domingo, 17 de agosto de 2008

Sábado por la tarde...



Sábado por la tarde. Fajitas de tofu (1.80) y setas (200 gramos, 2.20) envueltas en tortillas de maíz (paquete de ocho, 4.10) acompañadas de auténtico guacamole (aguacate y dos cebollas, 3.20). Me puse guapo. Anne y Nicholas, en cambio, se ponen guapos con el queso. Después del festín vegemexicano en tierras napoleónicas, engullimos trozos de baguette embarrados de algo que tiene nombre de ciudad y un olor que recuerda a los zapatos de un futbolista. Duda, hesitación, ligera revoltura en el estómago: trago de vino tinto, y todo mejora. Epouisse: Un auténtico peligro. Me como mejor el queso de cabra de textura cremosa y sabor exquisito.

Ponzoñoso epouisse

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Notre Dame: Sasha y Marina me esperan a las afueras. Llego tarde porque el RAR no funcionaba bien. Hacemos la fila y entramos (¿no que no eras turista?, reclama una voz interior) y es enorme. La coronación de Napoleón ocurrió ahí, donde mi dedo señala en este momento. La virgen de Guadalupe también tiene su rincón. Les relato a mis amigas la historia de la Tonantzin mientras van llegando otros mexicanos cámara en mano a rendir homenaje a lo inexistente. Las explicaciones son lo de menos.
5 euros por subir a la torre. No los pago. Nos salimos y tomamos el metro para llegar al otro lado de la ciudad, a la tienda de pizza donde trabaja Sasha. Compartimos una porción vegetariana y luego Marina y yo tomamos el metro de vuelta a La Chapelle. Me siento a escribir sobre cualquier cosa, y como resultado surge este texto.

Eglise de St. Bernard, La Chapelle

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No me atrevo a comprar el boleto de tren. Judith no me ha contestado el correo. Judith es mala contestando correos, eso lo sé. Es más: la postal que le compré en Oaxaca el año pasado sigue en mi bolsa porque nunca me mandó su dirección. Se la daré esta vez, si es que me contesta. De pronto pienso que me quedaré por siempre aquí en Paris porque Judith me contestará el correo en dos años.
Voy al internet en La Chapelle, el barrio inmigrante. Me dan una compu que tiene el explorador abierto y descubro que el último tipo que usó esta máquina antes que yo buscaba información sobre un clérigo islámico en youtube. Globalización. Reviso mi correo: Judith respondió. Rápido, a la Gare du nord.

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Cruzo los dedos porque no haya retrasos. El TGV sale a tiempo, y corre a 280 kilómetros por hora entre la campiña francesa (campos verdes cubiertos de nubes grises). Hago menos tiempo en llegar a la siguiente capital europea que lo que me tardo en llegar de Doctor Gálvez a Indios Verdes en el Metrobús. Justo antes de llegar a Bruselas me piden mi boleto. Lo muestro y resulta que tengo que pagar un suplemento de 20 euros. Los pago. Ya ni enojarse es bueno. El inspector pasa con un viejito cubierto de ropas viejas que había estado ocupando mi lugar al principio del viaje y le pide su boleto. El hombre empieza a gritar y parece a punto de escupirle la cara. Está indignado de que le acusen de ladrón. Controllez-vous, monsieur. Controllez-vous. Se tranquiliza. A fin de cuentas resulta que no tiene boleto. En Bruselas hace frío: por la ventana del tren la miro y no parece demasiado interesante (fachadas de ladrillos, townhouses, torres: cosas pintorescas pero nada extraordinario). De cualquier modo, éste no es el destino final. En la estación veo a un grupo de turistas repasando la orden del día. Es difícil saber a qué vienen a Europa, si a descubrir o a confirmar. Torre Eiffel, palomita; Góndola en Venecia, palomita; Bruselas, palomita; catedral de la Sagrada Familia, palomita. Felicidades, nadie conoce Europa mejor que tú. Aquí está tu premio. Bla.
Faltan 15 minutos para el tren a Köln y busco un baño. Se me acerca una señora con lápiz de labio de apariencia plástica cubriéndola la boca, me saluda amablemente y luego me pide una moneda para comer. En mi bolsa tengo media baguette, el equivalente a dos euros de queso, un plátano y agua. Los que más me han dirigido la palabra en este viaje salvo la gente del hospitality han sido los malandros y los timos. Todos piden dinero para comer pero todos se ven bastante nutridos. La señora no me inspira suficiente empatía como para darle dinero, sino todo lo contrario. No sé si sea gandalla de mi parte, pero así es. Encuentro el baño. 1 euro. No lo pago. El tren llega en quince, no es tanto. Me subo a la plataforma y espero. Llega el tren, ICE Frankfurt. Dejo mi maleta y busco el baño. Alivio. Encuentro mi asiento y espero a que arranque. Ruego a dios que no haya retrasos: el directo a Münster sale de Köln a las 20.21 y éste llega a Köln a las 20:15, así que tengo un margen de 6 minutos a partir de que el tren se detenga en Köln. Llegamos a tiempo. Estamos en Alemania y no entiendo ya nada. Desde la plataforma veo la hermosa catedral gótica de la ciudad. Extraordinaria. Si tuviera 20 minutos, una hora, la iba a ver. Pero no los tengo. El tren arranca y simplemente la veo pasar y desaparecer. Tal vez sería bonito pasar una noche aquí, recorrer las calles, enamorarme un poco. La ciudad es guapa. Por otra parte, y al igual que en la vida, uno no debe pasar la noche con cada guapa que se le atraviesa en el camino. Hay que saber resistir las tentaciones. Yo tengo que llegar a Münster por la noche así que eso es todo. Por eso me gusta viajar. Porque hace evidente eso. Que es ahora o nunca. Uno sabe que la oportunidad no volverá a venir (a veces apostamos al “ahí pa’ la próxima”, pero no hay que saber demasiado de la vida para tener conciencia de que a veces la “próxima vez” no llega nunca, y que las veces que llega, es distinta). La vida revela su carácter completamente transitorio y de cambio constante. ¿Me voy o se va la ciudad? ¿Las cosas permanecen en su lugar cuando yo ya me he ido? O también: tengo una cantidad limitada de dinero en la tienda más grande del mundo y no tengo forma de obtener más. La vida es eso: días que o se aprovechan o se pierden. Punto. Con la vida no podemos ahorrar. No nos podemos ahorrarnos a nosotros mismos para una mejor época. “Viajo cuando sea rico”, “el año que entra empiezo a dejar de ver tanta tele”, “hoy no le hablo a la chica que me gusta, lo hago mañana.” Ni madres. En la vida cotidiana, sabemos que mañana puede no existir pero como nuestra única experiencia está en la vida, nos confiamos y arriesgamos. En el caso del viaje, queda claro que mañana no existe porque ya habré tomado un autobús o un tren o un auto a una ciudad lejana. Es un suicidio permanente.


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Wuppertal, Dortmund, Westfalia. El tren local avanza a marcha constante y por la ventana sigue brillando el sol a pesar de que el reloj ya marcó las 10. Las casas parecen construidas a la orilla del bosque, en las pequeñas franjas entre las montañas. No falta mucho para Münster. En el altavoz del tren, la voz severa y cortante suena a la del único alemán que he escuchado con suficiente frecuencia como para reconocerle: Hitler. Sospecho que esto me va a ocurrir con cierta frecuencia en el viaje. Por la ventana: campos verdes y neblina que flota sobre ellos.

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Münster. Aquí es distinto. Las alemanas y los alemanes lo miran a uno distinto. No sé si como turco o como otra cosa. Pero al menos reconocen tu existencia, eso es más que Paris. No es que sean groseros allá. Sino que simplemente les vales madre, y se entiende. A mí también me valen madres. Estación de tren: borrachines, bicicletas, colillas de cigarro, chicles oscuros pegados a la banqueta, taparroscas. Una voz en alemán narra un partido de futbol. Se escucha una celebración, y luego otra celebración. La voz es tanto o más enfática que la del Führer. ¿A qué se viene a Münster? No lo sé. Yo aquí estoy. Vengo a ver a Judith y a conocer la ciudad. No sé qué más. Judith: la conocí en Chile junto con su amiga Angela, en un autobús de regreso de las Torres del Paine. Cenamos pizza la primera noche después de cuatro días de comer pan con mermelada en el parque, y pasamos el segundo día recorriendo Puerto Natales. Al tercer día se fue y me fui, y salvo unos cuantos email, no había vuelto a hablar con ella. Pero hay algo de Judith que es distinto a la mayoría de las personas que conozco, y es que Judith es de esas pocas personas con las que me entiendo y me siento cómodo de inmediato. Compartimos entendimientos del mundo, por decirlo de alguna manera. Así que aquí estoy. Unos bocinazos interrumpen mi pensamiento: supongo que habrá ganado Alemania en la Eurocopa porque el escándalo es total. Pasan muchas bicicletas y hay muchas otras estacionadas. Tengo hambre: la máquina dispensadora de chatarra vende papitas y e precio es la mitad o menos que en Paris. Alivio, II. De pronto, veo llegar a Judith en su bici a la estación de tren. Una bici entre muchas, Münster es un mosaico de ruedas, manubrios, metal: si cierras los ojos y te concentras podrás escuchar el sonido de una cadena que en alguna parte avanza. Hermosos ojos pardos, sudadera negra: sonríe, le sonrío, un abrazo y caminamos por la calle (olor dulce, hermosos pan artesanal en los anaqueles, una publicidad dice Arbeitgeberbewertung, y alemanes que tienen cara de alemanes).
Siguen los bocinazos. Le pregunto a Judith qué onda con eso, y me responde que Turquía vino de atrás y ganó su partido contra República Checa. Por supuesto, le respondo. Media cuadra más adelante nos detenemos en un Döner Kebab a comer falafel. Todo tiene sentido.

Dos emos en bicicleta.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Calles rojas, III y última

Gorbachev, circa 2006


Party!

I

Moscú es fea, ni modo. No me atrevo a decírselo a Marianna. No me atrevo a decírselo a los rusos que me preguntan, pero es la verdad. Vaya a donde vaya, tengo esa misma sensación de...no lo llamemos disgusto, porque no se trata de eso. Tampoco me perturba. Simplemente digamos que Moscú no es agradable a la retina. La experiencia moscovita es otra cosa; algo que poco tiene que ver con lo lindo, con lo bonito. Si lo que buscas es medio segundo de sopor fácil, estás en el lugar equivocado.
Moscú será fea pero, cojones, es interesante. Y como me dijo una amiga (no sé si me lo estaba reprochando), me gustan las feas, siempre y cuando sean interesantes. Es más, si de ciudades se trata, aclaro que le creo más a las feas. Las feas cuentan mejores historias, aguantan mejor los golpes. Moscú es una mujer malencarada y estoica que pasa el invierno parada en una esquina: el termómetro marca -25°C y ella observa en silencio cómo el tiempo y el frío va matando ejércitos enteros; ni siquiera chista cuando la sangre azul de los zares muertos le corre entre los zapatos. En el tiempo en que se fuma un cigarro, ve el ascenso y la caída de un régimen que juraba ser eterno, y se caga de la risa de que la nieve le congele la cara: si las bombas no la han destruido, el invierno menos. Moscú tiene un sentido del humor muy cabrón. Como las feas en general, ha pasado por más y asume su deterioro como el precio a pagar a cambio de una biografía interesante.
Yo también lo sé: hay algo acerca lo bonito que debe inspirar desconfianza. Como cuando uno se encuentra con uno de esos turistas acicalados, con suéter nuevo y barba bien recortada. Ten cuidado de un viajero que no se ensucia: de algo se está perdiendo, de algo se está resguardando. Pero no es que Moscú sea espantosa o lumpen. Sus arquitectos han hecho lo posible por convertirla en una ciudad armónica, pero es que a mi juicio no se presta para el regocijo estético. Demasiado formal: cuadras larguísimas de interminables fachadas soviéticas y neoclásicas. Bloques eternos de edificios de ventanas metálicas que brillan como pedazos de océano. Rascacielos estalinistas con aspiraciones de montaña. Fábricas colmadas de grafitti en el mero centro de la ciudad, avenidas de varios carriles y horribles banquetas de asfalto.
La ciudad tiene un decidido sabor a tercer mundo, o más bien, a imperio de segunda. Pero quizá eso sea Rusia. Un imperio malogrado. Idea: Moscú es casi una ciudad latinoamericana. Es una de esas ciudades que esconden mal sus crímenes, que hacen alarde de sus contradicciones. Porque si algo es Moscú, es una contradicción. Rusia es una contradicción. En la guía recomiendan el café Pushkin. Quién sabe qué coños tenga que ver un business menu de 80 dólares con un poeta naturalista, pero Moscú está lleno de precios estúpidos. Yo me limito a comer pan y papas, y a odiar a la Lonely Planet por atreverse a sugerir que asomarse desde la quebrada más profunda de la desigualdad social de un país resulta una experiencia de turismo sofisticado. Si acaso, debería inspirar horror.
¿Se acuerdan de esos afiches de Socialismo o Muerte? Pues Lenin se revolcaría en su tumba si viera en lo que se convirtió la capital del mundo comunista. Porque hay hasta quien dice que Moscú es la nueva Paris. Pero a mí no me resulta que esto por donde camino tenga algo que ver con Paris. Moscú no es Europa; Moscú es Rusia. Rusia es otra cosa que no es ni Europa ni Asia sino la isla más grande y más fría del mundo. Camino por las calles, entre andamios y espacios en reconstrucción. Idea: El centro de Moscú es algo así como una reliquia soviética vestida con ropa de diseñador. Es como si a Gorbachev le dieran un portafolio Louis Vuitton. Es como el Soviet que quiso ser Zar. Es algo en construcción, algo que no se define aún. Tiene una historia que le pesa tanto y las transformaciones actuales son tan radicales, que es imposible decir en qué consiste.
Estoy cerca de la estación de la Plaza de la Revolución, cuando de pronto entra un hombre al metro. Está jodísimo, la ropa hecha trizas. Empuja consigo nada menos que una podadora de césped. Sobre su deteriorada chaqueta militar, distingo un pin: se trata de una opaca estrella roja con letras metálicas descascaradas. No mira hacia ningún lado. La barba roja y espesa le rodea la boca como un arbusto y me recuerda a la de Dostoievski. Le cubre la cabellera una gorra amarilla madeinchina llena de grasa y tierra, que en el centro tiene un Tribilín bordado. En sus ojos me es imposible divisar una motivación, una esperanza. Simplemente sostiene la podadora y espera la estación, de la misma manera que un condenado a muerte espera la ejecución de su sentencia. Idea: si 90 años después de la revolución bolchevique Lenin caminara por las calles de su querida capital y se encontrara a este hombre con la estrella roja en la camisa y lo mirara como lo miro yo ahora, desde el asiento del metro, a sabiendas de que los proletariados supuestamente incorruptibles que se dedicaron a mandar, a ordenar, y que justificaron las peores atrocidades a cambio de la esperanza de un mañana que nunca llegó...pues si supiera que esos hombres, los mandamases izquierdistas de ayer, se dedican ahora a comer caviar y tomar champán en lo alto de sus edificios del centro, pues yo creo que lo que Lenin haría sería buscar la banca más cercana, sentarse durante unos minutos para pensar un rato en Engels, otro rato en Marx y tal vez también en Comte. Pasaría unos instantes murmullando en voz baja, negando con la cabeza, intentando encontrar algo, lo que fuera, que solucionara esto que llaman Moscú, 2008. Después de un rato, simplemente se quedaría callado, muy quieto, con los ojos fijos en una fuente o en un árbol o en un gato y en ese momento una lágrima le atravesaría el rostro y empezaría a llorar.


Universidad de Moscú: 250 metros de estalinismo y uno de los rascacielos más hermosos que haya visto.

II (lo mismo que I, pero distinto)





Sí, son el país más grande del mundo, pero la mitad de su país es un pantano y la otra cuarta parte en un bloque de hielo. Tienen más multimillonarios que Nueva York, pero más que parecerse a Nueva York, se parece a....a....Moscú se parece a....bueno, Moscú no se parece a nada que haya visto. Moscú es Moscú. Una ciudad de mal gusto brutal. De un cinismo rampante que lleva un auto negro con chofer. Paso frente a una disco de moda en la que una serie de carros lujosísimos esperan un lunes por la tarde para entrar por una puerta oscura sobre la cual un panel con foquitos de colores anuncia una ola gigante. Moscú está lleno de lugares para que los ricos estacionen sus coches, para que los ricos coman, para que los ricos compren caviar, para que tomen té, y para que se vistan con lo mejor de la alta costura francesa. Pero sigue pareciendo una reliquia soviética con un facelift.
Rusia es la paradoja más grande del mundo. 10 millones de kilómetros cuadrados de paradoja. Rusia capitalista es un relicario y una broma de mal gusto. Es un cementerio de estatuas y un desfile de tiempos pasados que presumían ser imbatibles. Cayó la dictadura del proletariado y los proletariados que fungían de dictadores demostraron su lealtad a los trabajadores comprando las paraestatales a precios de remate e hinchándose de dinero. De ser el país paradigmático en la incorporación de un sistema que buscaba el bienestar general y la igualdad, Rusia pasa a tener una desigualdad social similar a la de un país latinoamericano. Llega Occidente pero los valores democráticos vienen con un sesgo totalitario. Porque a fin de cuentas, es un país con una fuerte atracción innata hacia los tiranos. Me sorprende ver que en el Kremlin, la tumba de Stalin está cubierta de flores. Si no fuera por el busto que tiene encima no sabría de quién es. Nada más vería una montaña de rosas sobre una lápida de mármol. Los guardias me observan y me inhiben de lanzarle el escupitajo que se merece. Zares, dictadores de izquierda, y ahora el señor Putin, quien sigue orquestando el poder desde lo alto del Kremlin, ya sea en persona o por medio de su vicario Medvedev, Rusia es un estado policial. Y un estado que asesina periodistas. Politovskaya es la punta del iceberg. Porque a fin de cuentas, no te deshaces de la KGB tan fácil. Los rusos no están acostumbrados a la libertad. Sorprende su mansedumbre: no discuten, no reclaman, no se quejan de nada. El burócrata es un pequeño dios y su sentencia es ley. El presidente habla ex cátedra. Durante 60 años la gente se sacrificó en el altar del mañana que nunca llega y por el sueño de algún día alcanzar una utopía pero las predicciones científicas fracasaron, fracasó la línea del tiempo, la utopía se fue al carajo, y lo que quedó fue un capitalismo desalmado, una burocracia terrible, un país contradictorio. Las promesas y los símbolos de futuro y el pasado, ¿dónde están?
Camino a la Galería Tetriakov. Atravieso el puente que está frente a la enorme y nueva catedral de Cristo redentor, miro hacia atrás, y además de la iglesia, lo que hay es: estatua de Pedro el Grande, los nuevos rascacielos del distrito financiero, la fábrica de chocolate que data de la época soviética, y el Kremlin. Imperio, Comunismo, Capitalismo, Iglesia ortodoxa. Cuatro Rusias.
Busco la parte nueva de la galería Tetriakov pero antes de eso paso por el Parque de las Estatuas, que de entrada parece ser un parque cualquiera. No hay mucha gente, salvo unos cuantos fumadores que se deleitan con lo que extraoficialmente debe ser el pasatiempo nacional: llenarse los pulmones de humo marca Marlboro. Dicen que hay efigies interesantes, así que voy y las busco. Y no tardo en descubrir uno de los sitios que más reflexión me han suscitado de Moscú. Hay una fila de innumerables bustos y efigies de las grandes figuras históricas, letreros de metal que dicen CCCP. A un Stalin de mármol parece que le rompieron la nariz de una pedrada. Dos Lenin esperan lado a lado. Todos los monumentos que no concordaban con los valores de la nueva Rusia fueron removidos de las plazas y las avenidas de Moscú y arrinconados en este parquecito. Y aquí se quedarán, aquí esperarán. Los firmes bloques de símbolos otrora imbatibles pasan el tiempo en el plano secundario. Esperan inmutables a que los inviernos, el viento, el frío y el olvido deshagan sus últimas piedras y los reduzcan a nada. Consternados y taciturnos, reprueban el que en algún momento y sin su consentimiento se les haya adelantado la sentencia de olvido. Pero no hay mucho que las figuras de la historia puedan hacer. Salvo, quizá, revolcarse en su tumba.

Stalin y su respectivo zompantli.


Discordia

III


Apunto en mi libreta: Capitalismo a la soviet, los valores bolcheviques se olvidaron en medio segundo. Pero el espectáculo persiste. El culto al cadáver sigue vigente. Si las posibilidades de una utopía se han anulado, hagamos de su recuerdo una atracción turística.
Llevamos casi cuarenta minutos esperando en la fila. Frente a mí hay un par de franceses que se quejan de que los guías oficiales acarrean turistas hasta la mera puerta del mausoleo sin hacer fila a cambio de un sobornito 4 euros. A mí ni me había llamado la atención. Supongo que he de estar acostumbrado. Yo soy paciente: Veo a la gente que se salta la fila y los policías que los dejan pasar, y nada. Esto es Rusia, y yo soy mexicano. De todas formas, y aunque esté acostumbrado, supongo que es indignante. Pienso: ¿qué pensaría Lenin al respecto? Ah, pero Lenin está muerto. Lenin ya no piensa nada.
A los franceses sin embargo les parece representativo de la legendaria corrupción rusa. Me imagino que cuando lleguen a su casa en Nimes o Lyon, o Quiénsabeou, le contarán a sus amigos que vivieron en carne propia la terrible corrupción rusa de la cual habían leído en una tablita del Financial Times que comparaba la corrupción en distintos países.
Yo estoy más preocupado de que me dejen entrar. Llevo casi media hora formado, y faltan nueve minutos para el cierre. Soy de los últimos de la fila, y de los últimos que entrarán hoy. Y como son los rusos de arbitrarios, no me sorprendería que me impidieran la entrada a la mera hora. Pero cinco minutos antes del cierre, me dejan pasar. Corbata de puntitos blancos, traje azul marino. Una luz roja emana de la piel de parafina (lo más probable es que emane sobre ella, pero no sé de dónde). Atravesamos primero un cuarto frío (arquitectura formalista, mármol negro) hasta llegar a esa recámara oscurísima donde los guardias nos miran a todos con recelo. Los turistas camboyanos pasan muy rápido; yo, en cambio, avanzo con la mayor paciencia posible por el recuadro que rodea al muerto. Lo primero que miro es el lado derecho de su rostro (el perfil es inconfundible: barbita de chivo, cabeza pequeña, calva y redonda, nariz afilada). De pronto un guardia gesticula con la mano: camina más rápido. Aumento mi paso sin dejar de escudriñar: una mano enroscada, la otra abierta. Distingo una uña negra, y de cerca (unos cuatro metros es lo más que te puedes acercar) veo que los pelos de la barba parecen cubiertos de escarcha, como si estuvieran a punto de quebrarse. La piel del cráneo parece goma, y los únicos bultos que aparecen sobre el rostro son los de las arrugas que parecen burbujas de piel. Hago la mayor cantidad de apuntes posibles para esta crónica: estará prohibido tomar foto, pero nadie me puede impedir escribir. Estoy a punto de de darle la espalda y salir del mausoleo cuando de pronto percibo algo increíble: el cadáver da un ligero pero inconfundible sobresalto. No puede ser, pienso. Me detengo pasmado e intento fijar la mirada, pero un guardia nerviosos de uniforme verde se me para enfrente y me ordena con firmeza algo en ruso que no entiendo pero que no puede ser otra cosa que instrucciones de que me largue cuanto antes de ahí. Escucho a alguien hablar por un radiotransmisor, y tan pronto salgo del mausoleo y me encuentro nuevamente en la Plaza Roja me doy cuenta de que cierran la puerta tras de mí. Son las 12:57 de la tarde, y todavía deberían quedar 3 minutos, pienso. Así que saco la única conclusión posible: Y eso sería que el día de hoy, durante una fracción de tiempo que duró sustancialmente menos que un segundo, el rostro de Vladymir Ilyich Lenin se contrajo. Suena imposible, pues adentro de ese cuerpo no hay siquiera un cerebro. Tal vez no haya siquiera tórax. Cabe la posibilidad de que sea únicamente un par de manos y un cráneo. Pero entonces miro a mi alrededor: los guardias están en alerta máxima. Se mueven nerviosos, y hacen oídos sordos a las súplicas y reclamos de un grupo de turistas alemanes cuyos planes de admirar la momia se vieron frustrados a pesar de que se habían formado durante la última media hora y habían llegado a tiempo al mausoleo.
Es demasiado sospechoso, y si las evidencias obtenidas tanto ahora como en los días que llevo aquí me permiten deducir una cosa eso sería que: a la una de la tarde en punto --lo saben los altos mandos del Kremlin, los guardias especiales que cuidan el mausoleo y ahora lo sé yo y se los digo a ustedes--, a la una de la tarde en punto, el cadáver de Vladymir Ilyich Lenin se empieza a revolcar violentamente en su mausoleo.


LENIN

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Ni tan fea, a decir verdad. Bueno, he de admitir que tiene sus ángulos.

sábado, 5 de julio de 2008

Leningrado, ciudad héroe (60°N)



Catedral de San Isaac, armamento anti-aéreo, circa 1943



Gorod-Geroi, Leningrad




Leningrado, ciudad héroe

San Petersburgo no es Leningrado, no es San Pedro, tampoco es un Santo. San Petersburgo no es este paisaje: edificios y palacios que se extienden más allá de la vista, el río Neva contenido y fluyendo como una serpiente café y somnolienta. San Petersburgo no es esto: la Plaza del Heno con una capa de quince centímetros de mierda, Dostoievski caminando por la calle, maldiciendo el instante en el que Pedro el Grande tuvo la puta idea de construir una ciudad sobre unas pantanosas e infames islas. San Petesburgo no es este cielo: el sol flotando melancólico, frío, color sangre. El cielo a 60°N. Los cables eléctricos colgando, el viento acariciando las banquetas y la basura. El olor a desagüe escapando de las chimeneas.
San Petersburgo es el sueño y a la vez la pesadilla de un poeta. Una musa del más alto orden. Un campo fértil para una literatura de primera. Hermosa, llena de sangre, perturbadora, cabronamente real. San Petersburgo no lleva maquillaje. Es lo que es. Ciudad monumento, ciudad herida, ciudad cementerio. Calles llenas de soldados miserables, recorridas por olor a vómito de los innumerables borrachos que desayunan, comen, y cenan cerveza Baltika y vodka. Mendigos vulnerables, tristes; vendedoras de frutas del bosque, hermosos puentes suicidas. Comparada a Moscú, es demasiado europea. Comparada a Europa, es demasiado pobre. Pero básicamente queda claro: es un lugar donde odiar la vida no resulta una proeza demasiado complicada. Donde la tristeza, la grandeza y la belleza son moneda corriente.
Afuera de la estación de trenes, en el Nevsky Prospect, un gran letrero afianzado sobre un edificio reza LENINGRADO CIUDAD-HEROE. Eso también. Porque hace menos de sesenta y cinco años, durante el bloqueo nazi de 900 días, 1.5 millones de peterburgueses murieron porque tenían hambre, porque tenían frío, porque alguna bomba alemana les cayó en la cabeza, porque no aguantaron la dieta de dos rebanadas de pan negro relleno de aserrín durante tres años. Apenas tiene 300 años, pero esta ciudad está más que acostumbrada a ver morir a sus hijos. Ella misma los ha congelado, inundado, ahogado. Hija de aristócratas, en sus arterias corre sangre fría, azul como el cielo y helada como el río Neva.
¿Qué carajos es San Petersburgo? ¿Es acaso estas fábricas estoicas, estas torres industriales que veo en el horizonte? ¿O es la fastuosidad del Palacio de Invierno, el sonido de las balas de un Octubre lejano, la melodía que suena en los acordeones roídos de los músicos del metro que cantan canciones gitanas? Desde el apartamento de Katia, en el piso ocho de un edificio construido en la época soviética, miro el cielo de madrugada: luminoso. Miro el parque de la victoria, silencioso. Ya demolieron la antigua fábrica de ladrillos que durante la ocupación de Leningrado se convirtió en la incineradora de cadáveres, que quedaba del otro lado de la calle, ahí donde ahora pasa una señora con un periódico en la mano. San Petersburgo es un día largo, larguísimo. Es el día más largo que yo haya visto. Desde el momento en que pisé la estación de autobuses, hasta el momento en que escuché el último Ashtarozna, dviri sacravaltza (cuidado, las puertas van a cerrar) en el metro, no distinguí una sola estrella en el firmamento nocturno, por el simple hecho de que no hay firmamento nocturno. Lo que hay es una luz neblinosa, un estado de indecisión en el que el viento arremolina el polvo, los relojes se confunden y las noches pasan con la misma levedad de una siesta. Despierto a la mitad de la noche y es imposible saber que desperté a la mitad de la noche. Miro el reloj, y en cualquier otra parte del mundo juraría que está averiado, pero no lo está.
San Petersburgo no es esto: las siluetas de los edificios neoclásicos y los bloques modernistas, el calor de una flama que conmemora a los caídos de un diciembre de 1905 y donde a las 23:06 hrs. un homeless de shorts y sudadera aprovecha para calentarse las manos. Una pareja que va de la mano, avanza junto al río y luego cruza un puente desde donde, si le creemos a Dostoievski, sabemos que alguien, alguna vez, se tiró al agua y se dejó llevar por las corrientes buscando la gélida muerte.
Un niño que detiene a su abuelita para mirar una fila de patitos que nada tras su mamá pato, confundidos por las paredes de piedra. Dos personas contemplan, desde la cúpula de la cátedral de San Isaac (con el interior más fastuoso de entre las catedrales que he visto en toda mi vida, pienso), los ríos y los puentes que se abren, la ciudad que se desmorona, la ciudad que se renueva.
San Petersburgo: llevo días sin revisar la casilla de correo electrónico (ni que tuviera tiempo o ganas) y mi libreta sufre del abandono de una pluma que hace apenas unos días no dejaba de buscar sus páginas con avidez narcótica. Un día, dos días, tres, cuatro días. Me valen madre los números. Por las noches, conversaciones largas, gomitas sabor anís con forma de gato que me regaló Judith en Alemania y que rescato del fondo de mi mochila, llenas de polvo. Las masticamos.
San Petersburgo. El problema de la lengua. El problema de las lenguas. Dos lenguas, un código. Como si la oscuridad permitiera la recombinación. Un laberinto de cristal, transparente, pero de paredes incruzables, contra las que me estampo constantemente.
San Petersburgo no es el Hermitage: ese palacio de paredes cuarteadas e interminables obras menores de maestros mayores. Abundante Rembrandt, abundante Renoir, abundante Ruebens, abundante Rafaello. Hay Da Vinci, hay Goya, hay Greco, hay Velásquez, hay Matisse, hay Picasso, hay Gaugin. La parte de la escuela holandesa y flamenca está para caerse de culo. ¿Pero apoco esto es el antiguo Leningrdo?
San Petersburgo tampoco es: A las seis de la tarde el Hermitage cerró las puertas y la Columna de Alejandro (roja y de mármol) en el centro de la plaza culmina en lo que desde abajo parece un arcángel decapitado que sostiene en una cruz. No es la fortaleza de Pedro y Pablo, el agua sucia y olorosa que lame las costas con su malsana y gélida lengua. No es la Iglesia de Cristo Redentor en la sangre derramada, donde los fragmentos de la bomba que mató al Zar Alejandro II y las huellas de su sangre se han borrado bajo las inmensas cúpulas de colores y el asombroso interior de azulejo.
San Petersburgo tal vez sea algún puente, solitario. Un invierno, solitario. Una tumba sobre la que han crecido pastos verdes que absorben ansiosos la luz antes de la llegada del invierno. Una visa a punto de expirar, tiempo que se cuenta en minutos, no en días. Ciclos que no se completan, días a los que siento que no les llega el tiro de gracia expeditorio de la noche. Es un autobús tomado con prisa, a un lugar al que no sé por qué ni para qué voy (¿la apuesta de un mañana?).
Es un sueño que tal vez tenga matices de pesadilla; una ciudad que no sé si fue real, soñada, nocturna, diurna. Una ciudad que no sé si estaba habitada por humanos, por fantasmas, por ambos. Una ciudad donde no sé si estaba despierto o dormido. San Petersburgo es, después de cuatro noches en vela pasadas en las calles, en los puentes, sentado en un sillón junto a una ventana por la cual se observa el Parque de la Victoria (pensar que la mitad de la población de la ciudad fue incinerada en ese lugar) una ligerísima sensación de locura embriagante y secreta, sí, secreta, que me acompaña ahora como un sol en el cielo que nunca se apaga; un sol de medianoche visto desde una alcoba sin cortinas donde escapar de los secretos y el pasado resulta imposible. Y es en este momento, en el autobús con dirección a Narva, Estonia, que me doy cuenta de que un poco de Rusia me acompaña ahora. Un poco de Rusia me seguirá de ahora en adelante, de aquí a donde vaya. Como un recuerdo que se fusiona con el presente. Como una noche que se fusiona con el día. Como un ambiguo sol de medianoche que se niega a desaparecer a pesar de los suplicios de los insomnes.



Dos domos: la Catedral de San Isaac y la Astillería, vistos desde la columna de Alejandro



Museo del hermitage, ex-Palacio de Invierno, visto desde un puente






Columna de Alejandro




Testimonios de una inundación




Sol, 11:37 de la noche

martes, 1 de julio de 2008

Tren a Novgorod


(calentador de agua: una de las amenidades del tren en Rusia)




El plan A consistía en llegar a la plataforma, entrar al vagón, sentarme en mi butaca, leer un par de cuentos y quedarme dormido. A la mañana siguiente caminaría por Novgorod, la antigua capital de Rusia y sede tanto del más viejo Kremlin como de la primera iglesia con domo de cebolla del país, para luego viajar por la tarde a San Petersburgo. Pero el separador de libros de La alcoba dormida de Juan Villoro sigue en la misma página que ayer, y por el cansancio que siento en todo el cuerpo (no puedo sentarme por más de un par de minutos sin empezar a cabecear), sospecho que no he de haber dormido mucho.
Así que el plan A no funcionó. En Rusia el plan A siempre está sujeto a cambios. Nada funciona conforme a lo planeado, mucho menos si uno se adentra en la Rusia de los trenes. Porque viajar en tren en Rusia no es como viajar en tren en Alemania o en Francia. El silencio no es un valor primordial, y tampoco lo es la comodidad. ¿Dormir? Menos. Les recuerdo: Rusia es un país de diecisiete millones de kilómetros cuadrados. En Rusia hasta lo que está cerca está lejos, y lo que está lejos está lejísimos. Así que se tienen que tomar en serio esto de los trenes. Se han tenido que adaptar a las distancias, y los rusos ya son expertos. De lo contrario, qué pinche hueva cruzar un país de este tamaño. Así que cuando los rusos cantan en el tren, cantan en abundancia; cuando comen en el tren, comen en abundancia; cuando juegan cartas en el tren, lo hacen hasta que todos menos uno se quedaron sin fichas. Los chistes se cuentan hasta agotarse, y se bebe hasta que las botellas están vacías.
Es viernes por la noche y estoy por descubrir que viajar en tren en Rusia es un desmadre. El asiento es chicloso, plástico. Se me pega a la espalda en cuestión de segundos porque, dado que nadie apaga la calefacción a pesar de que es verano, transpiro como marrano. Voy en tercera clase porque al igual que en el resto del país, hay dos opciones: ser pobre o millonario. Mi boleto costó 450 rublos y la única otra opción era pagar 13,000 por viajar en primera, champán incluido.
Los pasajeros comen borscht (sopa de col morada), empanadas de papa y col; ríen y gritan gritos indescifrables. Soy el único extranjero y noto las miradas de extrañamiento. Me paseo por los pasillos y los asientos de metal amarilloso observándolos con afán antropológico. Más que un tren, la escena me recuerda a una reunión familiar. Risas, bulla, y relajo, sin importar la edad. No tardan en hacerme la plática un par de chicas que me preguntan de dónde soy. La respuesta incita exclamaciones y me doy cuenta de que es la primera vez en todo el viaje que siento que el hecho de que soy extranjero resulta motivo de celebración. Se supone que ese tipo de cosas ya no ocurrían en el mundo globalizado. Pero este tren no es precisamente representativo de una aldea global. A duras penas hablan inglés dos que tres personas, y con el resto de la gente me limito al lenguaje de las sonrisas. Beben cognac casero y no tardan en ofrecerme un vaso plástico lleno del aciago brebaje. Le doy un trago: sabor a madera. No sé ni cómo me lo voy a acabar. Somos cuatro: Andrei, un gordito de shorts, camisa de cuadros, gorra y chancletas, que no se levanta de su asiento y más bien se pasa el viaje entero engullendo vaso tras vaso de vino. Está también Vladímir, un fortachón que lleva una camiseta sin mangas y presume un cuerpo completamente depilado y bíceps del tamaño de una lata de piñas en conserva. Tiene dientes chatos, enormes pómulos eslavos, y carece de cuello. El conjunto podría decirse que resulta un tanto sicópata. Ambos tienen como 30 años y al principio lo único que me dicen es Samagón, Tequila. Tequila, Meksiko. Samagón is Tequila of Russia. Están también las dos chicas, Anna y Alexandra, que son las que hablan un poco de inglés y me ayudan a traducir. Alexandra me recuerda a un par de personas que conozco en México. Tiene pelo castaño, ojos cafés, piel muy blanca y mide unos pocos centímetros menos que yo. Anna, su amiga, es un poco más gordita y bajita, y tiene pelo rubio típicamente ruso.
Llevamos un rato tomando y me es imposible participar en la conversación. Los dos chicos se agarran esto como pretexto para el desmadre y me piden que repita unas frases en ruso. Nichi guya panimaye (no entiendo nada), y luego Ia ni juya ni panumaye (no entiendo ni verga), y estallan de la risa. Tomamos cognac y Vladímir sigue diciéndome cosas. Pido a Anna que me traduzca, pero no quiere. Me da mala espina la cosa, así que les digo que nos vayamos al espacio entre los dos vagones a fumar un cigarro. Que no fume es lo de menos. Lo que quiero es dejar solo al Vladímir. Anna se trae la caja de vino y seguimos la curda.
Menos de media hora después estoy rodeado como de ocho chicas y ya ando bastante briago. El cognac me lo tomo lentamente; en cambio, al vino no le hago fuchi y lo dejo caer directo y sin escalas hacia el fondo de mis entrañas. Resulta que todas las personas del vagón trabajan en la misma compañía como administrativos y vienen a Novgorod para unas vacaciones y un congreso. Son las dos de la mañana pero el sol aún alumbra desde un lugar distante. Este horario realmente altera la cabeza: uno está como si nada cuando menos hasta las once de la noche. Si no fuera por los relojes, uno podría perder la cuenta de los días pues la noche podría fácilmente confundirse con una nube. Los pasillos están llenos de gente: Meksikansky, meksikansky. Soy una puta celebridad.
Mi vaso nunca están vacío por menos de unos cuantos segundos. No entiendo, no me entienden. La confusión es babélica. El inglés de mis nuevas amigas es realmente malo. Me tratan de explicar pero sigue siendo indescifrable. Pasa algo con los rusos: los rusos no entienden que alguien no entienda el ruso. Si les dices que no lo hablas, simplemente te van a hablar más despacio. Si les dices que no hablas nada de ruso, simplemente te lo van a decir dos veces. Me repiten muchas cosas constantemente. Todos lo hacen. Pero el único idioma que hablo en este tren es el de las sonrisas y los vasos llenos, que son la verdadera lingua franca de la humanidad.
Todo va bien hasta que de pronto aparece Vladímir, más pedo que antes, quien viene a decirme cosas que por la forma en que suenan me percato de que no tienen nada de amistosas. Parece que se cansó de andar de pajero, tomando samagón con el Andrés mientras el mexicano concentraba el interés femenino. Nuevamente, nadie se ofrece a traducir la cadena de palabras que Vladímir me farfulla. Aparece otro chico que me pregunta si hablo portugués. Un milagro de dios. Se llama Alexei, tiene mi edad, y estudia para traductor. O ruso gosta do alcôol. Gosta ficar bêbado e pelear. Amanhã tudo fica bém, mas ele gosta, ainda com os colegas, pelear.
Vladímir empieza a decir (via Anna) que bebo como niño. Yo le digo que no estoy acostumbrado a tomar....Vladímir dice que bebes como niño, que por qué bebes como niño, insiste Anna. Se quiere tomar unas fotos conmigo. Las tomamos. Me dice que le de la mano. Eso hago, y me la aprieta como si de unas ramitas de madera secas se tratara. Vladímir dice que por qué no tomas cognac. ¿Acaso no lo respetas? Vladímir pregunta que si le tienes miedo. No le tengo miedo, le digo. ¿Por qué habré de tenerle miedo?
Vladmimir tiene los ojos semi abiertos y no está sonriendo. Pesa fácilmente el doble que yo y salvo que alguien me preste un machete o una ametralladora, no tendría forma de pelear con él y ganar. Anna: Vladimir quiere saber quién quieres que gane la Eurocopa, ¿España o Alemania?
Lo pienso un momento: los alemanes mataron millones de rusos en la guerra. Los españoles les ganaron 3-0 hace dos días. Supongo que hoy por hoy a Vladímir le caen peor los ibéricos. Digo que quiero que gane Alemania y el fortachón sicópata celebra.
Anna nos toma una foto. Después de la foto, Vladímir me pide que le de un puñetazo en el estómago. Eso hago y él ríe. Ya ves, todo bien, le digo. Vladímir se regresa al vagón y unos minutos después, cuando voy por mi sudadera a mi asiento, resulta que ya está dormido. Me quedo un rato más con Alexandra y un señor muy bajito que me pide que le enseñe los tatuajes. Se los enseño. Él me enseña los suyos: tiene la espalda repleta de diversos santos de la iconografía ortodoxa y una catedral de dos domos en el omóplato. Me repite la palabra Koluma, Koluma. Pero yo no sé qué significa eso. Ya después me enteraré que Koluma es cárcel.
A las 4 ya todos duermen. Yo sigo despierto, al igual que Alexandra. A estas alturas ambos estamos borrachos y después de un rato anda contándome que Russian woman have big heart, but Russian woman can only love one man. Me presume un anillo de oro alrededor de su dedo anular pero no se aleja, sino que nos quedamos viendo el paisaje. De no ser por la neblina que flota sobre el bosque y el lago, y que delata el poco tiempo que lleva el sol alumbrando, uno podría pensar que ya son lo que normalmente llamo las diez de la mañana. Disfrutamos el amanecer en el bosque, el sol que sale atrás de los infinitos pinos y bereza (ъереза, un árbol flaco, alto y blanco con rayas que abunda en el norte de Europa). Alexandra empieza a decirme cuánto se enorgullece de que el enorme paisaje de árboles interminables y sol nocturno sea su patria. Que para ella esto es Rusia. A mí también me parece un lugar hermoso.
Un par de horas después estamos en Novgorod y ahí me separo de los rusos. Me piden que me suba al autobús y haga el recorrido con ellos después de desayunar, pero prefiero estar solo un rato. Son las seis de la mañana y tengo una peda que cada minuto está más cerca de la resaca, remordimiento de conciencia, y en el estómago siento la inconfundible gestación amarga de la diarrea etílica. No hay nada abierto así que entro a la estación de tren, pregunto por el guardaequipajes: resulta que no abre sino hasta las 9, pero el de la estación de autobuses abre siete y media. Me dirijo hacia allá. Encuentro una fila de crudos y homeless que duermen en una banquita, así que me siento con ellos en la fila de la ignominia, coloco la mochila sobre el suelo frente a mí, reposo mi cabeza sobre ella (hacia adelante, como si quisiera besarme las rodillas) y duermo durante dos horas sin interrupción ni molestia. No entenderán inglés, pero si hay algo que los rusos entienden es lo que se siente estar crudo. Y te respetan.
Despierto, me levanto, voy al baño (en la cabina de junto hay una mujer. O como quien dice, el baño público de la estación de autobús de Novgorod es unisex: Rusia y sus sorpresas) y empiezo mi día. Compro mi boleto de autobús para las 18:30, y luego camino hacia el Kremlin. Día soleado, cielo azul: me siento frente a un monumento que celebra los mil años de Rusia, y que fue inaugurado a mediados del siglo XIX. Duermo, me despierta una señora, cabeceo, y durante pequeños lapsos de tiempo me olvido de la ciudad, del país, del planeta en donde estoy. De pronto escucho que un grupo de turistas se acercan. Volteo y reconozco a muchos de los que anoche estaban en el tren, que me saludan efusivamente. Pero de la personas con las que conversé anoche (uso ese verbo a falta de uno mejor) al único que ubico es a Vladímir. Lo veo de lejos, ondeando el brazo. Lo esucho gritar: ¡Eeeey, Meksikansky, meksikansky! Está sobrio y en sus ojos y sonrisa distingo una felicidad auténtica.




Peace and love



Exceso de confianza. Es culpa del Portvein.

sábado, 28 de junio de 2008

Calles rojas (dos de tres)




Quién sabe por qué escojo Chisty Purdy. Suena chistoso. Todo está en cirílico y me tomo el tiempo para no perderme en los trasbordos. Es relativamente sencillo el metro: todo tiene nombre, color y numerito. El problema es cuando quiero salir. Es entonces que descubro que no saber cómo se dice “salida” en ruso podría conducir ultimadamente a que pase el resto de mi vida viviendo en el subsuelo moscovita. Estoy en una triple estación, cada trasbordo tiene un nombre distinto, y las escaleras eléctricas (son bloques pesados y rápidos, de la época soviética) no llevan a ningún lado. Después de unos cuantos paseos por las escaleras (admiro talones ajenos), deduzco que BЫХOД B ГОРОД significa que por ahí es la salida. Voilá. Cuando escapo del metro me encuentro con una calle nueva. Es grande, con edificios monumentales y cuadrados, hay muchos papeles tirados, y no entiendo ninguna palabra de las que están escritas a su alrededor (el idioma no se te impone, sino que te sigue resultando indescifrable: me acuerdo un poco de mi infancia, nuevamente, de lo que se sentía no saber leer). Sin embargo, en esta confusión sucia de emociones hay un innegable sentimiento de algo que sólo el viajero que se librado de un problema conoce: un sentimiento de victoria.

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¿Ж o M? ¿Ж o M? Me dicen que Moscú es la ciudad más cara del mundo para comer fuera, pero por más que camino, no encuentro un maldito supermercado. A bordo del autobús comí una empanada de queso, otra de espinacas, una bolsita de papas Lays sabor queso y un plato de frutas que me regaló Sanita. Ahora ya es la 1 y me aproximo a las 16 horas sin probar bocado. Paso por afuera de un restaurante tipo buffet donde escoges y pagas de acuerdo con tu selección. Hay mucha fila, así que debe ser bueno. Me sirvo dos panqueques de queso con crema encima, una ración de patatas, una ración de ensalada con aceitunas y jitomate, y un vaso de una bebida dulce y fría que trae frutas y recuerda en varios aspectos al ponche navideño, y pan. Menos de 200 rublos. Supongo que para Moscú no está tan mal. Después de Paris supongo que nada me volverá a parecer caro en la vida. Termino de comer y tengo bastantes ganas de aliviar la vejiga. Gdié tualet? Nuevamente, lo que entiendo es el dedo que señala. Me podría estar diciendo que soy un idiota comemierda y yo nada más asintiendo como perro amaestrado.

Llego a la puerta, empujo, y de pronto, dos elecciones: Ж o M. No está la acostumbrada figurita del hombre de cuerpo liso ni la mujer con su faldita. Sólo Ж o M. Puta madre, estoy que me meo. Entra al equivocado y te acusarán de inmediato de pervertido. En eso llega una señora al pasillo común. Se me queda viendo raro. ¿Qué hace este pendejo parado en el pasillo? No hay un lavabo ni nada. Yo no la miro. Simplemente la dejo que pase y tan pronto la veo empujar la puerta con la Ж, entro corriendo a la otra.

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No sé si el hecho de que sea lunes tenga algo que ver (el fin de semana es de abundantes madrazos), pero nuevamente encuentro sangre. Esta vez es cerca de Christy Purdy. Unas cuantas gotas salpicadas. En el metro me percaté de que había unos cuantos sujetos con la cara amoratada y los ojos reventados. Estos rusos enigmáticos. Por una parte, parecen mansos. Yo me esperaba una ciudad más incivilizada y grosera, pero el primitivo resulto ser yo, que al no conocer las palabras empujo y piso y me excuso de ofrecer disculpas.

La gente es indiferente pero no es salvaje. No me ha tocado ver empujones jaloneos ni colectivos. Supongo que me esperaba algo peor que México, pero lo cierto (descubro constantemente con tristeza) es que México siempre es peor.

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La ciudad parece estar en construcción. Andamiajes, fachadas en restauración, grúas, edificios nuevos. Un desmadre. Las avenidas están infestadas de carros de ultralujo. Deportivos que yo nada más había visto en películas. Les gustan los autos negros y con ventanas polarizadas. Les gusta manejar por las enormes avenidas (reliquias del comunismo) y mostrar su dinero. Yo avanzo por el centro, 20 kilos al hombro. Me duelen los tendones del cuello, así que constantemente dejo mis cosas. Me detengo cada pocas cuadras para permitir que mis músculos aflojen. No sé a dónde voy, ni me importa. El sol me quema la cara y el centro es casi lo que se dice feo. Paso por en frente de las oficinas de la presidencia y alrededor de 200 policías con ropa de civil se me quedan viendo con esa suspicacia y paranoia innata de los policías; como si estuviera a punto de intentar asesinar al primer ministro. Una fila de BMW’s de modelos recientes se alinean afuera de la oficina. Negros todos. Así que no sólo los ricos, sino también los tiras, andan en autos de lujo. Otra Rusia: la Rusia policial, represora, totalitaria. La Rusia donde los partidos políticos de la oposición son aplastados y donde Putin tiene estatus de dios. En el centro hay militares y policías en cantidades bestiales, brutales, sobrantes. A cada rato se escucha el ululeo de las sirenas, y se ve algún auto acelerar por la avenida. A los lejos, una plaza. ¿Será la Plaza Roja? Camino hacia las murallas color sangre. ¿Serán las del Kremlin? Porque me sé el nombre de las cosas, pero no exactamente su distribución. Camino hasta llegar y de pronto volteo a la izquiera y los veo: domos redondos, como cebollas pintadas de colores. Blanco azul, verde y rojo, rojo y blanco, amarillo y azul. San Basilio: esa catedral que de niño me parecía que por dentro seguramente albergaría una juguetería. Con sus colores lúdicos, ruidosos, como conos de helado. Justo a mi izquierda. Sin haberlo pensado, adivinado, ni buscado. Qué chingón.



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La catedral de San Basilio no es una catedral, es un museo. Significa que nadie oficia misa, nadie reza, nadie hace más que observar. Lástima que la museografía esté toda e ruso, tal vez de lo contrario entendería más. La vista desde la catedral es bonita: se ve la plaza roja tapizada de ladrillos oscuros, una explanada que parece también una calle. Después de visitar las capillas (visto desde adentro, los domos que por afuera resultan hermosos son en realidad cualquier cosa) y confundirme ante la falta de un altar, salgo del museo y me acerco a la plaza roja, a la más roja de las calles de Moscú. La plaza roja no es roja, es bella. Las palabras comparten raíz en ruso, y en Rusia se suele admirar lo rojo. Red is beautiful. La plaza roja que en estos momentos atravieso ha visto derramamientos al por mayor: la Guardia de Pedro el Grande (unos dos mil oficiales) fueron ejecutados aquí. Y uno camina por aquí como si nada. La sensación resulta incluso más extraña cuando de pronto me percato de que avanzo solo por la Plaza Roja. Así es: miro a mi alrededor y no hay una sola persona. Esto no puede ser verdad, pienso. La plaza roja de Moscú, vacía. Y la única persona que camina por ahí soy yo. Pero el peso de mi mochila es real, la vista a mi alrededor es real (más o menos: ¿quién piensa realmente que un día irá a Moscú? ¿quién ha visto la Plaza Roja de Moscú sin gente un día de verano a las 2 de la tarde?), el calor del sol es real. De pronto, un silbatazo. Miro a mi derecha un policía que se acerca corriendo. Me pide que abandone la plaza. Me alejo hacia una calle adyacente convencido de que esto no es un sueño: que durante cinco minutos un lunes 23 de junio del 2008, la Plaza Roja de Moscú fue mía y sólo mía. Y eso es algo irrepetible.


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¿Y quién habría de salvar el día? Si primero fue Holiday Inn, luego tendría que ser Starbucks (CTAPБAKC). No hay cafés internet, pero hay wi-fi en todas las sucursales en el mundo. Así que aprovecho para revisar el mail y Marianna está en el gmail chat. Disculpas al por mayor, tuvo un problema. Quedamos de vernos a las 10:30 de la noche en Bratislavskaya. Llego con ella: llevo la mochila sobre el hombro, y me duele el cuello de cargarla todo el día. Ella es como un personaje de Rayuela: lúdica, simpática, perturbada, ingeniosa. Cuando llegamos a su apartamento en el piso 16, termina mi primer dia en Moscu y comienza el resto de mi vida.

Calles rojas (una de tres)


Imagínate lo siguiente: después de catorce horas a bordo de un autobús de segunda, y haber pasado un susto de primera porque un nefasto agente aduanal estuvo a punto de negarte la entrada al país; después de pasar la corta noche casi completamente en vela (¿por qué será que a los viajeros de los autobuses rusos no les da la gana cerrar las cortinas aun a sabiendas de que el sol sale a las 3 a.m.?), abres de pronto los ojos y en lugar de la dulce campiña de Europa del este, lo que hay es una avenida de alta velocidad y unos rascacielos que se alzan en la distancia. Y es entonces, sin previo aviso ni introducciones, que te cae el veinte que estás en Moscú. Que estás en esa dudosa frontera entre Europa y Asia. Que se acabaron los preparativos para lo que pronosticaste que sería la parte más bizarra del viaje, y se viene la realidad. Ahora imagina que no sabes ruso: compraste una guía de frases en una librería Gandhi de la ciudad de México pero lo único que estudiaste fue el alfabeto cirílico (el cual ya aprendiste a leer con lentitud de analfabeta) y para orientarte nada más tienes 40 fotocopias que le hiciste a una Lonely Planet del 2005 que adquiriste en una librería del centro pero que devolviste después de reproducir. Ahora imagínate que no tienes ni un rublo (sólo 20 euros que nadie aceptará), son las 7 de la mañana, el lugar donde te deja el autobús está en las afueras de Moscú, y tampoco tienes una tarjeta de teléfono para hablarle a la persona de Hospitality Club para pedirle auxilio. No sabes ruso, no tienes dinero ruso, y estás en quiénsabequéparte de Rusia. ¿Qué haces?

Pues la respuesta es sencilla. ¿Ya viste el Holiday Inn cuyo letrero se alza a dos cuadras? Ve a él. Porque en el Holiday Inn hablan inglés, cambian dinero, y regalan siempre mapas muy buenos de las ciudades (truco que aprendí en Montevideo). ¿Quién iba a pensar que la respuesta a un dilema cultural lo encontraría en la homogeneidad del nuevo capitalismo mundial? Sepa. Pero ya con 720 rublos en la bolsa, la cosa pinta mejor que nunca. El concierge ya me explico cómo llegar al metro. Me salgo entre las puertas del hotel, pasando junto a un señor que espera con un letrero que dice HALLIBURTON y Moscú deja de ser una enorme y sucia ciudad que me habla en un idioma desconocido, y se convierte en algo divertido y emocionante.

En el metro pido el boleto de diez (diesiát) viajes, y se me van los primeros 155 rublos. Bajo lo que han de ser las escaleras eléctricas más largas del mundo (alguna vez escuché que el propósito del metro de Moscú también era el de servir de refugio anti-bombas). Escándalo formidable: ratatatatá constante de metal. Decorado de mármol, en el suelo hay latas de cerveza vacía y hasta una bolsita con guácara. El metro está cochino, el tren es feo (aunque los acabados de las estaciones son de palacio), y la gente es fría. Hay inválidos, tipos con cara de pervertidos (pero como son güeritos, pienso en pervertido de película de hollywood), y mujeres vestidas de manera tal que en el equivalente de transporte público mexicano habrían incitado ya a la violación tumultuaria. Son como las ocho y supongo que la hora pico de la mañana es ahora. Pero no me parece que vaya lleno. Me habían contado historias de terror acerca de este metro y simplemente no me parece que sea el caso.

Marianna quedó de verme a las 9:00 en Bratislavskaya. Llego a las ocho y media y espero y miro: gente ir y venir. Gente devorada por las puertas, gente que desaparece de mi vida tan pronto llega. Una constante generación de caminos cruzados que sin embargo se disuelven y anulan de inmediato. Tambien: Tuve que venir a Rusia para que esta gente desapareciera de mi vida. Tambien: Vine a Rusia para que esta gente desapareciera de mi vida.

Imagínate lo siguiente: estás en la ciudad que según algunas revistas especializadas es la más cara del mundo, pero tienes con quién quedarte porque con el maravilloso internet todo se puede, hasta quedarte en casa de alguien sin pagar hospedaje. Sin embargo, ochenta minutos después de la hora del encuentro, la persona no ha llegado. Te acercas a comprar una tarjeta telefónica y decides marcarle, pero quien te contesta en ese número te habla en ruso y luego te cuelga. Así que imagínate que tienes la dirección de esta persona (Bratislavskaya 13-1-353) y decides ir a buscarla. Llevas 20 kilos sobre tu espalda (incluyendo tu laptop), sales del metro y descubres que el día está precioso (azul, azul, ligeramente frío), y te encuentras en una especie de glorieta gigante donde hombres con ojos rasgados venden pan y frutas. También hay babushkas (viejitas con pañoletas amarradas a la cabeza) vendiendo moras y jabones. Hay como 200 millones de edificios altísimos que en el nivel de la calle están invadidos por comercios que van desde Mcdonalds (МАКДОНАЛДС) hasta strip clubs, supermercados, casinos y farmacias. La calle no se llama Bratislavskaya (gdié Bratislavskaya?, preguntas, pero la única respuesta que entiendes es la que viene acompaсada con un dedo que señala hacia una calle aledaña) y los edificios no están en orden (primero es el 18, luego el 16, luego el 12). Después de varios minutos y varios intentos fracasados de comunicación, por fin encuentras el bloque número 13, encuentras el edificio uno, y encuentras la puerta en la que un letrero indica que están los apartamentos 300-360. Pero no hay interfón. Hay una extraña placa con letras cirílicas, y un aparatito que te solicita una clave. Puta mierda. Así que regresas al metro. Caminas hacia la estación por un paso subterráneo en el que un hilito de sangre más o menos fresco (lo sabes por la espesura) te dice que lo que ya sospechabas: el barrio es de cuidado. Regresas a la banca donde ya esperaste ochenta minutos y donde ninguna rusa de 21 años de pelo rubio espera por ti, mexicano sucio y peludo que se infestó de garrapatas la cabeza en Letonia. Son las 10:40 y piensas: Moscú corre sobre tu cabeza. Moscú, carajo. Moscú: la ciudad de los zares, los comunistas, los bolcheviques, las bailarinas, los ortodoxos. Pedro el Grande, Ivan el Terrible, Stalin, Lenin, Gorbachev. Ojivas nucleares, imperios, Napoleón, los que ganaron la Segunda guerra mundial, y perdieron la Guerra Fría. Rusia, con 9 horas de diferencia de horario, esto es lo más lejos que has estado en tu vida de México. Pues obviamente haces lo único que se puede hacer en un caso de estos: te afianzas la mochila a la espalda, escoges una estación al azar, y tomas el siguiente tren en dirección al centro.

miércoles, 25 de junio de 2008

Aduana


El trámite resulta sencillo para todos: revisión de pasaporte, corroboración de un par de datos, luz verde. Salvo para mí, por supuesto. Un enano rubicundo vestido de gendarme que me recuerda al protagonista de El tambor de hojalata examina cada una de las hojas del pasaporte con luz UV, constantemente. Examina la página con la visa rusa con minucia y desesperación. Por la forma en que observa los escudos, no me queda completamente claro si lo que hace es incurrir en un ejercicio de imaginación: Campeche, Chiapas, Chihuahua. ?Dónde estarán? Soy el único en el bus que no tiene un pasaporte rojo o azul (respectivos colores de los documentos oficiales de Rusia y Letonia) y a mi caso se le brinda atención especial. Los demás pasajeros ya están en el autobús y siento sus miradas a través del cristal del puesto aduanal.

Después de otro minuto de pasar la visa por una máquina lectora y revisar datos de la computadora viene la pregunta temida. Tourist voucher! Gdié tourist voucher?

Mierda. Yo pensaba que la visa bastaría, pero no. Me interrogan con cierta angustia, pero no puedo más que decirles que la última vez que vi el tourist voucher fue cuando lo llevé a la embajada de Rusia en México para la visa. El enano mira a su compañera agente y le dice algunas palabras en ruso, las manecillas del reloj siguen su curso. De pronto recuerdo algo: en mi laptop tengo una copia escaneada. Se las puedo mostrar: sólo necesito prender la computadora. La agente no me dice nada, y el enanito sale por la puerta. La mujer captura unos datos, y pocos segundos después escucho el ansiado ch-chink del sello y me devuelven mi pasaporte de tapas verdes. Salgo hacia el autobús, y estoy finalmente en Rusia. Desde afuera, escucho a varios pasajeros cantar: Olé, olé, olé, olé....Ra-cí-a, cham-pio-ni. Le ganaron ayer 3-1 a los holandeses. Soy el último en abordar el bus y el chofer está desesperado.

Unos pasos más adelante está una gasolinera: precios en rublos, palabras en cirílico. Ya completamente incomprensible. Son las 11 de la noche y hay abundante luz en el cielo. Junto a la autopista, un hermoso bosque del norte. La fila para el baño es muy larga, así que camino hacia los árboles, buscando un espacio natural. Un dependiente me grita algo y yo sólo levanto los ojos. Él señala los árboles y me guiñe el ojo. Sobrevuelan infinidad de mosquitos: criaturas obsesas y torpes que atacan sin ningún miedo el rostro. Hago lo que tengo que hacer con cierta prisa pues los insectos arremeten por docena.

Regreso al autobús y espero a que el último cigarro se extinga y los pasajeros vuelvan a ocupar sus asientos. El autobús arranca: faltan 550 kilómetros para Moscú, así que tenemos toda la noche por delante. La carretera pasa debajo de mis pies en dirección al este, por primera y última vez.



lunes, 23 de junio de 2008

Letonia para principiantes



Estonia, Letonia, Lituania. Estonia, Letonia, Lituania. Estonia, Letonia, Lituania. ¿Cuál es cuál? Digo, yo sólo veo tres paisuchos arrinconados en el norte de Europa, en un pasillo miserable de tierra fría, mal alumbrado por el infame sol báltico y mal acompañado por un vecino loco. ¿Cómo voy a saber cómo se llaman, si los tres son más pequeños que el estado de Oaxaca, y tienen una población significativamente menor en conjunto que la delegación Iztapalapa?

Ahí les va una recomendación: de arriba para abajo, en orden alfabético. Estonia, Letonia, y Lituania. Llámenlos como quieran: países bálticos, escandinavia jodida, los arrimados de la Unión Europea (hasta que llegó esa gitana apestosa de Rumania). El caso es que hoy les voy a hablar del segundo país. Letonia. El más grande, el más poblado, el más pobre.

La crónica empieza en el avión: miro por la ventana. El báltico se extiende bajo nosotros. Sus aguas turbias me recuerdan a una taza de café oscuro. Una taza de café frío. ¿A qué se viene a Riga? Me formulo demasiado tarde la pregunta. Letonia. ¿Qué se sabe de Letonia en la cultura popular? Nada. Hace unas cuantas semanas, en un partido de futbol contra Italia, durante los himnos nacionales les tocaron el de Lituania. Una banda estadounidense cuyo nombre omitiré, tuvo que suspender su concierto en un festival de Riga porque al llegar al aeropuerto de Vilnius se enteraros que se habían equivocado de país. Estonia, Letonia, Lituania. ¿Eso qué? Mis interlocutores en México me formularon la pregunta a tiempo, pero yo de necio no les hice caso. Ahora no sé a qué vengo. Letonia es esto que veo por la ventana: unos bosques, una playa, y unas agujas lejanas de épocas soviéticas y renacentistas que se alzan, pinchando el cielo. La fila para subir al avión en el aeropuerto de Bremen está lleno de rubios con ojitos de canica y narices afiladas: eslavos. Letonia: país relativamente pobre comparado al resto de Europa. Clima lluvioso, historia de constantes ocupaciones, identidad confusa. Dos millones y medio de habitantes que se congelan en invierno y en verano no se la acaban con el calor. Aterrizamos y el avión se inunda del sonido de aplausos.

Andrés es mexicano. Estudia economía en el tec de Monterrey, tiene mi edad y lleva cinco semanas en Europa. Anoche durmió en el aeropuerto de Bremen. Uno se encuentra mexicanos en todas partes, hasta en un avión a Letonia. A la salida del aeropuerto, lo normal es que tomemos juntos el autobús. El se va a su hostel y yo en busca de Arta, mi host. La encuentro: lleva una falda verde y un ramo de espigas de trigo y flores moradas en la mano. Estamos frente al hotel Latvija y Arta me dirige unas cuadras más adelante, a la parte trasera de un edificio. Abre una puerta de madera destartaladas, subimos unas escaleras polvosas hasta al segundo piso, Arta abre una segunda puerta y me encuentro con un lindísimo e impecable apartamento con acabados de madera y todo lo que podría necesitar en términos de equipameinto. Arta me da las llaves y me dice que viviré solo aquí el tiempo que me quede en Riga. Formidable. Coloca las flores en un jarro con agua y se despide.

Riga. ¿Qué es Riga? Riga es letón y cirílico. Palabras que no entiendo. 40% de los habitantes son rusos, y la moneda es más cara que la libra esterlina (1 LAT = 25 MXN). Letonia es palabras que no entiendo, un país que suena similar a Lituania. Baznicas iela es la calle en la que vivo, a dos cuadras de la sucursal local de Armani. Baznicas es iglesia, pero a mí me suena a bacinicas.

Lección de historia: La primera independencia de Letonia es en 1918. Los bolcheviques les aguan la fiesta poco después de la segunda guerra mundial, tras la invasión a Finlandia. Stalin amaga con una invasión violenta bajo el pretexto de que los países bálticos están haciendo alianzas militares. Ultimatum: o permiten la ocupación, o serán atacados por amenazar la soberanía rusa. Los países bálticos no tienen oportunidad ante el poderío soviético y ceden al chantaje. Stalin celebra. Se viene un año de mierda: censura total, deportaciones masivas, la Checa (o KGB ) al tanto hasta de cuántas veces al día haces caca, exilio de intelectuales. Pero en 1942 tras la ruptura de Hitler y Stalin, los nazis ocupan Letonia. Los reciben con flores en las calles y banderas nazis colgando de los balcones de las casonas Art Nouveau del Vecriga (Viejo Riga), pues creen que podrán negociar la independencia con ellos. Cuál. Comienza el exterminio: de los 70,000 judios letones en el país, al final de la guerra quedan 400. A los nazis no les interesa que los letones tengan autodeterminación. Hacen un campo de concentración cerca de Jurmala, a 15 km de Riga, junto al mar. Muy activo, por cierto. Viene el año 44: Riga es bombardeada por los rusos al final de la guerra, y destruyen buena parte del centro (incluyendo la torre de la iglesia de San Pedro, la más alta de la ciudad). Las milicias de resistencia empiezan a aparecer y a enfrentarse contra los nazis. Son grupos de hombres que viven en el bosque y atacan de cuando en cuando a los alemanes. Después de que Hitler es derrotado, los soviets reocupan Letonia y el país regresa a las viejas andanzas: censuran el letón en las escuelas y gobierno (el ruso se convierte en idioma oficial, además de que hay una política oficial que busca la contaminación lingüística con neologismos rusos), no hay religión (la catedral de San Jorge es convertida en un planetario), el arte (sobre todo la poesía y las artes gráficas se vuelven panegiristas a más no poder) se somete a los intereses del estado y al aparato ideológico (a los niños en la escuela les cuentan la historia de Pavlik Morkozov, el heroico niño que delató a sus padres a la KGB), exilian a los intelectuales que quedan (en el país únicamente restan campesinos pobres sin tierra ni educación), hacinan a las personas en la ciudad (la política oficial es que 9 metros cuadrados por persona es el espacio adecuado para la vivienda) y las resistencias partisanas (a las que se habían unido algunos desertores letones del ejército nazi) son exterminadas de forma total. Entre exilios y matanzas, la población en el año 49 es sólo 2/3 parts de lo que era en el 39.

Y eso nos trae a otro tema importante. Que al igual que el idioma (junto con el lituano, una de las dos lenguas que se siguen hablando de la familia báltica de las lenguas indoeuropeas), los letones tienden a la extinción. La población (2.6 millones; 700,000 en Riga) está en picada. La tasa de natalidad es de 23 nacimientos por cada 35 muertes. La tasa de fertilidad es de 1.3 hijos por mujer. Una lástima. Una verdadera lástima. Porque las mujeres letonas son unas de las mujeres más espectaculares de la tierra. Decir que son guapas es moderarse demasiado con las palabras. Son despampanantes, como dice mi abuelita. Camino por la calle y lo que más veo son mujeres guapas. Más que fachadas extraordinarias, o edificios, lo que más resalta de una promenade en Riga son las mujeres. Caminar por Riga, me dice Andrés, es enamorarse cada treinta segundos. Yo soy más guarro: Caminar por Riga es desear a alguien cada diez segundos. Vamos sacando las cuentas. ¿Cuántas mujeres guapas de entre 16 y 30 años podremos encontrarnos en cinco minutos? Hay que contar. Pero sólo las que sean bonitas de verdad. El marcador es 28 a 11, ganan las guapas. Y parece que la población aquí es 54% mujeres, así que el mercado está a favor del varón. Dice mi amiga Sanita que esta baja competencia lleva a los hombres letones a ser poco interesantes e idiotas (su novio es suizo). Podrían ser fácilmente declaraciones de ardido, pero yo sí le creo. Letonia parece estar llena de gente nefasta. La cantidad de Mercedes Benzs es inacabable. Afuera de las casas más modestas uno encuentra un BMW. Los bares sofisticados inundan las calles del centro y Sanita insiste que si algo le avergüenza al letón, es ser pobre. No faltan los sitios ostentosos a los cuales ir los fines de semana (pago el trago más caro de mi vida en uno: 4 Lats por vodka con jugo de manzana que le disparo a mi host), ni las boutiques italianas en las cuales despilfarrar el dinero. A pesar de tener uno de los ingresos per cápita más bajos de Europa (es decir, un poco superior al de México), los letones aprovechan su riqueza recién adquirida y la reciente prosperidad para ostentar: no es raro que en Riga las fiestas privadas lancen fuegos artificiales al cielo, ni ver Hummers en la calle. Una mezcla de capitalismo global y temperamento periférico. 15% de inflación anual durante tres años seguidos ha bombardeado la economía de los letones, pero la gente sigue siendo lo suficientemente vanidosa como para mantener a flote los shopping malls, las boutiques, y los restuarantes caros. Como en todos lados.

Políticamente, son derechistas: votan por un gobierno que les quita el 40% del salario en impuestos pero que es incapaz de hacer una identificación nacional porque lo considera muy caro. Durante la marcha Gay Pride del año 2006, los partícipes fueron bañados con heces humanas y huevos.

Sin embargo, el país avanza: la gente está más contenta con el nuevo sistema que con el comunismo, y las cosas mejoran poco a poco. El cementerio político envejece y se vienen nuevos tiempos más apacibles comparados con los de otrora. El calentamiento global le ha concedido un clima ligeramente más bondadoso (me comentaron que este año sólo estuvieron a -30°C durante una semana), y más gente del mundo empieza a visitar este rinconcito en sus viajes. Por sólo 30 euros, vuelo redondo, los letones pueden conocer Alemania, Suecia, España, entre otros destinos europeos, por los que sus exigencias políticas y sociales se vuelven más primermundistas (¡lo que es tener hacia dónde mirar!), y la cosa pinta más o menos bien económicamente.

De todas formas, es el único lugar de viaje donde he podido comer sentado en más de una ocasión (no es muy caro; los precios son relativamente similares a los de la ciudad de México), y el verano es de una dulzura extraordinaria. La noche llega tarde, muy tarde (como a las 11:30, y amanece otra vez a las tres) y el río Daugava, con su enorme caudal de 500 metros, divide Riga en dos. Y no hay nada más apacible que sentarse a ver esas aguas turbulentas de chocolate nadar lentamente hacia el mar, con las agujas de Riga en el fondo. Y es probablemente uno de los pocos lugares donde se puede seguir sintiendo la extranjereidad en este continente: percibo las miradas que insisten en escudriñarme con esos ojos azules tan letones. 99% de los ojos que veo en la calle son azules. No hay casi inmigrantes de sitios más tropicales (sólo los rusos, ucranianos y polacos) y las únicas cabezas negras son pintadas. Miro, miro. Hay sol hoy en Riga durante algunos segundos. Luego llueve. Luego queda nublado. Por la noche vuelve a salir el sol. Clima patagónico en Europa. Mercedes policromados en la calle, la ciudad atravesada por ríos que chorrean entre los parques y entre los pastos. Me han prestado nuevamente una bici: pedaleo por la calle, y los relieves de la ciudad (de sus tumbas, de sus catedrales, de sus árboles que presumen su fulgurante verdor temporal, de las casas de Albert Iela, consideradas por la UNESCO como los mejores ejemplos de Art Nouveau alemán en el mundo, de sus tabiques soviéticos que se imponen en el horizonte como recuerdos de algo insuperable) y uno piensa, bueno, quizá esto, Letonia, no sea mucho. Pero de que es algo que vale la pena (es interesante, torvo, cambiante, contradictorio, como el claroscuro de las nubes bálticas que simplemente van pasando y mojando y amenazando y agrisando), pues bueno, de eso ya no me cabe la menor duda.



Fachada art nouveau, Albert Iela


Puentes de Riga, vistos desde la Torre de San Pedro



La catedral ortodoxa vista desde el Hotel Latvija



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