Un homenaje a la naturaleza. Un homenaje a lo humano. La estética de la vorágine, de un derrumbe anunciado de antemano. Como todo, pero sólo que a una velocidad vertiginosa.
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Estas pozas de Edward James, sus esculturas: las piedras pasajeras de la intención artística.
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Una escalera a ninguna parte. ¿Quién dijo tamaña falacia? A mi juicio es evidente que no es el caso, pues esta escalera lleva a un sitio muy tangible. Hace falta caerse de su punto más alto para descubrir cuál es.
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El esqueleto de un dinosaurio, contorsionado.
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Tiene todos los elementos de lo genial. Hay belleza, hay minucia, hay sublimación con el entorno, hay una ambición monstruosa. La arquitectura por la arquitectura misma. La simbiosis de la naturaleza con el arte.
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Y se caen en pedazos. Se caen en pedazos las malditas esculturas. Da tanto gusto ver que son el viento, el agua, y el moho quienes siempre terminan ganando esta batalla.
Por la mañana pensé: tal vez nada de esto esté ocurriendo en realidad. Acababa de salir de nadar de la cascada de Micos, al norte de ciudad Valles, y mi cuerpo temblaba por la brisa, pero no había signos de un pulso por ningún lado. La noche anterior acampamos junto al mismo río. Sergei y yo éramos las únicas personas ahí, y tendimos la tienda de campaña junto a una cruz que recordaba a un chico de 21 años se había ahogado en el 2001. Antes de dormir, tuve la idea de meterme a nadar. Me despojé de mi ropa, y me lancé a la corriente. El agua estaba a una temperatura tolerable y la luna flotaba en la noche renegrida como una brasa redonda. El agua me acariciaba, pero también me arrastraba. El fondo lodoso representaba lo desconocido, pisarlo era una cosquilla intolerable. Soy una persona de ciudad, y después de unos minutos tuve un poco de miedo. Ya había muerto una persona aquí, ¿por qué no habrían de morir dos? La corriente avanzaba con más fuerza. Yo me había acercado a la mitad del caudal, y de pronto sentí que el agua me daba un empujón hacia una de las cascadas que quedaban unos metros más adelante. Nadé con fuerzas hasta regresar a la orilla. Coloqué mis brazos contra la tierra, luego mi rodilla sobre el suelo, y salí. Dejé que me secara la brisa fría. Pero a la mañana siguiente, después de un chapuzón mañanero, sentado a la orilla del río azul, intenté sentir mi pulso. Busqué mi corazón, algún ritmo que indicara los galopes de la sangre. Y no los pude encontrar.
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El conductor nos señala: unos picos de la sierra que se alzan tras un telón azul, melodramático. Ahí, hasta arriba, es a donde vamos. Serían 400 pesos, por ambos, pero es la única opción para llegar antes del anochecer. Estamos en Aquismón, al sur de ciudad Valles. El hombre nos sonríe, tiene un diente de oro, el ojo derecho tocado por una gota de glaucoma. Aceptamos. Arrancamos en una 4X4 que se desliza tranquila por las curvas. El atardecer en la Sierra Madre es azulado, clarea poco a poco. Se va agrisando, al igual que el polvo que se levanta con el paso de la camioneta. La selva está fría esta tarde y mantenemos las ventanas arriba. Se ven platanales, árboles de copiosas y jugosas naranjas que se pudren en montículos sobre el suelo; innumerables especies de lianas trepadoras con hojas colgantes. El camino de tierra es incómodo, un poco agresivo, pero he visto peores. De todas formas, qué bueno que estamos en época de secas; con lluvias esto debe ser la muerte. Tras cuarenta minutos de camino llegamos cerca de la cima. El chofer no nos exageró: las sombras de los picos se acaban a unas pedradas de donde estamos. Nos presenta con un hombre, un tal Carlitos. Sergei le entrega un par de billetes al chofer, y él se despide con un: ándele. El azul del cielo se diluyó. Es la hora más gris de la tarde, y la neblina flota, espesa. Hay niños que juegan. Niños como sombras, niños de viento. Se escuchan voces, y se oyen pisadas que provienen de los escalones que se cuelan entre las piedras y que separan la comunidad de la carretera. -Sssshhhh, perro, -grita Carlitos, abriéndose paso entre ladridos. Figuras de piedra, figuras espectrales, esculturas de neblina. Todos tiritamos, el frío es en verdad húmedo. Hace mucho frío para ser el trópico bajo. Tal vez por la noche hiele, nos advierte Carlitos. Nos conduce a casa de su madre, una casa de bloques grises con una explanada de cemento al frente donde nos explica que podemos poner nuestra carpa. La armamos. Nos acompaña el olor de la cosecha: una pila de vallas de café rojizas que despiden un aroma dulce y a la vez fermentado. Al poco tiempo, el gris se diluye y el cielo se colma de estrellas. No sé por qué, pienso en el ojo glauco, en la imagen de la sierra verde y tupida vista de lejos, en los niños que escuché sin ver. Unos minutos despúes, tocamos la puerta de la casa. Queremos calentar un poco de agua. La familia entera está agrupada alrededor del calor de la estufa. Nos ofrecen unas sillas, y esperamos a que hierva el agua. Hablan en huasteco, nos dirigen pocas y parcas palabras. Salvo la nieta, una niña de nueve años, quien hasta nos acompaña afuera y nos enseña sus libros de la escuela y nos cuenta de su familia. Se me ocurre preguntarle quién de los que está adentro es su papá, y quién es un mamá. Resulta que ninguno. Ella nos explica que su papá está en el otro lado (al principio pensé que estaba muerto; luego entendí que trabajaba en Estados Unidos), y que su mamá vive con la suegra. Que ella vive con su abuela materna porque le queda más cerca la escuela. -Todo es culpa de mi papá, -dice-. Porque mi papá, antes de que yo estuviera aquí, cuando yo todavía era viento, era bien loco. Tenía dos mujeres, y ahora mi mamá vive allá abajo con mi abuelita para que la otra señora no regrese. Luego me pregunta si mis papás están vivos. Le respondo que sí. A ella le sorprende. Dice que estoy muy grande para que sigan vivos. Le pido que me enseñe unas palabras en huasteco, pero no se sabe ninguna. Sólo los adultos saben, y a ella ya no le hablaron en ese idioma. Después de un rato aparece la tía. Viene a decirle que ya es hora de dormir. La niña regresa a casa. Sigo el camino de piedra hacia el sótano de las golondrinas. El camino en la oscuridad es difícil, cada paso que doy lo calculo de antemano. No hay otra luz que la de las estrellas. De pronto, detrás de unas piedras aparece: se trata de un hoyo en la montaña. Una negrura demencial, el mismísimo ojo del vacío.
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La noche fue menos fría de lo esperado. A la mañana siguente, volvemos temprano al sótano de las golondrinas a esperar la salida de las aves. Sergei y yo somos los primeros en arribar. 500 metros de caída libre, es lo opuesto al rascacielos. El sótano no es sólo de las golondrinas, desde aquí asemeja el sótano del mundo. Salen los primeros loros de sus nidos, muy abajo. El chirrido interior de la tierra. Ligero, constante. Las notas musicales de un violín enterrado, la caja de resonancia del infierno. Efervescente: Algo se gesta. Poco a poco, los vemos volar. Aleteos veloces, navajazos en el cielo.
loros contra un fondo de piedra
Desde el fondo, van subiendo como el humo de un incendio. Espiral, la hélice de una cadena de ADN. Hierve la mañana, ebullen las aves. En el fondo, no se distinguen de una drosófila fosforecente. Pero cuando llegan hasta arriba, veo sus ojos y un semblante tierno. Un carrusel que escupe sus piezas; una mecánica giratoria, robótica. Un tornado verde, los loros. Un tornado de fragmentos blancos y negros, los vencejos. La mañana no es tan fría, pero es demasiado fría para los vencejos. Regresan a la cueva: la entrada, contrario a la salida, es veloz. Como bajo el influjo de un imán, balas con plumas de colores.
Escribo estas líneas de cara al abismo: este es el movimiento de las células de un animal abstracto. El negro espejo de la muerte. El negro espejo del viento.
Se detiene una camioneta en la carretera. Es nueva, grande, los asientos recubiertos con unas camisetas de las Chivas de Guadalajara. Él tiene ojos verdes, lentes. Piel morena, rugosa como tierra y piedras. Vamos hacia Ciudad Valles, hay humo, caña quemada. A la mitad del camino, se detiene a recoger a otro hombre. Es moreno y robusto. Se sube en el asiento trasero, donde yo también viajo. El conductor pregunta:
-¿Ya pasó el Villano? -Sí. -¿Iba solo? -No, traía a la esposa y a los hijos. -Inche Villano. Quedó de hablar. -Lo raro es que nunca trae a nadie acá, los deja en el rancho. Pero ya veo. Ahora con el muerto. - Viene con su gente. Ahí están todos. - Que ya va a salir el carro. - A mi me avisaron desde anoche. - ¿Y ya saben cuál fue el difunto? - Todavía no. - Ya nos enteraremos. - Sí.
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Una pickup, un camino de tierra. Me subo adelante. El sol pega de frente. Las flores de la caña se estiran hacia el cielo, una especie de plumaje árido. Quien maneja, Ramiro, me dice algo. Bien podría ser el comienzo de un cuento. Lo reproduzco aquí.
-Yo me acuerdo que desde chico, los años que llueve mucho, la tierra tiembla, -dijo Ramiro, cubriendo su refresco de guayaba con un sombrero.
El graznido mañanero de un nido de zanates delata que la ciudad quedó lejos. Pavimento encharcado, lodoso. Una ciudad a media selva, la huasteca y un aire frío en una mañana desolada. El eco del vendedor de periódicos, es domingo. Las luces de la terminal, luces sosegadas. Alumbran una madrugada húmeda. El cielo es un nubarrón grisáceo en el que las puntas de las hojas de las palmeras apuntan su delgadez.
2. Cascada de micos
La brisa, renovada. Agua que cae, poema y rugido interminable. Pasa un águila, una elegante garza, cuello blanco y fino. Una bandada de loros volando al unísono, cincuenta vientres verdes. Dorsos, pincelazos de fulgores. La renovación es esta agua. La renovación es esta brisa. Me sumerjo: es una caricia tibia, inesperada. Una cosquilla líquida en una gravedad alterna.
3. Organismos
El águila chasca. Los pececillos pellizcan. La mariposa, atisba. Las hojas caen. Las pesadas raíces de un árbol se sumen, sedientas. El sol: sólo ilumina a ratos.
4. Encontrar
la ecuación que me explique la cadencia. La fórmula que determine las secuencias de los ripios. La luz, viajó millones de kilómetros más que yo para llegar aquí. Es ahora el recubrimiento de mercurio de una ola que se repite, en el mismo sitio, una música que no se agota. (La eternidad se insinúa en el desequilibrio de las sombras).
El escándalo de idiomas entremezclados es algo que sólo en Paris se encuentra. Paredes roidas, decoloradas, muros grises, historia, pasión. Paris no es una exageración, es la mejor ciudad de Europa. La más viva de todas. Como en un restaurante afuera de la Gare de l'est con Natalia, no sé por qué escribo que "los sabores me acercan a la indigencia". Tal vez sea por los 7 euros que gasté, pero 7 euros en Paris no está mal. Quién sabe cuándo vuelva a tener la oportunidad de probar un arroz Basmati acompañado de tanto chutney...quién sabe si vuelva a probar gyosas así, con curry tan sabroso. Café Madras, por sí se preguntan. ¿Qué me gusta de Paris? Su despotismo, su velocidad, su belleza. Que pase por segunda vez en menos de un mes por aquí y piense: qué hermoso sol, qué hermoso río.
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Mala suerte de nuevo en el tren. Me han mandado hacia otro sitio, hacia aquél al que no quería ir. Es que ya no había lugar en el que va a Lisboa. Pido un boleto a Salamanca. De lo que se trata es de no pagar una noche de hotel, de acercarse lo más posible a la frontera Portuguesa. Me dan uno a un sitio llamado Hendaya, no sé dónde queda. Dicen que es la frontera con España, pero no sé ni a qué altura. Le pido un mapa al hombre del mostrador, pero no tiene nada que ofrecerme. Karma: ¿Existe o es un simple paralelismo? Veo al chico caminar con su boleto. Veo cómo se le cae al piso. Pienso rápido y lo tomo, le grito, Garson! y él voltea. Se lo devuelvo y me responde con un merci. Se queda parado a unos pasos. Luego veo que se le cae nuevamente, y él cruza el torniquete y desaparece. Pasan unos segundos, le pregunto a Natalia si no sería que lo tiró a propósito. Pero no. Tomo el boleto. Se trata de uno para suburbano. RER, 10 Euros. Qué mala suerte. Entro al metro y lo busco, pero él ya no está. Desapareció. Ni modo. Creo que hice lo que pude. Pero me sigo sintiendo raro.
Menos de una hora después estoy en la plataforma del tren que va rumbo a Hendaya. Amenaza con arrancar y me subo apresuradamente al primer vagón. Reviso el número del camerino y descubro que estoy al principio del tren, y mi cama está al final. Esto es un inconveniente. Camino entre los pasillos: familias de hindúes que comen chafati envuelta en periódico; surfers que toman cervezas; una manada de quince chinos que no hablan ni francés, ni inglés, ni español, y que hacen lo posible por entenderse con el recogeboletos. Tren europeo en verano. Mi único propósito es el de sostener mi boleto en la mano. El único. Pienso en el hombre de hace rato, y me da miedo pagar mi karma ahora. Así que lo apriento con muchísima fuerza, hasta que me duele la mano. Así voy cruzando los estrechísimos pasillos atiborrados de gente y maletas y puertas de metal abiertas. Mi único propósito es no perder el boleto. Pero quién sabe cómo, cuando llego al final del pasillo, el boleto ya no está en mi mano. Está el papel que lo arropaba, y en mi bolsillo encuentro toda clase de basuritas coleccionadas a lo largo del día. Pero el boleto no lo tengo. Justo en ese momento aparece el recogedor de boletos, y yo no tengo una puta excusa en el mundo. Intento convencerle de lo que me ha ocurrido, le muestro mi pase marcado con la fecha de hoy y que comprueba que mostré mi boleto antes de subir al tren, y el hombre me cree, sólo que el boleto no está. Y para colmo tampoco recuerdo el número de mi camarote. De pronto pienso que el boleto lo perdí por el simple hecho de que hice un esfuerzo tan grande por no perderlo. Me convenzo de que el boleto no se me cayó, sino que deslizó a una dimensión aparte, todo porque no le devolví el boleto de RER al chico del metro hace una hora. El recogeboletos comienza a impacientarse. Estoy a punto de contarle mi historia, pero me dice que mejor espere un momento. Un par de minutos después llega acompañado de otro inspector, tiene mi boleto. Alguno de los chinos lo entregó hace un rato, lo encontró tirado. Magia pura. Parecía físicamente imposible, pero ahí está. Me enseñan la cama donde he de dormir (son 6 camas en un cuartito miniatura...casi como dormir en una repisa en la pared) y me acuesto. Duermo y, durante la noche, atravieso Francia entera sin siquiera darme cuenta.
IF you cut my face with a sharp and rusty knife, if you dug into the wound -pressing the flesh- trying to make it stay. If you carved into my flesh every day, of every year of my entire life, I am sure I would die with a scar on my face. No matter how hard I wanted it to go away, how hard I ignored it, how hard I cried, there would be a scar on my face. Big, red, fleshy, some sort of paralyzed worm just lying there, holding on. It doesn’t move, it doesn’t budge. It only clings. Scar.
BERLIN, easy morning. Spent the last night in the city east, went to a couple of bars, the city is charming today. Marlene takes me for breakfast at the cafe Morgenrot (all you can eat, pay what you can) for lovely vegan feast. I am enjoying the meat-free feine leverwürst, the soymilk, the expresso. Then, the flea market. Lotsa colors, lotsa chilean accents, lotsa prints and used books and memorabilia. I get a shirt with a Rilke poem on it. Das ist mein fenster...This is my window. TV tower east glooms over everything, some sort of hypodermic needle with a metal clot near the end. On this side of the scar (west) it’s much flatter. The east seems to have had a tendency to reach towards the sky, to impose itself from a distance. I wonder what that’s like: to be able to see a city on the other side of a fence and not be able to touch it.
NEAR Oranienburger strasse there’s this squat. It’s supposed to be occupied by artists, or so I understand. There’s some strange trend in Europe and in Germany: everyone likes Berlin. It’s some way of establishing an identity. If you like Berlin, it means you’re hip, left, poor, starving-artist, you get my point.If you don’t, you’re probably some racist yuppie. But why Berlin? Everyone says it’s poor, dirty, fashionable. Everybody likes the grafitti, the punk rockers, the grime. A scoop of the alternative and careless lifestyle in a first-world city. The prices, of course: Berlin is cheap compared to the rest of Europe. At least when it comes to eating out, renting a flat, and buying beers in bars. Subway tickets? Don’t think so. But hey, everybody rides their bike. Whoever doesn’t, has serious issues. I can’t explain how beautiful it is. To just throw a circular lock around a tree and fasten your bike. I tied my bike to so many trees in Berlin. It’s the most politically free I’ve felt in a long time.
But then, there’s this squat. Disorder and worn out walls: and aesthetically as predictable and picturesque as any pop icon. You see, this is what we call The Irony of Success. Repetition of a tendency, ad nauseum. Put a price tag on your shit. 2 euros for a beer, cigarrette vending machine, Coca-cola umbrellas keeping customers out of the sun...the ominous and disturbing no photographs (Verboten!) allowed sign. Make some scultpures out of metal, make some shirts with the face of Emiliano Zapata. Make some postcards of your sculptures and sell them expensive, sell some shirts for 20 euros to the kids who want to believe but still have to pay to do so.
The point of traveling in Europe is not so obvious. Europe is full of buildings and strange tongues. Europe cannot be deciphered without years of study. The first impression can be kind, but the true sense of it is highly intellectual. It requires a combination of historic, linguistic, artistic and architectural knowledge. To deduce history and European identity from a single piece at an exhibition is like trying to learn a language by listening closely to a word. Traveling to Europe is a tough one: contrary to travels into natural spaces, being sensitive is not enough. Europe is, in many ways, the most human of all continents. But mostly because of its high population density, because of the way the West imposes paradigms of success that require certain destruction of nature. It is the most historical of all continents, because every space is clearly situated in a context which requires dialogue with a present era and a human context to understand, contrary to, say, an untouched forest or a jungle in which you can feel that things have remained the same for thousands of years.
Europe is full of beautiful buildings. History is a memory, fading fast, losing its grip against the blunt force of the present.
SPRENGELSTRASSE. Then Müllerstrasse. Rosa Luxemburg Strasse. Pedal fast. Unter del Linden, Branderburg, Reichstag, Tiergarden. The heart of touristic Berlin, cliché galore. I can’t help find the holocaust memorial spooky. Blocks of cement, apparently undestroyable. Time will pass, and they will not erase. Inscriptions are nonexistent. Just a lonely, gray, massive tombstone in central Berlin. Pillars of memory, with no intention but to remain. Kids are playing hide and seek, and some kids stand on them, take pictures. The cemetery as a playground, death as an act of joy. Only humanity: capable of forgetting so fast. You can run amok the scar left to honor 6 million dead people. You can take a Berlin-Warsaw train as if nothing. This is what happens when each new mind is born Blank. When forget is our defining trait. This trip: has it made sense? Not because of the buildings, so far. It’s been the people I’ve met. In Paris, in Münster, in Bremen, in Riga, in Moscow. In Petersburg, in Tallin, in Berlin. If it weren’t for them, I would have gone nuts. Now, on the contrary, this has been one of the best months ever.
Holocaust memorial
KOTTBUSSER TOR. I’m waiting for Marlene. We’re gonna get some vegan burgers at a place she knows, east side. Meanwhile, I check out some junkies hawking subway tickets. The subway here works like this: you can ride the train, in a single direction, once, per ticket. There’s no turnstile, just inspectors. So my intravenous friends get used tickets, still within the time limit, and try to sell them for less outside the station. If I didn’t have a bike, I know exactly where I’d buy mine.
DISADVANTAGE OF THINKING POLITICS ON A SUNNY DAY: blue day, open sky. The first open sky in days. Reichstag. I stood in line a couple of hours, looking at the facade. There are no more burn marks on the Riechstag. Hitler erased them faster than he made them. I can’t help but think of La Moneda in Chile, the bombs dropping, the fire, the grayness. What was to come. There is something about the act of burning the Parliament or a Palace that’s full of intention. It goes beyond what’s democratic or undemocratic. There is always an intention to corrupt, to confuse, to turn society against itself.
Dome. I’ve made it to the top, and now I can look down on the city. Forest. East, west. The scar is gone, but there’s still a little something that makes it different. I don’t like these circular mirrors, the way I can look down into the chamber. They give for an optimistic perception of democracy, a naive logic of seduction, the illusion of transparence. Kind of like the Congress Channel simultaneously turned into a panoptic and tourist attraction.
If I had to describe it in twelve words and a contraction: You can look down all you want, but it’s still out of reach.
Dome at the Reichstag, fragments
LOVE, LOVE, LOVE. Kreuzeberg: I’d have fallen in love with it five years ago. That’s if it would’ve looked like this five years ago. The grafitti: there’s so much of it, the effect is unaesthetic. Abstract baroque chaos. I think Bremen is more attractive. It’s less grafitti, but what it has is more thought out. Better quality, an overall better proposal for decoration. There’s so much of it here, it’s a bit of a joke. It’s standing on the thin line between vandalism and crap. Art? Not at all. The lack of technique is apparent in so many cases, the overall effect is no effect. An aesthetic of no-aesthetics? I don’t think these guys are avant-garde like that; I think they’re just scribbling sometimes. Pre-teen angst taken to the walls. Not all of it, o course. There are a few wonderful stencils and posters. There are a few wonderful walls with color and beauty.
The shops are superb, though. Bio shops, vegan burger joints, punk record stores. I have to say I love Germany. I am, in a way, a German. I have yet to find another country where a punk-rock record and a Thomas Pynchon book can sit side to side in the same store window. Like part of the same thing. Doubt comes to mind: is punk is an extension of literature? Or is literature an extension of punkness? They’re kind of the same thing. The DIY, the I-will-hold-on-to-my-values-no-matter-what-attitude that has characterized them both. And the fact that no great book and no great punk record have ever been done for the money. Let’s not even mention the early age at which both punk musicians and authors tend to die at, the fact that they both thrive at a small scale and have a capacity of touching that goes far beyond other forms of art or music. Nobody defends his or her identity like a punk rocker. No other genre cares about the lyrics like punk. A complete sacrifice of form so as to further content. A genre that has changed remarkably little in 30 years. What does that mean? That punk is almost not music. An emphasis on lyrics so strong sends it into the realm of written words. What is a story or a novel? An effort to say the unsayable through words. What is music? The effort to musicalyze, to say but in a different language. In a time in which music doesn’t require content, in which lyrics are gibberish, punks contribution to music is not musical, but literary.
Germany: I am in love with the sound of the chains of my bike, rattling and tattling and ringing. I am in love with the cranes that swish and swerve two meters above my head, giving me a feeling of cog and metal body. I am in love with the hot asphalt and its scent, with the brown head and the ass of the girl who pedals 6 meters away from me, with the west Bebelplatz because Hitler burned some books there, with the running, the speaking, the smoking, the pictures, the scars, and especially, with the other side of the street.
FENCES: All those bikes put together give an impression (if you pass low and fast enough) to be barb wire fences. Or that kid, his shirt says modernism. Does he read Ruben Darío? The sleeves on the shirt of the girl hide: tattoos, color. A Bouncing Souls logo.
NOTAS BILINGÜES SOBRE LA POTSDAMER PLATZ. Communism: hunger, horrible buildings, death, censorship. ¿Capitalismo? Can we really say that the good guys won this match? It’s nice to see how humanity and even human life, humans, transcend. Regimes, walls, wars, conflicts. How our eyes get to watch cities crumble. Wheel of fortune.
THURSDAY: You watch the leaves and the sun. You take a bite of a halumi sandwich, and drink an orange Bionade, you fucking hedonist. You bike next to the river, the magnificent river, and spend some time in a bookshop looking at Hokusai, Modigliani, and reading about Russian Censorship. You bike up to the East side, and discover the Checkpoint Charlie and all the tourists. You swerve a bit with your bike, because you can. East, west, east, west, east west, east west. You continue your way up to the Memorial, where you take a look at one of the last remaining stretches of it, of the wall. There is grass, and you feel the scent of something burning. You pass some abandoned playgrounds, and park at an angle. There is a bronze plaque on the ground.BERLIN MAUER 1961-1989. You rub your bike on it, just because you can. You want to touch it. Now you pretend that Berlin is also a face. Two sides of it. Left and right. A scar running through it. A scar cutting through it. Can you feel it? The answer is yes: You can feel it, but only because you try. Although you may be imagining it all, someone said the scar is nearly invisible.
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weeping statue at a city once divided, conquered, destroyed. Tears of permanence.
Breakfast at the Morgenrot, all you can eat, pay anything from 4 to 8 euros depending on the money you have.
I don't know where I’m going. I followed the arrow that read Ausgang, but it took me nowhere. Follow the arrow that says Ausgang or the M...sure bet. But no, no such thing as a subway station. I ask around: a couple of girls dressed in black tell me it isn’t far, but I don’t believe them. I’m pretty sure I looked thoroughly. See the bag on my shoulders? It’s as heavy as it looks. Carrying gets tired, that’s why I don’t want to walk with it for too long. And this isn’t the main Train Station. Of course, I don’t now where I am. I've never been here. How could I? It’s a block of cement in the middle of something I don’t know. So am I: a spec in the middle of Europe no one gives a shit about in the whole city. Except for one person. I like the German public phones: they’re cheap and don’t steal your change. I call Marlene on the phone. I’m lost in Berlin. Her advice is to ask around. I look up and see: Karl-Marx Strasse. Correction: I’m lost in East Berlin, I can figure that one out. So I follow it. The street. Karl Marx. Takes me nowhere, but I see a couple of kids and ask. They’re foreigners, but they have maps. I get a pretty clear idea of how to get to the subway. So I walk. Streets are drunk, a busted phone booth, busted glass, kids dressed in hip-hop clothes reeking of cheap beer like it’s some kind of perfume. Once I get there, I look for the fastest way to get to Amrumer Strasse. It’s far. I have to change lines a couple of times. Everyone is drunk here too, and the kids they all look alike walking together, eight or ten of them, pissing on the walls of the station....cops walk around with vicious German-shepherds wearing muzzles. It’s the subway station equivalent of the Foro Alicia in Mexico City, the place I used to go for punk gigs, right before punk sold out. Or that’s what we old posers like to say. We were always the last generation before it sold out, right? Bicycles, Beer, Tourists. Hear some Mexicans talking. They’re sitting right in front of me. Suddenly the girl next to me asks them if they’re Mexican. I move away. Not in the mood, really. Roe Welding: street art, a man with undecipherable tattoos is walking his dog. The ghosts of two cities. Everyone talks about that. East and West. Buy a piece of the scar with a postcard, only’ll set you back a couple Euros. Have no money. If I did, wouldn’t spend it on a piece of concrete. When I get to the Armrumen Strasse, I walk out. It’s Weding. Nice immigrant neighborhood. Considered poor, but I have different standards so it looks rich to me. Ok, not rich. Middle class. Walk up to Marlene’s building. Ring the doorbell. She lets me in, I walk up a flight of stairs. It’s a beautiful place. High roofs, ample rooms. Paid with money from the government she and her roommates get as scholarships. I guess I was born in the wrong place. I drop my bag and go for a piss. DANKE BITTE sticker indicates me to sit, and I obey. Hey, I’m culturally-sensitive, and it’s a good thing, too. Rinse my hands, brush my teeth: Time to leave. Marlene is taking me for a night out. Marlene and I met in Mexico around March this year. She requested a place to stay through the Hospitality Club. I complied. I told her maybe I’d see her in Berlin someday. It took me less than 4 months. What can I say? I’m a lucky guy. Sometimes. Other times, I'm not. Today: definitely yes. Marlene has a bike for me. The night is fresh, not like sticky hot Warsaw. I have my jacket on, and it's a good thing....the wind is cold and the scent is dirty and sweet: German city. We pedal away through the night, fast. We bike through the red lights, the bike lane is but red stone drawing constellations on the sidewalks of Berlin. Marlene is but a silhouette moving her legs fast, so am I, the traveler. Welcome to this new city, I think to myself. Are you happy?, I ask myself. (Dangerous question). Yes I am happy. (Dangerous answer).
De puto milagro estoy en Berlin. He dicho, de puto milagro. Estuve a 30 segundos de perder el tren. Toda una cadena de sucesos nimios que empezaron con una persona que se coló frente a mí en la fila de una miscelánea en Varsovia, media hora antes de la hora de salida. Así es. Se paró frente a mí. No le reclamé. Recuerden que no sé polaco....además, el tipo sólo llevaba un par de artículos, no me pareció tan grave. La señora se tardó un minuto en darle el cambio al señor, quien pagó con un billete. Pero fue el minuto crucial. Consecuencias: gracias a ese minuto, me salió la luz roja peatonal en la esquina cuando salí a la calle. Gracias a esa luz roja, cuando llegué al metro, éste se acababa de arrancar. Lo vi cerrar sus puertas. El siguiente llegó varios minutos después, y yo que me cagaba.
Lo bueno es que sólo faltaban dos estaciones. Lo malo fue al salir del metro. No había forma de distinguir las distintas caras del estalinista Palacio de Ciencias...eran todas idénticas. Hormigon, estacionamientos, todo igual. Consecuente desorientación. Revisé mi reloj. Faltaban siete minutos para la partida del tren a Berlin, y yo no tenía mi maleta aún. Me acerqué a un señor y pregunté un conciso y monosilábico “Train?” Se me quedó viendo sin entender nada. Iba con un niño. Respondía algo incomprensible. El niño tampoco sabía inglés. Train, train, comboio, trén, trem. Intenté de varias formas, todas inútiles. Hasta “chu chú” hice. Nada. ¿Qué resta? Correr. Es lo bueno, que antes del viaje corría ocho kilómetros tres veces por semana, a veces hasta hacía sprints. Nuevamente ubico el letrero del Hard Rock Café y así logro ubicar la estación de tren, que de lado es como un ladrillo con entradas. Corro hacia la parte subterránea. Tres minutos. Llego a los lockers. Reviso: mi llave no tiene el número. Santa mierda. De pronto, recuerdo el número. Pero ninguno de estos casilleros es. Hay más en el otro extremo. Minuto y medio. ¡Corre! ¡corro! como la mierda. Encuentro el locker, abro, saco mi mochila, extraigo el boleto, miro el número de plataforma y bajo como loco las escaleras hacia mi tren.
Lo abordo, las puertas se cierran treinta segundos más tarde. Y pues ya. ¿Apoco querían que pasara algo más?
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Ruinosos suburbios. Adolescentes que esperan junto a paredes llenas de grafitti: Lena , Karol, entrelazados por un corazón que palpita junto a lo que parece ser una hoja de marijuana. Es verano, no hay escuela. Es verano, y a la sombra de un puente se toman de los manos.
Por la ventana del tren, s e a l e j a n .
Pasan las horas y leo. Pasan los campos, los pastos reemplazados por trigales. Campos devastados. Escasos árboles adornan el paisaje. Pasan las horas y se enrojece. Es el atardecer más temprano del último mes. Paso yo también. Paso pasando.
Buenas noticias: Estoy en Polonia, en Varsovia, y es una ciudad nueva.
Malas noticias: Estoy en la estación de autobuses, no sé polaco, son las 5:40 de la mañana.
No tenía pensado venir, así que no tomé las previsiones básicas. O sea que no tengo fotocopias de una guía, ni información práctica de ningún tipo sobre la ciudad. No sé decir 'hola'. No sé decir 'adiós'. No sé decir 'sí'. No sé decir 'no'. No sé decir 'gracias'. No sé decir 'Por favor'. Sé decir "puta", por supuesto. Se dice 'curva'. Me lo enseñó un niño polaco de mi escuela, se llamaba Rafau. A su papá y a él les daba mucha risa ver los letreros carreteros en Latinoamérica que decían: "Precaución: Curva peligrosa".
Buenas noticias: En Varsovia hay metro, eso recuerdo haberlo leído alguna vez.
Malas noticias: No sé si esté cerca de aquí.
Salgo a mirar: unas calles lejanas y sucias, con aspecto de suburbio tercermundista. Un sitio de mierda. En la mochila llevo todas mis cosas. Laptop, ropa, libros. Sobre todo me preocupa la compu. Quién me manda a no terminar los trabajos finales estando en México.
Buenas noticias: Está saliendo el sol.
Malas noticias: La ciudad sigue dormida.
En la estación de bus sólo hay homeless y borrachos. No es precisamente mi ambiente predilecto. No me gustaría quedarme aquí mucho tiempo más. Tengo ganas de ir al baño pero no tengo a quién dejarle encargada la mochila.
Buenas noticias: Cambié dinero polaco (zlotys) en la frontera lituana.
Malas noticias: Sólo cambié 5 euros. No alcanza para un taxi.
Miro a mi alrededor: veo dos mochileros que caminan hacia el puesto de periódicos. No es la primera vez en el viaje que pido esta clase de ayuda. En San Petersburgo, caminé junto a un hombre por 20 minutos sin cruzar una sola palabra, cada quien con su maleta. Lo intercepté a la salida de la estación de autobuses y le pregunté "Gdié Metro?". Me indicó que lo siguiera. Cruzamos un barrio malo, había pintas nazis en las paredes, el camino no era recto. Si me hubiera aventurado a buscar el metro solo, es posible que las cosas no hubieran terminado bien. Al llegar al metro me despedí de él a lo lejos. Lo más seguro es que jamás lo vuelva a ver. El caso es que me acerco a los mochileros. Un chico y una chica, de unos 22 años. La mujer sabe inglés. Me explican que hay que comprar el boleto de transporte público con el periodiquero. Eso hago. Luego los sigo. Cruzamos unos pasillos subterráneos de la época comunista. Están llenos de suciedad y vómito, y de más miserables. Hay también algunas máquinas tragamonedas, y otras para apostar. Vaya casino de mierda. No sé a qué clase de desesperado se le ocurra que la buena suerte lo espera en un lugar así. No inspira nada de confianza. Otra obra comunista convertida en estercolero del capitalismo. 10 minutos después llegamos al tranvía. Resulta que ella se llama Natalia y él Victor. Llegaron hoy después de pasar un tiempo en los cárpatos ucranianos, donde fueron de práctica antropológica para ver a un grupo autóctono del que yo jamás había escuchado.
Buenas noticias: Después de veinte minutos y un trasbordo al metro, estoy en el centro.
Malas noticias: Son las 6:20. Nada está abierto.
Me siento en la estación de trenes. La taquilla está abierta. Prometí a Marlene que hoy por la noche estaría en Berlin, así que nada más tengo un día en Varsovia. Pregunto antes por unos lockers. Junto a las plataformas de los trenes, me indican. Bajo, coloco mis cosas en uno, entro a un local de los pasillos interiores en el que veo unas computadores con internet. Ocho horas de diferencia, mis contactos mexicanos del MSN están conectados. El teclado es un desmadre. Ą, Ę, Ś, Ź, Ż, Ń, Ł. A pesar de que hace más de un mes que no entro al messenger, sólo me habla una persona. Nadie me ha escrito un correo. A las 7 a.m. me levanto a buscar otra cosa.
Buenas noticias: En la estación de tren hay un quiosco de información turística.
Malas noticias: Abren a las 9.
Me acerco a la taquilla con mi pase. Si pago un suplemento para el tramo de Polonia es posible que el boleto a Berlin no le tenga que pagar, pues tengo un pase de tren válido en Alemania. Do you speak Enlgish?, pregunto en la taquilla. Ella asienta. Le muestro el pase. Ella revisa. Me dice que no. Le pido una razón. No me la da.
Buenas noticias: Tengo una tarjeta de débito en la que aún restan 60 euros. Es lo doble de lo que cuesta el boleto.
Malas noticias: No sirve su pinche terminal para tarjetas. Puta madre.
Avanzan los minutos sin que tenga algo resuelto. Pienso un poco en Gombrowicz. Es el único literato polaco al que he leído. Me asomo a la calle. No veo nada que tenga cara de filifor, pero sí varios cuculitos.
Buenas noticias: Hay un cajero automático
Malas noticias: No sirve.
Todo esto comienza más y más a parecer una conspiración ojete. Los mendigos empiezan a dejar la estación de trenes, y llegan viajeros. Un grupo de tipos con bicicletas, por ejemplo.
Buenas noticias: Al quinto intento, la máquina por fin me suelta el equivalente a 50 euros en moneda polaca.
Malas noticias: Me cobrarán una comisión manchada, lo sé.
Ya con el boleto de tren en la mano, todo mejora. O al menos me siento más tranquilo. Decido salir a ver el centro. Lo primero que veo es un enorme edificio de corte estalinista. Lo segundo que veo es un letrero del Hard Rock Café. Camino un poco hasta que encuentro un supermercado en el que me compro un yogurt Activia (las mismas marcas, pero de sabores que del otro lado del mundo no se encuentran; por ejemplo, sabor cassis o fresa salvaje. Ahí se acaba la originalidad del capitalismo.) y una barrita de cereal. Dos policías no dejan de seguirme de una forma muy evidente. Uno se detiene junto a mí en los refrigeradores. Escondió su gafete y finge ser un cliente. Si supiera un poco de polaco le mentaba la madre. Me siento nuevamente en un país discriminador y racista. Recordemos que Polonia tiene tropas en Irak, que el gobierno anterior trató de convertir la homosexualidad en crimen y quitar Ferdydurke de las lecturas obligatorias y suplantarla por las obras completas del Papa Karol.
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Un enorme rascacielos de vidrio compite con los fragmentos comunistas. Lucha de escuelas. Todo destruyen en Varsovia. Lo que no destruyeron las bombas, se encargarán de destruirlo los arquitectos. Las avenidas son amplias y están vacías. Es temprano y siento calor. Camino sin un mapa. Camino sin rumbo. No encuentro el casco histórico, no encuentro nada. Sólo calles con nombres nuevos (estoy seguro que ésa avenida frente a mí no lleva toda la historia llamándose "Solidaridad", ni ésta otra "Jawna Pavla II"). Varsovia, ventarrones. Varsovia: hace más calor del que he sentido en todo el viaje. Varsovia, los fragmentos...
Me quedo un rato leyendo en el jardín Saski, el jardín aristócrata más viejo de la ciudad. Las estatuas son lindas, pero no es nada del otro mundo. Pasa un tipo en una bicicleta. Cómo me gustaría tener una bicicleta. En lugar de eso, tomo el metro un par de estaciones. Desciendo y camino entre los edificios. Encuentro monumentos, placas. Varsovia está llena de recordatorios. Que si aquí cayó una bomba, que si aquí cayó otra. Que si la invasión, los mártires, la sangre, los defensores, y los muertos. Otra ciudad/herida más. En el Museo histórico de Varsovia, adyacente a la plaza principal, llego a tiempo para la presentación de una película. Es sobre la guerra. Pasan la película todos los días justo al mediodía, dura media hora. A pesar del sepia, el mensaje es claro: la destrucción durante la guerra fue total. Desde el río Vístula, las cámaras muestran una toma de una ciudad reducida a brasas. Los datos son alarmantes: casi 12% de la ciudad fue aniquilada. 600 mil personas murieron. Sobre todo en el centro, en la parte amurallada. Así que todo esto que está a mi alrededor, pienso, no es más que reconstrucciones, ruinas habitadas.
Plaza central
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En un plaza encuentro vendedores de cerveza. Compro un vaso. El sabor es extremo....dulce, fuerte, negro. Tiene 10% de alcohol. Dos vasos después, camino borrachito por la calle. Me queda un poco de cerveza en el vaso. Me recomendaron visitar la calle principal, pero cuando llego es una calle con sucursales de Zara y mierda por el estilo. Me voy por otra. De pronto, un niño se echa a correr y no se fija dónde va. Como estoy borracho no respondo a tiempo, el niño se me estrella y me tira la poca cerveza que me quedaba. Me vale madres, ya estaba caliente. Unos pasos más adelante, veo una paloma salir volando de una tienda. En el metro también había palomas: parecían estar esperando el tren. Un poco más adelante, veo un escarabajo pintado como taxi mexicano, y una palmera de plástico en el centro de una avenida, réplica de la de Río Rhín y Reforma, en el DF. Varsovia.
No tenía pensado venir a Polonia. O sea, cuando salí de México, lo que menos tenía pensado era que un mes y tres días después estaría parado en la central de autobuses de Varsovia. Mi pase de tren lo indicaba claramente: Portugal-Spain-France-Germany-Sweden. Pero ya ven: A veces las cosas no salen a lo planeado. Afortunadamente, creo. Así que son las 6 am. Llevo todo el día y toda la noche viajando. Salí de Tallin en un autobús a las once de la mañana, cruzamos la carretera que bordea el brillante y hermoso báltico, atravesando bosques de robles. Riga, tres de la tarde: En la estación de buses espero el nuevo autobús que habrá de llevarme al sur. Viene con más de una hora de retraso, ya son las seis. Un mendigo ruso me habla. Ia ni panimaiu, respondo cortante, ya un poco molesto por el retraso del bus. El autobús es de la línea Ecolines, y viajará de Riga hasta Sofia. Mi asiento es junto a una ventana del segundo piso. No tengo ganas de hablar con nadie, y me absorbo en una lectura (Life and times of Michael K., JM Coetzee) hasta que me canso. Por la ventana han ido desapareciendo los bosques. Lituania: la campiña de flores amarillas, los puntos anónimos del mapa. La verdad es que algunos tienen nombre, pero los desconozco. Ni siquiera nos detenemos en Vilnius. Pasamos los puentes y rascacielos con prisa. Da apenas tiempo de distinguir rascacielos, puentes, una torre de TV, Minstrar y Lyde por la A-4. En la terminal de autobuses, una explanada de pavimento en lo alto de una loma, el autobús se detiene un momento para que los ansiosos fumen un cigarrillo. El cielo es el cielo más negro que he visto en las últimas cuatro semanas. Es decir, cumple con los requisitos de un cielo nocturno en cualquier otra parte del mundo que no sea el norte de Rusia en verano. Regreso al autobús e intento divisar algo entre la noche: un bosque lejano, pasto amarillento. El movimiento del autobús termina por arrullarme y me quedo dormido.
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Un ligero golpe en la pierna interrumpe el sueño tan difícilmente logrado. Se trata de un policía gordo y rubio que me pide el pasaporte. Le hago entrega del documento mexicano y, como siempre, no saben exactamente qué hacer con él. Son las 2:33 a.m. Unos momentos después, me devuelven el documento. Por la ventana veo las siluetas de unos puestos fronterizos abandonados. Un par de minutos después, suben otros inspectores. Oficialmente esto es territorio Shengen, así que no hay sellos. Pero de todas maneras hay inspección, no vaya ser que algún bielorruso o ucraniano se esté colando a la UE. No distingo el idioma, pero supongo que hablan ya polaco. Estonio, letón, lituano, polaco. Ahí van tres familias lingüísticas. ¿Cuánto tiempo de mi vida tendría que estudiarlos para hablarlos con decoro? Y ni se diga el ruso: los anuncios de la dependienta del autobús los han venido pronunciando en dicha lengua, a pesar de que el autobús ni ha tocado la federación rusa. Me es más fácil guiarme por las placas de los autos: Est, Lat, Lit, Pl, acompañado de estrellitas. Sólo así sé dónde estoy y a dónde voy.
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Despierto. La campiña polaca: trigales áureos, como incendios. Una casa entre kilómetros de pastos. Un cielo morado como si se estuviera rompiendo en pedazos. No sé si lo estoy soñando o lo estoy viviendo.
(Ciudad de México, 1984). Viajero, intérprete, traductor y narrador. Sus crónicas de viaje y sus cuentos han aparecido en diversas publicaciones que van desde revistas de circulación nacional hasta fanzines.