miércoles, 3 de diciembre de 2008

Warsawa - Berlin




De puto milagro estoy en Berlin. He dicho, de puto milagro. Estuve a 30 segundos de perder el tren. Toda una cadena de sucesos nimios que empezaron con una persona que se coló frente a mí en la fila de una miscelánea en Varsovia, media hora antes de la hora de salida. Así es. Se paró frente a mí. No le reclamé. Recuerden que no sé polaco....además, el tipo sólo llevaba un par de artículos, no me pareció tan grave. La señora se tardó un minuto en darle el cambio al señor, quien pagó con un billete. Pero fue el minuto crucial. Consecuencias: gracias a ese minuto, me salió la luz roja peatonal en la esquina cuando salí a la calle. Gracias a esa luz roja, cuando llegué al metro, éste se acababa de arrancar. Lo vi cerrar sus puertas. El siguiente llegó varios minutos después, y yo que me cagaba.



Lo bueno es que sólo faltaban dos estaciones. Lo malo fue al salir del metro. No había forma de distinguir las distintas caras del estalinista Palacio de Ciencias...eran todas idénticas. Hormigon, estacionamientos, todo igual. Consecuente desorientación. Revisé mi reloj. Faltaban siete minutos para la partida del tren a Berlin, y yo no tenía mi maleta aún. Me acerqué a un señor y pregunté un conciso y monosilábico “Train?” Se me quedó viendo sin entender nada. Iba con un niño. Respondía algo incomprensible. El niño tampoco sabía inglés. Train, train, comboio, trén, trem. Intenté de varias formas, todas inútiles. Hasta “chu chú” hice. Nada. ¿Qué resta? Correr. Es lo bueno, que antes del viaje corría ocho kilómetros tres veces por semana, a veces hasta hacía sprints. Nuevamente ubico el letrero del Hard Rock Café y así logro ubicar la estación de tren, que de lado es como un ladrillo con entradas. Corro hacia la parte subterránea. Tres minutos. Llego a los lockers. Reviso: mi llave no tiene el número. Santa mierda. De pronto, recuerdo el número. Pero ninguno de estos casilleros es. Hay más en el otro extremo. Minuto y medio. ¡Corre! ¡corro! como la mierda. Encuentro el locker, abro, saco mi mochila, extraigo el boleto, miro el número de plataforma y bajo como loco las escaleras hacia mi tren.

Lo abordo, las puertas se cierran treinta segundos más tarde. Y pues ya. ¿Apoco querían que pasara algo más?




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Ruinosos suburbios. Adolescentes que esperan junto a paredes llenas de grafitti: Lena , Karol, entrelazados por un corazón que palpita junto a lo que parece ser una hoja de marijuana. Es verano, no hay escuela. Es verano, y a la sombra de un puente se toman de los manos.

Por la ventana del tren, s e a l e j a n .

Pasan las horas y leo. Pasan los campos, los pastos reemplazados por trigales. Campos devastados. Escasos árboles adornan el paisaje. Pasan las horas y se enrojece. Es el atardecer más temprano del último mes. Paso yo también. Paso pasando.




Aquí acaba un país. Aquí empieza otro.

martes, 14 de octubre de 2008

Varsovia express

primera impresión del centro


multifamiliares reflejando el sol de mañana


Buenas noticias: Estoy en Polonia, en Varsovia, y es una ciudad nueva.

Malas noticias: Estoy en la estación de autobuses, no sé polaco, son las 5:40 de la mañana.

No tenía pensado venir, así que no tomé las previsiones básicas. O sea que no tengo fotocopias de una guía, ni información práctica de ningún tipo sobre la ciudad. No sé decir 'hola'. No sé decir 'adiós'. No sé decir 'sí'. No sé decir 'no'. No sé decir 'gracias'. No sé decir 'Por favor'. Sé decir "puta", por supuesto. Se dice 'curva'. Me lo enseñó un niño polaco de mi escuela, se llamaba Rafau. A su papá y a él les daba mucha risa ver los letreros carreteros en Latinoamérica que decían: "Precaución: Curva peligrosa".

Buenas noticias: En Varsovia hay metro, eso recuerdo haberlo leído alguna vez.

Malas noticias: No sé si esté cerca de aquí.

Salgo a mirar: unas calles lejanas y sucias, con aspecto de suburbio tercermundista. Un sitio de mierda. En la mochila llevo todas mis cosas. Laptop, ropa, libros. Sobre todo me preocupa la compu. Quién me manda a no terminar los trabajos finales estando en México.

Buenas noticias: Está saliendo el sol.

Malas noticias: La ciudad sigue dormida.

En la estación de bus sólo hay homeless y borrachos. No es precisamente mi ambiente predilecto. No me gustaría quedarme aquí mucho tiempo más. Tengo ganas de ir al baño pero no tengo a quién dejarle encargada la mochila.

Buenas noticias: Cambié dinero polaco (zlotys) en la frontera lituana.

Malas noticias: Sólo cambié 5 euros. No alcanza para un taxi.

Miro a mi alrededor: veo dos mochileros que caminan hacia el puesto de periódicos. No es la primera vez en el viaje que pido esta clase de ayuda. En San Petersburgo, caminé junto a un hombre por 20 minutos sin cruzar una sola palabra, cada quien con su maleta. Lo intercepté a la salida de la estación de autobuses y le pregunté "Gdié Metro?". Me indicó que lo siguiera. Cruzamos un barrio malo, había pintas nazis en las paredes, el camino no era recto. Si me hubiera aventurado a buscar el metro solo, es posible que las cosas no hubieran terminado bien. Al llegar al metro me despedí de él a lo lejos. Lo más seguro es que jamás lo vuelva a ver.
El caso es que me acerco a los mochileros. Un chico y una chica, de unos 22 años. La mujer sabe inglés. Me explican que hay que comprar el boleto de transporte público con el periodiquero. Eso hago. Luego los sigo. Cruzamos unos pasillos subterráneos de la época comunista. Están llenos de suciedad y vómito, y de más miserables. Hay también algunas máquinas tragamonedas, y otras para apostar. Vaya casino de mierda. No sé a qué clase de desesperado se le ocurra que la buena suerte lo espera en un lugar así. No inspira nada de confianza. Otra obra comunista convertida en estercolero del capitalismo.
10 minutos después llegamos al tranvía. Resulta que ella se llama Natalia y él Victor. Llegaron hoy después de pasar un tiempo en los cárpatos ucranianos, donde fueron de práctica antropológica para ver a un grupo autóctono del que yo jamás había escuchado.

Buenas noticias: Después de veinte minutos y un trasbordo al metro, estoy en el centro.

Malas noticias: Son las 6:20. Nada está abierto.

Me siento en la estación de trenes. La taquilla está abierta. Prometí a Marlene que hoy por la noche estaría en Berlin, así que nada más tengo un día en Varsovia. Pregunto antes por unos lockers. Junto a las plataformas de los trenes, me indican. Bajo, coloco mis cosas en uno, entro a un local de los pasillos interiores en el que veo unas computadores con internet. Ocho horas de diferencia, mis contactos mexicanos del MSN están conectados. El teclado es un desmadre. Ą, Ę, Ś, Ź, Ż, Ń, Ł.
A pesar de que hace más de un mes que no entro al messenger, sólo me habla una persona. Nadie me ha escrito un correo. A las 7 a.m. me levanto a buscar otra cosa.

Buenas noticias: En la estación de tren hay un quiosco de información turística.

Malas noticias: Abren a las 9.

Me acerco a la taquilla con mi pase. Si pago un suplemento para el tramo de Polonia es posible que el boleto a Berlin no le tenga que pagar, pues tengo un pase de tren válido en Alemania. Do you speak Enlgish?, pregunto en la taquilla. Ella asienta. Le muestro el pase. Ella revisa. Me dice que no. Le pido una razón. No me la da.

Buenas noticias: Tengo una tarjeta de débito en la que aún restan 60 euros. Es lo doble de lo que cuesta el boleto.

Malas noticias: No sirve su pinche terminal para tarjetas. Puta madre.

Avanzan los minutos sin que tenga algo resuelto. Pienso un poco en Gombrowicz. Es el único literato polaco al que he leído. Me asomo a la calle. No veo nada que tenga cara de filifor, pero sí varios cuculitos.

Buenas noticias: Hay un cajero automático

Malas noticias: No sirve.

Todo esto comienza más y más a parecer una conspiración ojete. Los mendigos empiezan a dejar la estación de trenes, y llegan viajeros. Un grupo de tipos con bicicletas, por ejemplo.

Buenas noticias: Al quinto intento, la máquina por fin me suelta el equivalente a 50 euros en moneda polaca.

Malas noticias: Me cobrarán una comisión manchada, lo sé.

Ya con el boleto de tren en la mano, todo mejora. O al menos me siento más tranquilo. Decido salir a ver el centro. Lo primero que veo es un enorme edificio de corte estalinista. Lo segundo que veo es un letrero del Hard Rock Café. Camino un poco hasta que encuentro un supermercado en el que me compro un yogurt Activia (las mismas marcas, pero de sabores que del otro lado del mundo no se encuentran; por ejemplo, sabor cassis o fresa salvaje. Ahí se acaba la originalidad del capitalismo.) y una barrita de cereal. Dos policías no dejan de seguirme de una forma muy evidente. Uno se detiene junto a mí en los refrigeradores. Escondió su gafete y finge ser un cliente. Si supiera un poco de polaco le mentaba la madre.
Me siento nuevamente en un país discriminador y racista. Recordemos que Polonia tiene tropas en Irak, que el gobierno anterior trató de convertir la homosexualidad en crimen y quitar Ferdydurke de las lecturas obligatorias y suplantarla por las obras completas del Papa Karol.


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Un enorme rascacielos de vidrio compite con los fragmentos comunistas. Lucha de escuelas. Todo destruyen en Varsovia. Lo que no destruyeron las bombas, se encargarán de destruirlo los arquitectos. Las avenidas son amplias y están vacías. Es temprano y siento calor. Camino sin un mapa. Camino sin rumbo. No encuentro el casco histórico, no encuentro nada. Sólo calles con nombres nuevos (estoy seguro que ésa avenida frente a mí no lleva toda la historia llamándose "Solidaridad", ni ésta otra "Jawna Pavla II"). Varsovia, ventarrones. Varsovia: hace más calor del que he sentido en todo el viaje. Varsovia, los fragmentos...

Me quedo un rato leyendo en el jardín Saski, el jardín aristócrata más viejo de la ciudad. Las estatuas son lindas, pero no es nada del otro mundo. Pasa un tipo en una bicicleta. Cómo me gustaría tener una bicicleta. En lugar de eso, tomo el metro un par de estaciones. Desciendo y camino entre los edificios. Encuentro monumentos, placas. Varsovia está llena de recordatorios. Que si aquí cayó una bomba, que si aquí cayó otra. Que si la invasión, los mártires, la sangre, los defensores, y los muertos.
Otra ciudad/herida más. En el Museo histórico de Varsovia, adyacente a la plaza principal, llego a tiempo para la presentación de una película. Es sobre la guerra. Pasan la película todos los días justo al mediodía, dura media hora. A pesar del sepia, el mensaje es claro: la destrucción durante la guerra fue total. Desde el río Vístula, las cámaras muestran una toma de una ciudad reducida a brasas. Los datos son alarmantes: casi 12% de la ciudad fue aniquilada. 600 mil personas murieron. Sobre todo en el centro, en la parte amurallada. Así que todo esto que está a mi alrededor, pienso, no es más que reconstrucciones, ruinas habitadas.


Plaza central
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En un plaza encuentro vendedores de cerveza. Compro un vaso. El sabor es extremo....dulce, fuerte, negro. Tiene 10% de alcohol. Dos vasos después, camino borrachito por la calle. Me queda un poco de cerveza en el vaso. Me recomendaron visitar la calle principal, pero cuando llego es una calle con sucursales de Zara y mierda por el estilo. Me voy por otra. De pronto, un niño se echa a correr y no se fija dónde va. Como estoy borracho no respondo a tiempo, el niño se me estrella y me tira la poca cerveza que me quedaba. Me vale madres, ya estaba caliente. Unos pasos más adelante, veo una paloma salir volando de una tienda. En el metro también había palomas: parecían estar esperando el tren. Un poco más adelante, veo un escarabajo pintado como taxi mexicano, y una palmera de plástico en el centro de una avenida, réplica de la de Río Rhín y Reforma, en el DF.
Varsovia.




¿Taxi? No.


Palmera plástica.

sábado, 11 de octubre de 2008

Expreso a Varsovia



No tenía pensado venir a Polonia. O sea, cuando salí de México, lo que menos tenía pensado era que un mes y tres días después estaría parado en la central de autobuses de Varsovia. Mi pase de tren lo indicaba claramente: Portugal-Spain-France-Germany-Sweden. Pero ya ven: A veces las cosas no salen a lo planeado. Afortunadamente, creo.
Así que son las 6 am. Llevo todo el día y toda la noche viajando. Salí de Tallin en un autobús a las once de la mañana, cruzamos la carretera que bordea el brillante y hermoso báltico, atravesando bosques de robles. Riga, tres de la tarde: En la estación de buses espero el nuevo autobús que habrá de llevarme al sur. Viene con más de una hora de retraso, ya son las seis. Un mendigo ruso me habla. Ia ni panimaiu, respondo cortante, ya un poco molesto por el retraso del bus. El autobús es de la línea Ecolines, y viajará de Riga hasta Sofia. Mi asiento es junto a una ventana del segundo piso. No tengo ganas de hablar con nadie, y me absorbo en una lectura (Life and times of Michael K., JM Coetzee) hasta que me canso. Por la ventana han ido desapareciendo los bosques. Lituania: la campiña de flores amarillas, los puntos anónimos del mapa. La verdad es que algunos tienen nombre, pero los desconozco.
Ni siquiera nos detenemos en Vilnius. Pasamos los puentes y rascacielos con prisa. Da apenas tiempo de distinguir rascacielos, puentes, una torre de TV, Minstrar y Lyde por la A-4. En la terminal de autobuses, una explanada de pavimento en lo alto de una loma, el autobús se detiene un momento para que los ansiosos fumen un cigarrillo. El cielo es el cielo más negro que he visto en las últimas cuatro semanas. Es decir, cumple con los requisitos de un cielo nocturno en cualquier otra parte del mundo que no sea el norte de Rusia en verano. Regreso al autobús e intento divisar algo entre la noche: un bosque lejano, pasto amarillento. El movimiento del autobús termina por arrullarme y me quedo dormido.

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Un ligero golpe en la pierna interrumpe el sueño tan difícilmente logrado. Se trata de un policía gordo y rubio que me pide el pasaporte. Le hago entrega del documento mexicano y, como siempre, no saben exactamente qué hacer con él. Son las 2:33 a.m. Unos momentos después, me devuelven el documento. Por la ventana veo las siluetas de unos puestos fronterizos abandonados. Un par de minutos después, suben otros inspectores. Oficialmente esto es territorio Shengen, así que no hay sellos. Pero de todas maneras hay inspección, no vaya ser que algún bielorruso o ucraniano se esté colando a la UE.
No distingo el idioma, pero supongo que hablan ya polaco. Estonio, letón, lituano, polaco. Ahí van tres familias lingüísticas. ¿Cuánto tiempo de mi vida tendría que estudiarlos para hablarlos con decoro? Y ni se diga el ruso: los anuncios de la dependienta del autobús los han venido pronunciando en dicha lengua, a pesar de que el autobús ni ha tocado la federación rusa. Me es más fácil guiarme por las placas de los autos: Est, Lat, Lit, Pl, acompañado de estrellitas. Sólo así sé dónde estoy y a dónde voy.

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Despierto. La campiña polaca: trigales áureos, como incendios. Una casa entre kilómetros de pastos. Un cielo morado como si se estuviera rompiendo en pedazos. No sé si lo estoy soñando o lo estoy viviendo.


Frontera (abolida) entre Estonia y Letonia.


Torre de TV de Riga, vista desde el autobús

martes, 16 de septiembre de 2008

Kuus, seitse, kaheksa, üheksa, kümme (Estonia del seis al diez, y la redención de Santiago de Chile)

vista satelital de Estonia



6. Kuus


Nota
Preocupaciones: el invierno es cada vez menos frío. El año pasado no se congeló el Báltico y fue imposible manejar sobre el mar de hielo para ir a Finlandia, pasatiempo altamente disfrutable para los habitantes de estas tierras. El verano aquí es artificial. Lo que define al báltico y sus naciones es el inmundo frío que congela y atormenta. No por nada son algunos de los pueblos con mayor índice de suicidio en el mundo.

7. Seitse

Noche: Me lo describen como The local shithole. El mierdero local. Estaba más lindo el lugar frente al Olde Hansa. Me hubieran visto: desplegando mis (nulas) habilidades de bailarín con las estonias. Conque te muevas, ya es más de lo que hace el hombre promedio por aquí cuando va a un antro: quedarse sentadote con una cerveza o una botella de cidra en la mano.

Aquí hay mucho rocker fantoche, mucho escuincle. Siento que alguien está siempre a punto de vomitarme encima. A las 2 de la mañana, con el sol infatigable rayando el cielo azul incandescente, esto no se parece a nada de lo que haya experimentado jamás en mi vida. ¿O sí? No tarda mucho en aparecer la voz de la homofobia molotoveña, y más extraño aún, varias voces a modo de coro que repiten el epítetos máximo de la homofobia mexicana. Sí, sí. Puto. Cultura aquí es cultura allá. El mundo es un lugar pequeño, carajo. ¿Qué tan pequeño? Se me acerca un chico. Tiene pelo chino, como el de un amigo. Se me hace familiar. Me dice lo mismo. Ah, es verdad. En mi primer día en San Petersburgo, me resguardé de la lluvia leyendo Coetzee durante una hora bajo las columnas de un edificio del centro. Y ése chico estuvo ahí la media hora, sentado también. Y en ése momento no nos hablamos, pero ahora nos reconocimos.


8. Kaheksa

cárcel política soviética

Hay pocas formas mejores de conocer una ciudad que caminando, pero las hay. En bicicleta, por ejemplo. ¿Y mejor que en bicicleta? En bicicleta, borracho. ¿Mejor que eso? Con una guía que te cae a toda madre, con la que llevas tres días manteniendo pláticas profundas, graciosas. Contando chistes, y metiéndote al mar helado (a los 59 °N, establezco una nueva marca personal y supero la del Parque Nacional Tierra del Fuego a 55°S). ¿Cómo le hizo para caerme tan bien? ¿Y para entenderme tan bien? No lo sé. ¿Será que el capitalismo global realmente cierra brechas? ¿O será simplemente nuestra humanidad compartida? La globalización es un saco lleno de mierda, de prosperidades engañosas y desconsuelos comprobados. Pero aquí en Estonia he descubierto, entre muchas cosas, que hay puntos de encuentro que no deben de ser desaprovechados. La cultura global es real. Hace cien años habría resultado mucho más difícil que un Mexicano viniera a un lejano y pequeño país, y más difícil aún hubiera sido que se hiciera amigo en tan poco tiempo de los locales. Ahora, en cambio, me resulta tan natural, pues tengo más que ver con mucha gente que he conocido en este viaje que lo que tengo que ver con mis vecinos.

The coffee shops, the drunkness, the scars, the advertisements I can't read. Where will it go when I'm sober? Where will it go when I die? El bosque, la playa: radiantes, llenos de madera, olor fresco, azules. Esa playa que estuvo durante toda la guerra fría vedada a los bañistas por razones de "seguridad nacional". Chapuzón: acercarse tímidamente al agua, sentir los primeros rasguños del frío. Me sumerjo y de un golpe a la cabeza, la ebriedad se desvanece.


9. Üheksa

Pasar una tarde de convivencia es la consigna. Pasamos antes al mercado de los rusos. Es la parte pobre, el mercado está lleno de vagabundos: viejitos cojos que avanzan lentos con sus muletas y tienen venas abultadas en la frente. Son rusos. La marginalidad escribe en cirílico, queda claro. Es un revés de las políticas soviéticas que pisoteaban a los que hablaban estonio y le entregaban en bandeja de plata los altos puestos de la burocracia nacional a los rusos. Nada es para siempre. Los estonios vuelven a ser dueños de su país, y aunque no lo admitan, las políticas tienen cierto aire de venganza. Por ejemplo, hay rusos que llevan 30 años viviendo en Estonia. Vivían en este país al momento de la caída de la URSS, o eran hijos de rusos, pero nunca aprendieron estonio pues la educación básica y el idioma oficial en el trabajo era el ruso. Hoy por hoy es casi imposible que reciban la nacionalidad estonia, pues además de jurar lealtad a la constitución de dicha nación, deben pasar un examen de lengua estonia (uno de los idiomas más difíciles de Europa). Como tampoco están registrados en Rusia, y no se permite la doble ciudadanía (por miedo a las injerencias de una eventual población mayoritaria rusa), está de más decir que un buen porcentaje de las personas en éste, el más nórdico de los países bálticos, carece de un pasaporte nacional e incluso resulta común el otorgamiento de pasaportes extranjeros para los ciudadanos que no han podido cumplir los estrictos requisitos necesarios para obtener la nacionalidad.

Los rusos son marginados, pero mantenen lazos comunitarios importantes. En ciudades como Narva (en la frontera con Rusia) alcanzan a ser el 86% de la población. El mercado de Tallin es una muestra de la comunidad rusa. Venden, además de frutas y verduras frescas, conservas típicas de otras partes de la unión soviética. Por ejemplo, la deliciosa salsa de ajo armenia conocida como adzshika (ver foto anterior), y que no le pide nada a una buena salsa mexicana.

arándanos frescos

Compramos verduras y condimentos. Luego pasamos por el supermercado por tortillas de harina, y ungüento de miel. ¿Ungüento de miel? Claro. Vamos a pasar una tarde entre amigos, cubiertos de miel, desnudos en una sauna. ¿Cómo no amar Escandinavia? No sólo eso: estaremos a 80 grados centígrados, respirando vapor caliente que nos quema los poros, los ojos, las fosas nasales, y los pulmones. Y nos estaremos golpeando los culos con ramas de un arbol. No, no es una tarde con los fetichistas locales, sino un pasatiempo nacional.

Markos prendiendo el sauna

Kadi posando: ¡Vengan las flagelaciones!


parrillada hedonista

10. Kümme

¿Qué tienen que ver Santiago de Chile y Tallin, Estonia? Tienen todo que ver. Resulta que en diciembre de 2002, con 18 tiernos añitos, estaba en la ciudad de Mendoza, Argentina, pasándola a toda madre. Es decir, Jey y yo habíamos conocido a dos chicas formidables y guapísimas que nos llevaban de juerga a bares donde tocaban punk rock, que nos invitaban a comer galletas recién horneadas a sus casas y que se sabían los mejores lugares para comer vegetariano en la ciudad. Encima de todo, Argentina era un regalo para cualquiera con divisa extranjera. Por ejemplo, 5 pesos argentinos (1.6 USD) era todo lo que necesitabas paa comprarte una pizza acompañada de un litro de cerveza.

Estábamos pasándola de huevos, pero ya teníamos un boleto comprado a Santiago. ¿Qué había en Santiago? La promesa de un mañana; o sea, una decepción en potencia. Cualquier cosa. El caso es que llegamos a Santiago, y lo primero que ocurrió fue que nos estafó el taxista. Acto seguido, el hotel donde nos quedamos era el más caro en lo que iba del viaje y el más feo. Por las noches se escuchaban por la ventana los botellazos y los borrachos: era el barrio de las putas. En los pasillos del hotel caminaba un rasta con cara de lelo que daba la impresión de estar hasta la madre de mona. Mi amigo chileno --quien quedó de que iba a vernos el día en que llegáramos para ir de fiesta-- estaba más borracho que el carajo cuando le hablamos y luego se quedó dormido y ya no lo vimos. No nos alcanzaba para comer más que papas fritas: veíamos las pizzas en los aparadores y se nos hacía agua la boca, pero el bolsillo no daba. Al carajo. Pasamos cuatro días pensando nostálgicamente en Argentina y, como si fuera poco, lo último que nos ocurrió fue que cuando salimos del hotel, un panameño loco que decía que los skinheads chilenos le habían destrozado su tienda por racistas y por tanto se estaba refugiando de ellos en el hotel, mentaba madres mientras a su mujer le daba un ataque con convulsiones y toda la cosa. Nos fuimos antes de que llegara la ambulancia.
Esa tarde tomamos un autobús hacia Osorno, pero a Mendoza ya no hemos regresado.
Durante meses y años pensé que, de haber tenido otra oportunidad, me hubiera quedado en Mendoza. Si uno encuentra un lugar donde está pasándola bien, no tiene por qué dejarlo. Los tiempos de viaje no son inamovibles, sino que hay que seguir el flujo del movimiento interno y el geográfico. Si uno encuentra una vectriz donde estos factores confluyan en equilibrio, es mejor no agitarlos. Lo aprendí a las malas en Santiago, pero creo que me redimí en Estonia. Estocolmo era la promesa de una ciudad cosmopolita, de un sitio de renombre. De una gran ciudad capital, como Santiago. Tallin es una ciudad periférica, un rescoldo. En Estocolmo todo cuesta el doble que en Tallin (donde los precios se parecen al DF) y no tenía quien me diera hospedaje. Las señales eran demasiado similares. Además, aquí está mi felicidad en este momento. ¿Y mi boleto de ferry a Estocolmo? A la mierda con Estocolmo, a la mierda con las promesas: yo me quedo con el tiempo presente, me quedo con Estonia.
Exhalo humo sabor manzana de la pipa. El día es gris, se avecina la noche. ¿Para qué vas a Estocolmo?, me preguntan. Quédate acá, es más divertido, me incitan. Y en efecto: sólo requiere una llamada de teléfono a la compañía de Ferry para pedir que me cancelen el boleto. Está decidido: Aquí me quedo.

Üks, kaks, kolm, neli, viis...Estonia del uno al cinco (una de dos)


1. Üks

Y pensar que Estonia sería un mero puente. Una excusa, un pretexto, un paso intermedio entre Rusia y Escandinavia. Y pensar que Estonia sería aburrida: dos días recorriendo los museos, el casco medieval; tomar unas fotos desde los espléndidos miradores, beber una cerveza, aprender un par de palabras, y olvidarlo todo. Es lo que me gusta de este oficio: que nada es como uno se lo espera.

No sé nada acerca de Estonia. Nada. Sé que el lenguaje es indescifrable, que hace frío, que la gente es güera. En la última estación de autobús antes de llegar a la UE (Ivangorod) me gasto mis últimos rublos en tres empanadas: una de col, otra de manzana y otra de papa. Lo bueno es que después de dos semanas en Rusia por fin aprendí a decir “veguetarianis”. Dejo San Petersburgo, un adiós más. Si no me salgo el día en que vence mi visa la guía dice que lo más seguro es que vaya a dar a la cárcel durante un par de días, en lo que consigo la extensión, para luego salir deportado. Así que no queda de otra más que tomar otro autobús, atravesar otro país, buscar otra ciudad. Cuando te sientas demasiado cómodo, cuando te sientas demasiado satisfecho, sabes que es hora de irte. Que es hora de dejarlo todo, otra vez. ¿Ganas de sufrir? No lo sé. Tal vez sólo me gusten las segundas oportunidades, la posibilidad de reinventarme todos los días. O eso sospecho. En realidad, nada es seguro. A las 18:10 de la tarde estoy en Tallin, con 10 coronas y 10 euros en la bolsa. Cambio estos últimos y me compro una tarjeta de teléfono. Kadi ya me espera en la estación de autobús. Cuando la veo, reconozco a alguien en ella de inmediato: ojos grandes, labios sonrientes, pecas y pelo corto. Chu-lí-si-ma. Es la versión báltica de mi amiga Diana. Hasta en su forma de gesticular y entonar: la escucho hablar por teléfono y sé que si Diana hablara estonio, así sonaría.



2. Kaks

Tallin: Kadi vive muy cerca del centro. Salimos a caminar. Ella y su hermano, Siim, me van explicando. La primera impresión de la ciudad en sí es artificiosa. Un montón de callejones medievales renovados y decorados con indumentaria supuestamente hanseática para deleite de los turistas de los cruceros que bajan una tarde a la ciudad y aprovechan para tomar unas fotos, comer en un restaurante caro, englutir un helado, y olvidarse de todo por la noche. Y los hay a montones: esos patanes de shorts, chancleta con calcetín, cámara colgada del cuello. El centro de Tallin fue hecho para ellos: boutiques con ropa de diseñador, muebles escandinavos, y restaurantes con la ominosa leyenda “tourist menu” escrita en un pizarra y acompañada de un precio en euros.
Tallin senil y burgués. ¿Qué chiste tiene?
Es agradable pasear por calles que uno sabe que son más viejas que las pirámides enterradas bajo la plancha del zócalo. Es interesante pensar que esa iglesia de apariencia notable (St. Olav) fue alguna vez el edificio más alto del mundo. Pero eso no es nada. ¿O sí?


Catedral de St. Olaf


3. Kolm


Aprendo un par de palabras: te-ré (tere) es hola, y ahí-ta (aitäh) es gracias. Jäääär es "orilla de un trozo de hielo". El estonio es de la familia fino-ugra. Eso significa que está emparentada con el húngaro y el finlandés, y además de éstas y el vasco, es una de las únicas lenguas en Europa que no es de origen indo-europeo. La lengua cuenta con catorce casos, y no existe el tiempo futuro. Para decir yo seré, la construcción -según entendí- es algo como "Mañana yo estar". O como quien dice, la construcción lingüística tiene una obsesión con el presente, a tal punto que los estonios están condenados a pensar en el ayer inamovible y la inaprehensibilidad.

Por ejemplo, si de lo que se trata es de proclamar que 'en una sociedad que ha abolido toda aventura, la única aventura restante es la de abolir a la socided', tendrías que decir Ühiskonnas, mis on hävitanud kõik seiklused, on ainus seiklus ühiskonna hävitamine.


Fácil, ¿no creen?



4. Neli



Por la noche, fiesta de cumpleaños. La cosa cambia: manejamos a las afueras de Tallin, a un barrio rodeado de bosques de robles. La casa a la que vamos es la de uno de los arquitectos de mayor renombre del país. La esposa es una afamada diseñadora textil, y la casa está llena de cuadros modernos, y colchas de patrones vanguardistas. Tiene ventanales enormes y una distribución tan ecléctica (baños y cuartos en el primer piso; el estudio es una especie de terraza luminosa y circular que se extiende en el segundo piso como la popa de un barco) que incluso ha llevado a que la casa aparezca en algunos libros de arquitectura. De inmediato me ofrecen tragos y comida en abundancia. En la terraza de madera nos sentamos a tomar vino, comer fresas y platicar.¿De qué podré platicar con personas de Estonia? En realidad es fácil.


Comida: ensalada rusa, cerezas, ponche casero, pastel, queso ahumado)



5. Viis

Conversación: escuchan atentamente mi breve recuento de la guerra contra Estados Unidos y despierto la empatía estonia. Me siento algo así como embajador honorario de mi pueblo, todo debido a que encontré el vínculo más sólido entre ambas naciones: tanto ellos como nosotros sabemos qué se siente tener un vecino ojete. Hace menos de un año el Kremlin estuvo involucrado en el haqueo de las redes gubernamentales como represalia a la remoción de una estatua al soldado desconocido que algunos rusos que viven en Estonia (la población rusa es un 17% de la población) visitaban cada año para conmemorar la fecha de la ocupación soviética. Tomamos más cerveza. La gente es amigable, amable, afable. Tallin me gusta, me sienta bien. Aquí me siento en casa. Qué raro.


domingo, 17 de agosto de 2008

Sábado por la tarde...



Sábado por la tarde. Fajitas de tofu (1.80) y setas (200 gramos, 2.20) envueltas en tortillas de maíz (paquete de ocho, 4.10) acompañadas de auténtico guacamole (aguacate y dos cebollas, 3.20). Me puse guapo. Anne y Nicholas, en cambio, se ponen guapos con el queso. Después del festín vegemexicano en tierras napoleónicas, engullimos trozos de baguette embarrados de algo que tiene nombre de ciudad y un olor que recuerda a los zapatos de un futbolista. Duda, hesitación, ligera revoltura en el estómago: trago de vino tinto, y todo mejora. Epouisse: Un auténtico peligro. Me como mejor el queso de cabra de textura cremosa y sabor exquisito.

Ponzoñoso epouisse

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Notre Dame: Sasha y Marina me esperan a las afueras. Llego tarde porque el RAR no funcionaba bien. Hacemos la fila y entramos (¿no que no eras turista?, reclama una voz interior) y es enorme. La coronación de Napoleón ocurrió ahí, donde mi dedo señala en este momento. La virgen de Guadalupe también tiene su rincón. Les relato a mis amigas la historia de la Tonantzin mientras van llegando otros mexicanos cámara en mano a rendir homenaje a lo inexistente. Las explicaciones son lo de menos.
5 euros por subir a la torre. No los pago. Nos salimos y tomamos el metro para llegar al otro lado de la ciudad, a la tienda de pizza donde trabaja Sasha. Compartimos una porción vegetariana y luego Marina y yo tomamos el metro de vuelta a La Chapelle. Me siento a escribir sobre cualquier cosa, y como resultado surge este texto.

Eglise de St. Bernard, La Chapelle

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No me atrevo a comprar el boleto de tren. Judith no me ha contestado el correo. Judith es mala contestando correos, eso lo sé. Es más: la postal que le compré en Oaxaca el año pasado sigue en mi bolsa porque nunca me mandó su dirección. Se la daré esta vez, si es que me contesta. De pronto pienso que me quedaré por siempre aquí en Paris porque Judith me contestará el correo en dos años.
Voy al internet en La Chapelle, el barrio inmigrante. Me dan una compu que tiene el explorador abierto y descubro que el último tipo que usó esta máquina antes que yo buscaba información sobre un clérigo islámico en youtube. Globalización. Reviso mi correo: Judith respondió. Rápido, a la Gare du nord.

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Cruzo los dedos porque no haya retrasos. El TGV sale a tiempo, y corre a 280 kilómetros por hora entre la campiña francesa (campos verdes cubiertos de nubes grises). Hago menos tiempo en llegar a la siguiente capital europea que lo que me tardo en llegar de Doctor Gálvez a Indios Verdes en el Metrobús. Justo antes de llegar a Bruselas me piden mi boleto. Lo muestro y resulta que tengo que pagar un suplemento de 20 euros. Los pago. Ya ni enojarse es bueno. El inspector pasa con un viejito cubierto de ropas viejas que había estado ocupando mi lugar al principio del viaje y le pide su boleto. El hombre empieza a gritar y parece a punto de escupirle la cara. Está indignado de que le acusen de ladrón. Controllez-vous, monsieur. Controllez-vous. Se tranquiliza. A fin de cuentas resulta que no tiene boleto. En Bruselas hace frío: por la ventana del tren la miro y no parece demasiado interesante (fachadas de ladrillos, townhouses, torres: cosas pintorescas pero nada extraordinario). De cualquier modo, éste no es el destino final. En la estación veo a un grupo de turistas repasando la orden del día. Es difícil saber a qué vienen a Europa, si a descubrir o a confirmar. Torre Eiffel, palomita; Góndola en Venecia, palomita; Bruselas, palomita; catedral de la Sagrada Familia, palomita. Felicidades, nadie conoce Europa mejor que tú. Aquí está tu premio. Bla.
Faltan 15 minutos para el tren a Köln y busco un baño. Se me acerca una señora con lápiz de labio de apariencia plástica cubriéndola la boca, me saluda amablemente y luego me pide una moneda para comer. En mi bolsa tengo media baguette, el equivalente a dos euros de queso, un plátano y agua. Los que más me han dirigido la palabra en este viaje salvo la gente del hospitality han sido los malandros y los timos. Todos piden dinero para comer pero todos se ven bastante nutridos. La señora no me inspira suficiente empatía como para darle dinero, sino todo lo contrario. No sé si sea gandalla de mi parte, pero así es. Encuentro el baño. 1 euro. No lo pago. El tren llega en quince, no es tanto. Me subo a la plataforma y espero. Llega el tren, ICE Frankfurt. Dejo mi maleta y busco el baño. Alivio. Encuentro mi asiento y espero a que arranque. Ruego a dios que no haya retrasos: el directo a Münster sale de Köln a las 20.21 y éste llega a Köln a las 20:15, así que tengo un margen de 6 minutos a partir de que el tren se detenga en Köln. Llegamos a tiempo. Estamos en Alemania y no entiendo ya nada. Desde la plataforma veo la hermosa catedral gótica de la ciudad. Extraordinaria. Si tuviera 20 minutos, una hora, la iba a ver. Pero no los tengo. El tren arranca y simplemente la veo pasar y desaparecer. Tal vez sería bonito pasar una noche aquí, recorrer las calles, enamorarme un poco. La ciudad es guapa. Por otra parte, y al igual que en la vida, uno no debe pasar la noche con cada guapa que se le atraviesa en el camino. Hay que saber resistir las tentaciones. Yo tengo que llegar a Münster por la noche así que eso es todo. Por eso me gusta viajar. Porque hace evidente eso. Que es ahora o nunca. Uno sabe que la oportunidad no volverá a venir (a veces apostamos al “ahí pa’ la próxima”, pero no hay que saber demasiado de la vida para tener conciencia de que a veces la “próxima vez” no llega nunca, y que las veces que llega, es distinta). La vida revela su carácter completamente transitorio y de cambio constante. ¿Me voy o se va la ciudad? ¿Las cosas permanecen en su lugar cuando yo ya me he ido? O también: tengo una cantidad limitada de dinero en la tienda más grande del mundo y no tengo forma de obtener más. La vida es eso: días que o se aprovechan o se pierden. Punto. Con la vida no podemos ahorrar. No nos podemos ahorrarnos a nosotros mismos para una mejor época. “Viajo cuando sea rico”, “el año que entra empiezo a dejar de ver tanta tele”, “hoy no le hablo a la chica que me gusta, lo hago mañana.” Ni madres. En la vida cotidiana, sabemos que mañana puede no existir pero como nuestra única experiencia está en la vida, nos confiamos y arriesgamos. En el caso del viaje, queda claro que mañana no existe porque ya habré tomado un autobús o un tren o un auto a una ciudad lejana. Es un suicidio permanente.


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Wuppertal, Dortmund, Westfalia. El tren local avanza a marcha constante y por la ventana sigue brillando el sol a pesar de que el reloj ya marcó las 10. Las casas parecen construidas a la orilla del bosque, en las pequeñas franjas entre las montañas. No falta mucho para Münster. En el altavoz del tren, la voz severa y cortante suena a la del único alemán que he escuchado con suficiente frecuencia como para reconocerle: Hitler. Sospecho que esto me va a ocurrir con cierta frecuencia en el viaje. Por la ventana: campos verdes y neblina que flota sobre ellos.

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Münster. Aquí es distinto. Las alemanas y los alemanes lo miran a uno distinto. No sé si como turco o como otra cosa. Pero al menos reconocen tu existencia, eso es más que Paris. No es que sean groseros allá. Sino que simplemente les vales madre, y se entiende. A mí también me valen madres. Estación de tren: borrachines, bicicletas, colillas de cigarro, chicles oscuros pegados a la banqueta, taparroscas. Una voz en alemán narra un partido de futbol. Se escucha una celebración, y luego otra celebración. La voz es tanto o más enfática que la del Führer. ¿A qué se viene a Münster? No lo sé. Yo aquí estoy. Vengo a ver a Judith y a conocer la ciudad. No sé qué más. Judith: la conocí en Chile junto con su amiga Angela, en un autobús de regreso de las Torres del Paine. Cenamos pizza la primera noche después de cuatro días de comer pan con mermelada en el parque, y pasamos el segundo día recorriendo Puerto Natales. Al tercer día se fue y me fui, y salvo unos cuantos email, no había vuelto a hablar con ella. Pero hay algo de Judith que es distinto a la mayoría de las personas que conozco, y es que Judith es de esas pocas personas con las que me entiendo y me siento cómodo de inmediato. Compartimos entendimientos del mundo, por decirlo de alguna manera. Así que aquí estoy. Unos bocinazos interrumpen mi pensamiento: supongo que habrá ganado Alemania en la Eurocopa porque el escándalo es total. Pasan muchas bicicletas y hay muchas otras estacionadas. Tengo hambre: la máquina dispensadora de chatarra vende papitas y e precio es la mitad o menos que en Paris. Alivio, II. De pronto, veo llegar a Judith en su bici a la estación de tren. Una bici entre muchas, Münster es un mosaico de ruedas, manubrios, metal: si cierras los ojos y te concentras podrás escuchar el sonido de una cadena que en alguna parte avanza. Hermosos ojos pardos, sudadera negra: sonríe, le sonrío, un abrazo y caminamos por la calle (olor dulce, hermosos pan artesanal en los anaqueles, una publicidad dice Arbeitgeberbewertung, y alemanes que tienen cara de alemanes).
Siguen los bocinazos. Le pregunto a Judith qué onda con eso, y me responde que Turquía vino de atrás y ganó su partido contra República Checa. Por supuesto, le respondo. Media cuadra más adelante nos detenemos en un Döner Kebab a comer falafel. Todo tiene sentido.

Dos emos en bicicleta.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Calles rojas, III y última

Gorbachev, circa 2006


Party!

I

Moscú es fea, ni modo. No me atrevo a decírselo a Marianna. No me atrevo a decírselo a los rusos que me preguntan, pero es la verdad. Vaya a donde vaya, tengo esa misma sensación de...no lo llamemos disgusto, porque no se trata de eso. Tampoco me perturba. Simplemente digamos que Moscú no es agradable a la retina. La experiencia moscovita es otra cosa; algo que poco tiene que ver con lo lindo, con lo bonito. Si lo que buscas es medio segundo de sopor fácil, estás en el lugar equivocado.
Moscú será fea pero, cojones, es interesante. Y como me dijo una amiga (no sé si me lo estaba reprochando), me gustan las feas, siempre y cuando sean interesantes. Es más, si de ciudades se trata, aclaro que le creo más a las feas. Las feas cuentan mejores historias, aguantan mejor los golpes. Moscú es una mujer malencarada y estoica que pasa el invierno parada en una esquina: el termómetro marca -25°C y ella observa en silencio cómo el tiempo y el frío va matando ejércitos enteros; ni siquiera chista cuando la sangre azul de los zares muertos le corre entre los zapatos. En el tiempo en que se fuma un cigarro, ve el ascenso y la caída de un régimen que juraba ser eterno, y se caga de la risa de que la nieve le congele la cara: si las bombas no la han destruido, el invierno menos. Moscú tiene un sentido del humor muy cabrón. Como las feas en general, ha pasado por más y asume su deterioro como el precio a pagar a cambio de una biografía interesante.
Yo también lo sé: hay algo acerca lo bonito que debe inspirar desconfianza. Como cuando uno se encuentra con uno de esos turistas acicalados, con suéter nuevo y barba bien recortada. Ten cuidado de un viajero que no se ensucia: de algo se está perdiendo, de algo se está resguardando. Pero no es que Moscú sea espantosa o lumpen. Sus arquitectos han hecho lo posible por convertirla en una ciudad armónica, pero es que a mi juicio no se presta para el regocijo estético. Demasiado formal: cuadras larguísimas de interminables fachadas soviéticas y neoclásicas. Bloques eternos de edificios de ventanas metálicas que brillan como pedazos de océano. Rascacielos estalinistas con aspiraciones de montaña. Fábricas colmadas de grafitti en el mero centro de la ciudad, avenidas de varios carriles y horribles banquetas de asfalto.
La ciudad tiene un decidido sabor a tercer mundo, o más bien, a imperio de segunda. Pero quizá eso sea Rusia. Un imperio malogrado. Idea: Moscú es casi una ciudad latinoamericana. Es una de esas ciudades que esconden mal sus crímenes, que hacen alarde de sus contradicciones. Porque si algo es Moscú, es una contradicción. Rusia es una contradicción. En la guía recomiendan el café Pushkin. Quién sabe qué coños tenga que ver un business menu de 80 dólares con un poeta naturalista, pero Moscú está lleno de precios estúpidos. Yo me limito a comer pan y papas, y a odiar a la Lonely Planet por atreverse a sugerir que asomarse desde la quebrada más profunda de la desigualdad social de un país resulta una experiencia de turismo sofisticado. Si acaso, debería inspirar horror.
¿Se acuerdan de esos afiches de Socialismo o Muerte? Pues Lenin se revolcaría en su tumba si viera en lo que se convirtió la capital del mundo comunista. Porque hay hasta quien dice que Moscú es la nueva Paris. Pero a mí no me resulta que esto por donde camino tenga algo que ver con Paris. Moscú no es Europa; Moscú es Rusia. Rusia es otra cosa que no es ni Europa ni Asia sino la isla más grande y más fría del mundo. Camino por las calles, entre andamios y espacios en reconstrucción. Idea: El centro de Moscú es algo así como una reliquia soviética vestida con ropa de diseñador. Es como si a Gorbachev le dieran un portafolio Louis Vuitton. Es como el Soviet que quiso ser Zar. Es algo en construcción, algo que no se define aún. Tiene una historia que le pesa tanto y las transformaciones actuales son tan radicales, que es imposible decir en qué consiste.
Estoy cerca de la estación de la Plaza de la Revolución, cuando de pronto entra un hombre al metro. Está jodísimo, la ropa hecha trizas. Empuja consigo nada menos que una podadora de césped. Sobre su deteriorada chaqueta militar, distingo un pin: se trata de una opaca estrella roja con letras metálicas descascaradas. No mira hacia ningún lado. La barba roja y espesa le rodea la boca como un arbusto y me recuerda a la de Dostoievski. Le cubre la cabellera una gorra amarilla madeinchina llena de grasa y tierra, que en el centro tiene un Tribilín bordado. En sus ojos me es imposible divisar una motivación, una esperanza. Simplemente sostiene la podadora y espera la estación, de la misma manera que un condenado a muerte espera la ejecución de su sentencia. Idea: si 90 años después de la revolución bolchevique Lenin caminara por las calles de su querida capital y se encontrara a este hombre con la estrella roja en la camisa y lo mirara como lo miro yo ahora, desde el asiento del metro, a sabiendas de que los proletariados supuestamente incorruptibles que se dedicaron a mandar, a ordenar, y que justificaron las peores atrocidades a cambio de la esperanza de un mañana que nunca llegó...pues si supiera que esos hombres, los mandamases izquierdistas de ayer, se dedican ahora a comer caviar y tomar champán en lo alto de sus edificios del centro, pues yo creo que lo que Lenin haría sería buscar la banca más cercana, sentarse durante unos minutos para pensar un rato en Engels, otro rato en Marx y tal vez también en Comte. Pasaría unos instantes murmullando en voz baja, negando con la cabeza, intentando encontrar algo, lo que fuera, que solucionara esto que llaman Moscú, 2008. Después de un rato, simplemente se quedaría callado, muy quieto, con los ojos fijos en una fuente o en un árbol o en un gato y en ese momento una lágrima le atravesaría el rostro y empezaría a llorar.


Universidad de Moscú: 250 metros de estalinismo y uno de los rascacielos más hermosos que haya visto.

II (lo mismo que I, pero distinto)





Sí, son el país más grande del mundo, pero la mitad de su país es un pantano y la otra cuarta parte en un bloque de hielo. Tienen más multimillonarios que Nueva York, pero más que parecerse a Nueva York, se parece a....a....Moscú se parece a....bueno, Moscú no se parece a nada que haya visto. Moscú es Moscú. Una ciudad de mal gusto brutal. De un cinismo rampante que lleva un auto negro con chofer. Paso frente a una disco de moda en la que una serie de carros lujosísimos esperan un lunes por la tarde para entrar por una puerta oscura sobre la cual un panel con foquitos de colores anuncia una ola gigante. Moscú está lleno de lugares para que los ricos estacionen sus coches, para que los ricos coman, para que los ricos compren caviar, para que tomen té, y para que se vistan con lo mejor de la alta costura francesa. Pero sigue pareciendo una reliquia soviética con un facelift.
Rusia es la paradoja más grande del mundo. 10 millones de kilómetros cuadrados de paradoja. Rusia capitalista es un relicario y una broma de mal gusto. Es un cementerio de estatuas y un desfile de tiempos pasados que presumían ser imbatibles. Cayó la dictadura del proletariado y los proletariados que fungían de dictadores demostraron su lealtad a los trabajadores comprando las paraestatales a precios de remate e hinchándose de dinero. De ser el país paradigmático en la incorporación de un sistema que buscaba el bienestar general y la igualdad, Rusia pasa a tener una desigualdad social similar a la de un país latinoamericano. Llega Occidente pero los valores democráticos vienen con un sesgo totalitario. Porque a fin de cuentas, es un país con una fuerte atracción innata hacia los tiranos. Me sorprende ver que en el Kremlin, la tumba de Stalin está cubierta de flores. Si no fuera por el busto que tiene encima no sabría de quién es. Nada más vería una montaña de rosas sobre una lápida de mármol. Los guardias me observan y me inhiben de lanzarle el escupitajo que se merece. Zares, dictadores de izquierda, y ahora el señor Putin, quien sigue orquestando el poder desde lo alto del Kremlin, ya sea en persona o por medio de su vicario Medvedev, Rusia es un estado policial. Y un estado que asesina periodistas. Politovskaya es la punta del iceberg. Porque a fin de cuentas, no te deshaces de la KGB tan fácil. Los rusos no están acostumbrados a la libertad. Sorprende su mansedumbre: no discuten, no reclaman, no se quejan de nada. El burócrata es un pequeño dios y su sentencia es ley. El presidente habla ex cátedra. Durante 60 años la gente se sacrificó en el altar del mañana que nunca llega y por el sueño de algún día alcanzar una utopía pero las predicciones científicas fracasaron, fracasó la línea del tiempo, la utopía se fue al carajo, y lo que quedó fue un capitalismo desalmado, una burocracia terrible, un país contradictorio. Las promesas y los símbolos de futuro y el pasado, ¿dónde están?
Camino a la Galería Tetriakov. Atravieso el puente que está frente a la enorme y nueva catedral de Cristo redentor, miro hacia atrás, y además de la iglesia, lo que hay es: estatua de Pedro el Grande, los nuevos rascacielos del distrito financiero, la fábrica de chocolate que data de la época soviética, y el Kremlin. Imperio, Comunismo, Capitalismo, Iglesia ortodoxa. Cuatro Rusias.
Busco la parte nueva de la galería Tetriakov pero antes de eso paso por el Parque de las Estatuas, que de entrada parece ser un parque cualquiera. No hay mucha gente, salvo unos cuantos fumadores que se deleitan con lo que extraoficialmente debe ser el pasatiempo nacional: llenarse los pulmones de humo marca Marlboro. Dicen que hay efigies interesantes, así que voy y las busco. Y no tardo en descubrir uno de los sitios que más reflexión me han suscitado de Moscú. Hay una fila de innumerables bustos y efigies de las grandes figuras históricas, letreros de metal que dicen CCCP. A un Stalin de mármol parece que le rompieron la nariz de una pedrada. Dos Lenin esperan lado a lado. Todos los monumentos que no concordaban con los valores de la nueva Rusia fueron removidos de las plazas y las avenidas de Moscú y arrinconados en este parquecito. Y aquí se quedarán, aquí esperarán. Los firmes bloques de símbolos otrora imbatibles pasan el tiempo en el plano secundario. Esperan inmutables a que los inviernos, el viento, el frío y el olvido deshagan sus últimas piedras y los reduzcan a nada. Consternados y taciturnos, reprueban el que en algún momento y sin su consentimiento se les haya adelantado la sentencia de olvido. Pero no hay mucho que las figuras de la historia puedan hacer. Salvo, quizá, revolcarse en su tumba.

Stalin y su respectivo zompantli.


Discordia

III


Apunto en mi libreta: Capitalismo a la soviet, los valores bolcheviques se olvidaron en medio segundo. Pero el espectáculo persiste. El culto al cadáver sigue vigente. Si las posibilidades de una utopía se han anulado, hagamos de su recuerdo una atracción turística.
Llevamos casi cuarenta minutos esperando en la fila. Frente a mí hay un par de franceses que se quejan de que los guías oficiales acarrean turistas hasta la mera puerta del mausoleo sin hacer fila a cambio de un sobornito 4 euros. A mí ni me había llamado la atención. Supongo que he de estar acostumbrado. Yo soy paciente: Veo a la gente que se salta la fila y los policías que los dejan pasar, y nada. Esto es Rusia, y yo soy mexicano. De todas formas, y aunque esté acostumbrado, supongo que es indignante. Pienso: ¿qué pensaría Lenin al respecto? Ah, pero Lenin está muerto. Lenin ya no piensa nada.
A los franceses sin embargo les parece representativo de la legendaria corrupción rusa. Me imagino que cuando lleguen a su casa en Nimes o Lyon, o Quiénsabeou, le contarán a sus amigos que vivieron en carne propia la terrible corrupción rusa de la cual habían leído en una tablita del Financial Times que comparaba la corrupción en distintos países.
Yo estoy más preocupado de que me dejen entrar. Llevo casi media hora formado, y faltan nueve minutos para el cierre. Soy de los últimos de la fila, y de los últimos que entrarán hoy. Y como son los rusos de arbitrarios, no me sorprendería que me impidieran la entrada a la mera hora. Pero cinco minutos antes del cierre, me dejan pasar. Corbata de puntitos blancos, traje azul marino. Una luz roja emana de la piel de parafina (lo más probable es que emane sobre ella, pero no sé de dónde). Atravesamos primero un cuarto frío (arquitectura formalista, mármol negro) hasta llegar a esa recámara oscurísima donde los guardias nos miran a todos con recelo. Los turistas camboyanos pasan muy rápido; yo, en cambio, avanzo con la mayor paciencia posible por el recuadro que rodea al muerto. Lo primero que miro es el lado derecho de su rostro (el perfil es inconfundible: barbita de chivo, cabeza pequeña, calva y redonda, nariz afilada). De pronto un guardia gesticula con la mano: camina más rápido. Aumento mi paso sin dejar de escudriñar: una mano enroscada, la otra abierta. Distingo una uña negra, y de cerca (unos cuatro metros es lo más que te puedes acercar) veo que los pelos de la barba parecen cubiertos de escarcha, como si estuvieran a punto de quebrarse. La piel del cráneo parece goma, y los únicos bultos que aparecen sobre el rostro son los de las arrugas que parecen burbujas de piel. Hago la mayor cantidad de apuntes posibles para esta crónica: estará prohibido tomar foto, pero nadie me puede impedir escribir. Estoy a punto de de darle la espalda y salir del mausoleo cuando de pronto percibo algo increíble: el cadáver da un ligero pero inconfundible sobresalto. No puede ser, pienso. Me detengo pasmado e intento fijar la mirada, pero un guardia nerviosos de uniforme verde se me para enfrente y me ordena con firmeza algo en ruso que no entiendo pero que no puede ser otra cosa que instrucciones de que me largue cuanto antes de ahí. Escucho a alguien hablar por un radiotransmisor, y tan pronto salgo del mausoleo y me encuentro nuevamente en la Plaza Roja me doy cuenta de que cierran la puerta tras de mí. Son las 12:57 de la tarde, y todavía deberían quedar 3 minutos, pienso. Así que saco la única conclusión posible: Y eso sería que el día de hoy, durante una fracción de tiempo que duró sustancialmente menos que un segundo, el rostro de Vladymir Ilyich Lenin se contrajo. Suena imposible, pues adentro de ese cuerpo no hay siquiera un cerebro. Tal vez no haya siquiera tórax. Cabe la posibilidad de que sea únicamente un par de manos y un cráneo. Pero entonces miro a mi alrededor: los guardias están en alerta máxima. Se mueven nerviosos, y hacen oídos sordos a las súplicas y reclamos de un grupo de turistas alemanes cuyos planes de admirar la momia se vieron frustrados a pesar de que se habían formado durante la última media hora y habían llegado a tiempo al mausoleo.
Es demasiado sospechoso, y si las evidencias obtenidas tanto ahora como en los días que llevo aquí me permiten deducir una cosa eso sería que: a la una de la tarde en punto --lo saben los altos mandos del Kremlin, los guardias especiales que cuidan el mausoleo y ahora lo sé yo y se los digo a ustedes--, a la una de la tarde en punto, el cadáver de Vladymir Ilyich Lenin se empieza a revolcar violentamente en su mausoleo.


LENIN

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Ni tan fea, a decir verdad. Bueno, he de admitir que tiene sus ángulos.