, me deslizo entre sus tentáculos de asfalto. Escapo por un callejón que me lleva hacia una avenida. Ahí, la arquitectura es más nueva. Casas del estilo pombalino, que fue el que se impuso en la ciudad tras la ola.
Sigo en la colina, y el único sentido de dirección que tengo es: arriba castillo, abajo río Tejo. Camino hacia lo alto, obedeciendo las indicaciones que me llevarán al Castillo de San Jorge. Se trata de una muralla y un castillo que construyeron los romanos para evitar la invasiones bárbaras, una fortificación que se ha deteriorado, que ha caído y que ha sido reconstruida en infinidad de ocasiones, justo en el sitio donde se presume que se colocaron las piedras de los primeros asentamientos humanos de la ciudad, la colina más alta de la ciudad.
El castillo se lo rotaron los romanos, los visigodos, los moros. Estos últimos lo ocuparon hasta 1147, cuando, tras cuatro meses en los que la ciudad entera vivió en cerco, se rindieron ante quien sería el primer rey de Portugal, Dom Afonso Henriques, reconquistador. La muralla vivió el abandono a partir del siglo XVII, pero a mediados del siglo XX se decidió restaurarla. Ahora sirve como punto de interés turístico. El sitio más alto de la ciudad de las colinas. Vista desde abajo, rompe con la arquitectura de todo lo demás. Desde arriba, desde ella, Lisboa aparece: una cuadrícula como ninguna otra capital de Europa, una cuadrícula que nació de una tragedia. Pocas ciudades en el mundo más panorámicas que Lisboa....pocas ciudades con tantos miradores. No sólo éste y el elevador de Santa Justa, sino todos esos rincones donde de pronto: los árboles y las casas ceden a la altura, al cielo.
Mirar Lisboa. Pocas ciudades tan generosas en sus ángulos, de una perspectiva tan deliciosa. La recomposición constante de sus fragmentos, un verdadero privilegio.
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Ola
III. A las afueras de Lisboa, pasando el Monasterio de los Jerónimos color arena donde yacen los huesos de Pessoa, del lado de la Torre de Belem, junto al Río Tejo, una banca, un poema, del poeta, recargo mi cabeza, lo recito, lo formulo.
Onda que, enrolada, tornas, Ola que, enrolada, retornas,
Pequena, ao mar que te trouxe pequeña, al mar que te trajo
E ao recuar te transtornas y al retraer te transformas
Como se o mar nada fosse, como si el mar nada fuese.
Porque é que levas contigo ¿Por qué llevas contigo
Só a tua cessação, sólo tu cesación,
E, ao voltar ao mar antigo, y al volver al mar antiguo
Não levas meu coração? no llevas mi corazón?
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ii. Vamos hacia Cabo da Roca. Hay que tomar la carretera marginal hacia el oeste, hacia afuera de Lisboa, de Europa. De lejos veo los puentes que se estiran hacia el otro lado de Portugal. Más adelante, el Tejo se vierte en el mar, y de pronto estamos de frente al océano. Pasamos las playas de Cascais (más azules que en otros días, las olas avanzando como pequeñas líneas de luz sobre metal, el embate permanente de un océano contra un continente), y luego viramos hacia la Sierra de Sintra. Habla Pessoa:
Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
a la luz de la luna y del sueño en la carretera desierta,
manejo solitario, manejo casi despacio y un poco,
me parece, o me esfuerzo un poco para que me lo parezca ,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro
[mundo,
que sigo sin haber dejado Lisboa o sin tener que llegar a
[Sintra,
que sigo ¿y qué más haría sino seguir y no parar y seguir?
Ya en la montaña, serpenteamos por unas callecillas. Rua da Bela Vista, Rua do Eucaliptal, Estrada Nova, Estrada do Cabo da Roca. Los rasguños finales de esta tierra. Los últimos vestigios de Europa antes de que el continente se despeñe hacia el mar son estas casitas, estas tejas rojas, estos adoquines donde la R. 247 hizo una curva.
Y luego, nada. Estacionarse, recorrer el pasto hasta llegar al fin de la tierra. Y, 200 metros abajo, mirar el mar: una espuma de incertidumbres antañas y presentes. Mirar el mar: un miedo que la humanidad ya venció pero que en este momento, en lo particular, me paraliza. El mar portugués, cementerio de navegantes y soñadores. Musa de poetas, madre de la saudade.
La ola que azotó, que azota, que azotará: es mi única certeza.
Al final de Europa, una inscripción de Camões, a manera de recordatorio, bajo una cruz:
Aquí/ donde la tierra se acaba/y el Mar comienza
Abajo: miro el despeñadero. Si cayese, podría reformularlo: Aquí/ donde la tierra comienza/ y el mar acaba. Pero en mi corazón: ni el mar empieza, ni la tierra termina. Ni la tierra empieza, ni el mar termina. Todo es, simplemente, parte de la condición anfibia, portuguesa.
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II. Lisboa de noche. El estío, y el Tejo: también certeza bajo el cielo nocturno. La humedad parece aferrarse conmigo, con mi piel que transpira, que suda como lo hace incluso el concreto en esta noche de canícula, esta noche lisboeta, antiquísima. Me sorprende la tristeza de una reflexión... La ciudad que veo: no volverá a ser la misma ciudad mañana. La ciudad que veo: es otra ciudad que nunca conocí. La ciudad que veo: fue de los muertos que nos cedieron la calle. La ciudad que veo: no sé mañana. La ciudad que veo: no sé cuándo volveré.
Nadie tiene la existencia asegurada, ni Lisboa. Hay que mirarla con ojos de Pessoa, que escribió: Amo todas las cosas, unas más que otras, pero más que cualquier otra, la que ahora miro, más que las que miré o las que habré de mirar.
Desciendo por la plaza de Restauradores hacia la Baixa, pasando por el corazón turístico, que de noche es otra cosa. Como ninguna ciudad capital de Europa Occidental, Lisboa tiene fracturas. Fracturas en las fachadas de tantas casas a punto de romperse en pedazos, fracturas tectónicas, fracturas sociales. Por la noche, la Plaza de Rossio, un leprosario europeo en pleno siglo XXI. Aparecen figuras de hombres y mujeres convalecientes, embriagados de alcohol barato. El deshilachamiento de la red de contención social ha institucionalizado la indiferencia hacia los desfavorecidos: a nadie le importan los charcos de vómito sanguinolentos en la banqueta, los bultos humanos recostados entre cartones pútridos, botados bajo las marquesinas de los edificios. Deformaciones extremas maltratan sus rostros,
Se agradece la autenticidad, claro. Que uno por fin se pueda encontrar con un centro de ciudad europea en el que no se repitan con tanta violencia los esquemas de consumo y simulacro (turismo de boutique, edificios renovados para el deleite de las cámaras digitales). El que sea a costa de la puesta en evidencia de la desgracia ajena es lo que convierte un paseo nocturno por aquí en una sensación agridulce.
Portugal, de noche entre semana: Lisboa desierta. Como el mundo ya fue conquistado, los portugueses se quedaron sin vocación. Ahora se dedican a dormir, a soñar acongojados con el tiempo que ya pasó, con las olas que mueven el mar y sus aguas hacia las rocas. Con el tiempo en el que la capital del imperio portugués no era aún rescoldo. Medito: Portugal como un animal en peligro de extinción, una formulación nocturna de luces y puentes que aspiran a unir las fisuras del río, de la Historia. Lisboa. Camino hacia la ladera de una colina por una escalinata, hacia Chiado. El único susurro viene del viento, y de los vendedores de droga que en las esquinas cercanas a la Rua de Roça me susurran las tres sílabas tersas, persas: hashish. Aparece nuevamente la Plaza de Rossio, la miro desde lo alto. En la colina del otro lado, el Castillo, muros firmes que sostienen la noche. De este lado: las viejas casas que el gobierno no ha hecho nada por recuperar, esperando un terremoto, esperando sus minutos finales. Hay también: oscuridad, olor a bacalao proveniente de alguna cocina, sombras de color sepia. Callejones oscuros y las siluetas de los gatos negros: pasan sigilosos esos felinos, tan lisboetas.
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